La vanidad masculina no conoce límites. En las películas pornográficas aparecen mujeres extasiadas que se derriten en gritos de placer. Pero esos gritos, que se conocen en la industria como “porn opera”, los graban en un estudio después de la filmación. Las mujeres tienen fama de mejores trabajadoras: no necesitan hacer tantas repeticiones y por eso gastan menos tiempo de grabación. Mientras esperan en la cabina la señal del ingeniero de sonido se retocan el maquillaje y, cuando es el momento indicado, cantan el más profesional de los orgasmos. Hasta las más novatas son actrices naturales. Pero es que todas lo somos.

Sí, siento comunicarles que es posible que todo el placer que han creído producir en sus vidas sea pura “porn opera”. El problema es que la sexualidad de las mujeres es muy complicada y no quedamos satisfechas tan fácilmente como ustedes. Si quieren hacerse una remota idea de lo que estoy hablando les recomiendo que lean el libro sobre el orgasmo femenino que acaban de escribir Kim Catrall (quien interpreta a Samantha en Sex and the City) y su marido. Trae muchos dibujitos explicativos, aunque la moraleja que deja es que al placer se llega con la comunicación. Pero, entonces, ¿por qué tenemos que fingir?

Mi amiga Juana es bailarina. Mide más de uno setenta y tiene unas piernas larguísimas. Pero cada vez que conoce un tipo y le dice: “Huy, ¿bailarina? Usted debe ser un polvazo”, ella se muere de la risa. Juana tenía una amiga, Vanesa, que le confesaba que siempre fingía con el novio. Después de varios años Juana se cuadró con el engañado ex novio de su amiga. Y como nunca fingió, pero tampoco la pasaba bien, el imbécil la botó. Según le explicó, él no sabía qué hacer con su falta de entusiasmo. “La verdad, yo siempre me he considerado un excelente amante y si no pregúntale a Vanesa”.

Si supiera...

El asunto es que ustedes nos exigen fingir. Por miedo de perderlos caemos en un círculo vicioso de mal sexo y mentiras. Por mucho tiempo yo lo hice. Un novio teatrero al que quise mucho se indignaba de que le pidiera que se bañara, se lavara el pelo y los dientes. En una época le dio por dejarse crecer una barba áspera de la que se sentía particularmente orgulloso. ¿Saben cómo me sentía? Imagínense que les frotaran la cara, el cuerpo y el pene con papel de lija. ¿Rico, no? Mi teatrero tenía un aliento espantoso porque fumaba todo el día, y a veces le salía una especie de lama entre los dientes que empezaba siendo amarilla y se iba poniendo café y verde al pasar los días. Yo le hacía chistes al respecto y una vez compré un cepillo de dientes que guardé para cuando viniera de visita. Pero él, en vez de tomárselo con humor y gastarse unos segundos en limpiarse, me hizo sentir que yo era la persona más frívola y cruel del mundo porque no me atraía su forma “natural” de ser. La solución: “porn opera”.

Esta táctica satisface la vanidad masculina de la que hablaba. Pero si ustedes son como el protagonista de Abre los ojos o The Matrix y no se conforman con vivir en la ilusión, aunque sea mucho más cómoda que la realidad, hablen con su pareja. No se tomen la crítica como algo personal, consuélense sabiendo que por ignorancia y vanidad casi todos los hombres son pésimos amantes.

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