Estábamos montados en un taxi, me acuerdo. Creo que íbamos a una conferencia de Rodolfo Llinás. Al lado iba otro amigo de mi novio y a mí de repente me dieron unas ganas incontenibles de poner la mano entre las piernas de Juan. Lo hice y, no habíamos andando dos cuadras, cuando sentí esa dureza que aun sin posibilidades de penetrarme me hace enloquecer. Nos bajamos y entramos a la conferencia. El momento sexual había terminado ahí, pero me gustaba sentirme empapada. Mi mamá diría que pobre Juan con esos dolores de novio que le hago sentir -lo que comúnmente llaman calientahuevos-, pero esa necesidad de sexo que no se completa es tal vez lo que más diferencia a las mujeres de los hombres. Lo nuestro no es la meta, sino el camino. Y a veces nos gusta recorrer caminos que no nos llevan a ninguna parte.
Es algo complicado de explicarle a un hombre, porque para un macho de cualquier especie el cortejo y los detalles del sexo son siempre eso: detalles que los llevan finalmente a su cometido, "hundir el gordo", como asquerosamente le oí decir al esposo de una amiga mía hace poco. Para nosotras, en cambio, esos pequeños canapés de sexo son muy importantes. Recuerden que somos, si ustedes lo propician, como un eyaculador precoz: podemos venirnos en segundos sin necesidad de que nos penetren siquiera, así que les aconsejo incursionar en lo que yo llamo poppers sexuales. Su efecto es efímero, pero poderoso.
No les estoy hablando de la ternura y las caricias esas de las que hablan las sexólogas, no. Les hablo de hacer cosas arriesgadas y puramente sexuales en situaciones absolutamente fuera de contexto. Un roce adrede de la mano de un hombre en mi pezón cuando estamos bailando es más excitante que la cogida explícita durante el sexo. Puede que el roce no vaya hacia ninguna parte inmediatamente, porque estamos en un lugar en el que difícilmente podríamos tener sexo, pero todos esos jueguitos o actividades extracurriculares después suman puntos en la cama y son los hombres los beneficiados. Para mantener la temperatura sexual de una mujer en alto basta con pasar una mano por lugares prohibidos, o con chuparle un dedo de repente, haciendo alusión a una penetración que tal vez no esté cercana en el tiempo, pero que, cuando llegue, va a pagar todas las erecciones innecesarias que les hemos hecho tener solo por cuenta del capricho que a nosotras nos parece un acto sexual completo en sí mismo.
Alguna vez mientras hacíamos el amor, mi novio me cogió todo el pelo desde la nuca y me lo haló ligeramente. Ya sé que es un detalle estúpido, pero desde entonces, cada vez que me coge el pelo de la misma manera, me mojo así estemos en una notaría o en un velorio. Los flashbacks del sexo también pueden producir pequeños orgasmos en mí. Ese constante recorderis del hambre sexual de un hombre por mi cuerpo me hace sentir como la mujer más deseada del mundo. Y, valga la redundancia, ser deseada es lo que más desea una mujer.
No sé si algunos se acuerden, para poner otros ejemplos de un canapé sexual, de ese pedido secreto que se volvió vox pópuli en la adolescencia. Yo tenía como trece años la primera vez que oí decir que si, al saludar de mano, un hombre movía su dedo contra la muñeca de la mujer, era porque quería tener sexo con ella. No tiene ningún sentido el asunto, pero yo sueño con que un hombre se me acerque un día y me haga así en la muñeca para darle esta vida y la otra, así como también me excita la escena cliché de película que muestra un pie rozando otro por debajo de la mesa. Y ya que estamos cinematográficos, les cito uno de los actos sexuales más eróticos del cine. En el piano hay una escena en que el amante mete el dedo en el hueco de la media de la mujer para tocar su piel. Seguro que están tratando de acordarse y la pasaron por alto. Este ejercicio tenía ese fin: que confirmen que a veces pasan por alto los momentos más eróticos de la vida y de las películas. Muchas veces con un simple roce atrevido hay algo sexual entre dos personas. El sexo está en todas partes, pero ustedes no se dan cuenta. Hay que pedirles que pellizquen más, que cojan más, que se vuelvan más sexuales cuando están fuera del ámbito sexual. Sean sexuales hasta para ayudarnos a pasar la calle. Métanle sexo al beso de despedida por las mañanas, que a veces resulta tan desabrido como desayunar toronja. Aprendan a pegarnos una buena palmada en el culo cuando pasamos al lado de su escritorio mientras ustedes preparan un informe para la oficina. Hágannos sentir constantemente apetecidas y verán cómo nuestro apetito toma las proporciones de un gigante.

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