Volver a esos lugares que uno no visita hace mucho es delicioso. Después de una larga temporada en Londres, tuve que ir a Cartagena, a cubrir algo tan absurdo como un congreso de dermatología, creo, y me encontré con Luis, mi ex novio. No lo veía hace más de dos años, pero me bastó la repasada que me echó desde el otro lado de la acera para saber que algo iba a suceder. Yo hice lo propio: lo saludé con la emoción de no saberme más su víctima ni su victimaria, le di un beso andeneado para que tuviera claro que le iba a dar papaya y quedé con él para comer esa noche.
Las mujeres, todas las mujeres, somos tan mentirosas como los hombres, si no más. Sobre todo cuando decimos que el amor es lo que más nos excita, porque hay cosas que nos excitan mucho más. Una de ellas es el cangrejeo, que para mí es la forma perfecta del sexo. Tiene toda la seguridad que da el amor, sin sus asfixiantes condiciones, y sin ese horrible deseo de posesión que nos invade cuando estamos enamorados de alguien.
Pero, no siendo suficiente con ser mentirosas, somos solapadas. Por eso es que nos gusta tanto el cangrejeo. El hecho de no quedar como unas culiprontas nos da rienda suelta para portarnos peor que una de ellas. En nuestros cerebros retorcidos de colegio de niña opera una extraña ética que nos hace creer que cangrejear no es lo mismo que tener sexo casual. Por alguna razón nos importa mucho que no nos llame el tipo con el que salimos la noche anterior, pero nos resbala que el ex aparezca o no después de una noche loca. Si una cita a ciegas nos invita a subir a su apartamento para tomar una última copa, lo tomamos como una propuesta indecente. Si un ex hace lo mismo, lo tomamos como la propuesta más cochinamente decente del planeta. Así somos.
El cangrejeo es como si a uno lo invitaran a un partido homenaje en el que, además de jugar de local, se tiene el triunfo asegurado. No hay nada que perder y esa es otra de sus ventajas. Se lo digo abiertamente, señores: si quieren buen sexo, sexo del mejor, no es sino que llamen a una ex novia. Lo importante es que el cangrejeo siempre se entienda como tal, porque si deriva de nuevo en una relación estable pierde su encanto.
Nada más placentero que hacer el amor con alguien que conoce a la perfección el mapa de nuestro cuerpo, pero que no se siente dueño y señor de nuestro corazón; alguien que puede decirnos las porquerías más bajas sin hacernos sentir como putas; alguien que se levanta por la mañana y bien puede hacernos desayuno o desaparecer sin despedirse, porque al fin y al cabo ya no nos interesa lo que está por venir. La perfección del cangrejeo tiene mucho que ver con la falta de compromiso. Atrás quedaron el amor y todo sus reclamos. Pero donde hubo fuego quedan cenizas, y esas cenizas son casi tan ardientes como el fuego que se apagó. En el cangrejeo nunca hay un adiós total, pero tampoco un "quédate". Es ideal, ¿no?
Gran bendición esta práctica cuyo nombre alude a la manera en la que camina el cangrejo: de pa'tras (aunque en realidad va es como de ladito). Definitivamente pedir el plato que uno ya conoce es ir a la fija. El banquete que nos dimos Luis y yo esa noche en Cartagena -y no propiamente en el restaurante- superó todo el sexo que tuvimos durante nuestros ocho meses de noviazgo. Ya con unos mojitos encima, nos subimos a la terraza de mi habitación en un hostal que está contra la muralla. Pusimos a Calamaro para que se reinventara los boleros y lo demás se lo dejo a su imaginación. Para que se den una idea, puedo agregar que, a pesar de las insufribles horas que gasté oyendo hablar de procesos de regeneración de piel, la mía estaba tostadita y la marca del vestido de baño así, tan acentuada por el bronceado, es uno de mis mayores atributos. El resto fue cuestión de recorrer caminos ya andados, por los que me sentí segura e implacable. Desde entonces creo que el cangrejeo es la panacea, la forma más perfecta del sexo, el camino a seguir. Lo complicado es que para practicarlo se necesita haber pasado por el suplicio del noviazgo alguna vez.

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