Casi todos los polvos de la adolescencia son para olvidar. Es algo así como la diferencia entre jugar "mete gol tapa" y jugar un partido de fútbol de verdad. Sin embargo, hay algo que extraño mucho de esa época. El uniforme de cuadros se levantaba hasta mis costillas. Julián, mi primer novio, me bajaba los calzones y me chupaba en la mitad del cuerpo y luego se apresuraba a subir para callar mis gemidos con besos. En cuestión de segundos lo tenía dentro de mí y -claro, no todo puede ser perfecto- en cuestión de minutos se venía. Pero eran minutos eternos porque nos mirábamos a los ojos y con eso bastaba -¿o tenía que bastar?-. Ni una sola palabra era necesaria para comprobar lo excitados que estábamos, no había gemidos exagerados como los de las películas porno y las caras al alcanzar un orgasmo eran una expresión de placer genuina. Añoro esos polvos mudos casi o más que las películas de Chaplin. Sí. Es delicioso hablar antes, durante y después del sexo. Es cierto. No hay nada que encienda más que una porquería bien dicha al oído. Pero a veces se cumple eso de que una imagen vale más que mil palabras, por varias razones.
Una es que muchos términos sexuales parecen inventados para designar partes de un carro. Nada más lean esta frase y díganme si no hace sentido: "Era uno de los penes lo que estaba molestando. En el taller me dijeron que había que bajar todo el clítoris para que no se fuera a dañar la vulva, pero el mecánico trajo un glande de palanca y lo bajó sin problemas". Hay que ser cuidadoso con las palabras, porque pueden ser un gran afrodisíaco o un despedidor definitivo. Mi... -no sé cómo llamarle para que ustedes no se desinflen, supongo que el mejor término ha de ser mi nombre-- concha deja de estar mojada cada vez que oye la palabra panocha. Le suena a bizcocho de pastelería de tres pesos y la verdad es que si de bizcochos se trata, mi conchita es más sofisticada y más exquisita que una crème brûlée -y no por eso quiere que le digan crème brûlée. Con mi conchita, los sobrenombres "nanai cucas". Ella y yo preferimos que no la nombren y que en cambio la exploren por todas partes. Y si por algún motivo un hombre saca a relucir mis "senos" en una conversación sexual, yo de entrada le digo que solo conozco los de la clase de matemáticas -que ya ni me acuerdo bien cómo se sacan- y que, si está hablando de mis tetas, bien puede olvidarse de ellas para siempre. También me gusta mucho meterme todo en la boca, como ya saben, pero si la palabra escroto apareciera de repente, creo que escupiría inmediatamente con miedo de haber sido envenenada. Definitivamente es mejor olvidar esas palabras que buscan nombrar lo innombrable. Me declaro partidaria del gíglico de Cortázar, que en el capítulo 68 de Rayuela narra la escena más erótica que jamás hayan visto mis ojos y que empieza así: "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes".
Otra razón por la cual adoro el silencio es por la famosa preguntica. Creo que todas las columnistas de sexo en el mundo lo han repetido incansablemente. Aprovecho la oportunidad para hacerlo por enésima vez. El "¿ya te viniste?" es lo más patético del planeta. No solamente pone en evidencia sus inseguridades sexuales, sino que además demuestra lo poco que saben de una mujer. El término "venirse" no es propiamente el más indicado para hablar del orgasmo de una mujer porque, aunque es cierto que nos mojamos -o por decirlo de una manera técnica y despedidora, secretamos un líquido como ustedes los hombres-, tienen que recordar que es una sensación completamente diferente y que además podemos hacerlo cuantas veces nos "venga" en gana. Así que dejen de preocuparse por los orgasmos femeninos, que ya es hora de que las mujeres sepan que también son responsables de sus orgasmos. No trabajen por logros. En lugar del "ya te viniste", procuren dar placer sin metas ni objetivos.
Para terminar, existe una última razón por la cual a veces soy partidaria del silencio. No sé por qué carajos, a los hombres les dio por creer a pie juntillas en esa teoría típica de chica Cosmo que dice que hablar después del sexo es lo más importante para la mujer. Sepan que, si quedamos bien comidas, también acabamos rendidas y quisiéramos dormir plácidamente como ustedes. No somos bichos tan raros. También nos da hambre y sueño y ganas de fumar. La teoría del postpolvo Cosmo-conversado resulta casi siempre en sesiones de diván en las que los hombres se olvidan de que tienen una mujer al lado y empiezan a recordar a la mamá o hasta a la ex novia, y esas, señores, ya son palabras mayores para callarlos de una buena vez y por todas.

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