El sábado hice una comida en mi casa. Como sabía que estaba jugando de local, me tomé todos los vinos del mundo. Ya eran las cuatro de la mañana y dos hombres sostenían un duelo sicológico para quedarse conmigo a solas, mientras que mi mejor amigo extendía la conversación con otra mujer para asegurarse de que los gallinazos no se quedaran a dormir. Tal vez ninguno supo proponerme algo interesante y por eso decidí, en mi alicorada cabecita, que nadie me apetecía tanto como yo, así que los despaché con un beso en la mejilla y, como no tenía sueño aún, hice un striptease para mí solita en frente al espejo de mi cuarto. Digamos que era una manera de hacer más excitante el simple hecho de ponerme la pijama. Puse + bien, un disco de Cerati, y empecé a bailar para seducirme a mí misma. Ensayé dejándome las botas y quitándomelas también. Con calzones y sin ellos. Con el pelo cogido y soltándomelo. Me sentí tan linda y tan desinhibida, que la cosa se alargó. La verdad es que se me da muy bien eso de desinhibirme, con o sin público.
Mientras me miraba al espejo trataba de acordarme de esos hombres con los que he tenido experiencias inolvidables y llegué a la conclusión de que mis mejores polvos han tenido siempre en común una cosa: nada de complejos. No hay nada más aburridor en el sexo, que una persona acomplejada de su cuerpo, que se quita la ropa casi entre las cobijas y que luego apaga la luz, como si estuviera haciendo algo malo. Tampoco soporto el hecho de que se vistan ahí mismo terminan, como si fuera un pecado quedarse retozando sin ropa. Me gusta la gente sin complejos, que es capaz de dejar una lucecita prendida para mirarme, para mirarnos hacer el amor. Esa gente que parece ausente y desvía la mirada me genera desconfianza. Amo a los mirones que analizan desde el borde de encaje de mis calzones hasta el más explícito de los ángulos. Y me encantan los espejos, claro está. Creo que uno de los requisitos para ser buen polvo es estar seguro de uno mismo y aventurarse a usar todos los sentidos, entre ellos el de la vista. Bien reza el dicho: ojos que no ven, corazón que no siente. Las veces en que me han tocado hombres del estilo "apaguemos la luz/ vistámonos ya/ no soy capaz de bajar la mirada para ver lo que estamos haciendo" he sentido un vacío inmenso que me recuerda una frase que cantaban Sabina y Fito: "Dormir contigo es estar solo dos veces, es la soledad al cuadrado".
No es por echármelos al bolsillo, pero les confieso que Ana Ïs y yo somos muy buenas amigas y a mí me hace tanta o más falta que a todos ustedes. Con ella escandalizábamos a mujeres jóvenes y adultas cuando íbamos juntas al turco. La gente siempre se tapaba. Nosotras, en cambio, andábamos completamente desnudas por todo el vestier y éramos capaces de mirarnos la una a la otra sin remilgo alguno. Ella admiraba mis piernas largas y mis curvas exageradas. Yo, sus pezones rosaditos, puestos de manera excepcional en un par de tetas que miran hacia el cielo sin necesidad de cirugías. Supongo que a las dos nos hizo mucho bien esta práctica, que luego reforzó nuestra manera de "mirar" a la hora del sexo. Por eso la traigo a colación. Creo que juntas aprendimos a desfilar sin ropa por cualquier escenario con la actitud de un par de chicas Almodóvar y sé que donde quiera que esté, se acuerda de esta escena íntima que hoy les recreo a ustedes y que se repitió un sinnúmero de veces sin que perdiera su magia.
Lo que realmente quiero poner sobre el tapete con estas historias es la necesidad urgente que tenemos todas las mujeres de que ustedes estén desinhibidos y sepan desinhibirnos a nosotras. Nada más seductor que un hombre que propone que uno se mire al espejo, o que se toque como si él no estuviera ahí. Las posibilidades del sexo se amplían notablemente cuando no hay complejos y nos atrevemos a mirarlo todo. El morbo y el "autovoyeurismo" son dos grandes aliados en el sexo. Tan necesarios e inseparables como Ana Ïs y yo.

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