Vamos a decirlo de una vez: el principal error de ustedes, en el momento de ir a la cama, es que creen que nosotras somos unas simples alcancías sexuales. Creen que tirar es una cuestión mecánica; que todo el asunto consiste en jadearnos un rato en la clavícula, mover la pelvis, acometernos una y otra vez con algo de ritmo, y luego olvidarse del asunto. Hablar de otra cosa. Prender la televisión. Quedarse dormidos. O, en el peor de los casos, ir a bañarse. Y está bien, si quieren creerlo. El mundo está lleno de polvos repentinos, anónimos y olvidables, que hubiera dado igual que pasaran o que no pasaran. Pero si sus ambiciones van un poco más allá; si están interesados, no en visitar el cuerpo de una mujer, sino en colonizarlo; si lo que quieren es tener no una alcancía sino toda un cajero electrónico al que puedan acudir en cualquier momento, ya es hora de que sepan unas cuantas cosas. Por si quieren repetir. Que nos hayan dejado bien comiditas, como a veces dicen, implica reconocer que nuestros órganos sexuales son diferentes: mientras el de ustedes queda cerca de las piernas, el nuestro queda en los oídos. Mientras ustedes se ‘echan un polvo’, nosotras lo elaboramos. Y si sentimos que alguien lo elabora con nosotros, volveremos. De eso no cabe la menor duda. Si quieren que estemos listas cuando, en cualquier domingo vacío, nos echen una llamada y terminemos en la cama, lo primero que deben aprender es que, mientras para ustedes el sexo está en el polvo, para nosotras está en el pre–polvo. Y, con más énfasis, en el post–polvo. Se trata de que nos hablen; de que se tomen su tiempo; de que nos exciten poco a poco. De que sepan mover las manos. De que no tengan afán. De que entiendan que el camino hacia el clítoris es largo. Se trata de que si nos van a desvestir, nos desvistan poco a poco; de que, si nos van a hacer sentir escalofríos, nos respiren en la oreja, en la clavícula, en el cuello. De que entiendan que el desespero nos mata; de que, cuando se trata de un polvo hecho en la cama y con cuidado, la lentitud nos vuelve efervescentes. Se trata de que pasen por todos los retenes; de que se detenga un rato abajo; de que, antes que abrirnos las piernas, nos abran los sentidos. Cuando lo hayan hecho, entonces sí: entonces entren. Pero que ya estemos listas. Que el momento sea apenas la fase final. Que los tiempos ya estén igualados para que las explosiones ocurran en el mismo sitio y a la misma hora. Y si lo han logrado, entonces no se vayan. Quédense. Abrácenos. Háganos sentir protegidas, queridas, dignas. Jamás la televisión o el teléfono. Nunca la media vuelta y la siesta inmediata. Y por nada del mundo ir a bañarse, porque no queremos sentir que los hemos ensuciado. Siempre volveremos al hombre que sabe que un buen polvo está hecho con un preámbulo y un reposo; con un antes y un después. El durante depende de esas dos instancias. Prepárennos, porque, a diferencia de ustedes, tenemos esparcido el sexo por toda la piel. Y háganos sentir protegidas, porque el sexo también nos palpita debajo del corazón. Si lo hacen, volveremos. Si no, acostúmbrense a tener no un cajero abierto para siempre, sino a gastarse en un ratico los miserables ahorros de una noche.

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