Para esta edición de Aniversario he decidido disipar sus dudas más frecuentes. Primero que todo, créanlo o no, soy una mujer. El otro día estaba en una comida en la que un pluma blanca del periodismo dijo que él conocía al tipo que escribía la columna de Ana Ïs. Que era no sé cuál cronista de orden público que es un berraco. Mi cita a ciegas, un baboso aspirante a novelista que trabajó un tiempo en Publicaciones Semana (la casa de SoHo), terminó de embarrarla: se voltea y me dice con la sobradez de quien corrige con conocimiento de causa, que sí, que el de orden público sí escribía Ana Ïs, pero que se turnaban entre varios, y que incluso él había ayudado en una columna. Y me miró con cara de "¿Ves lo importante que soy, nena?". Cuando se volteó yo aproveché para escupirle en el vaso. Sí, señor, y eso que tenía una terrible congestión nasal ese día, pequeño mentiroso? Es que aunque a algunos godos retrógrados les parezca increíble, las mujeres también hablamos de sexo y también somos capaces de escribir dos frases hiladas.

En segunda medida soy una 'mamacita' deliciosa de tetas duras y cola parada. Así que no es porque sea 'bien fea' o una 'cincuentona solterona a la que no se la come ni un tiburón' que tengo críticas del desempeño sexual de algunos hombres. La cola parada no hace que uno disfrute el sexo con perritos falderos inseguros, eyaculadores precoces egoístas, perezosos crónicos o avergonzados de su cuerpo. Lo que sí es cierto es que no me gusta fingir y retorcerme de la emoción cuando algo no me gusta, por lo que los tipos de hombre que acabo de mencionar quizás piensen que a pesar de estar bien buena, no soy tan buen polvo.

En tercera medida: no, no ofrezco 'servicios especiales' a petición de los suscriptores. Y esto va en especial para el persistente Juli: no me interesa que me muestres tu verga de treinta centímetros. Tus e-mails me parecen graciosos, me alegra que leas asiduamente mi columna, pero no me excitan tus comentarios. Eso sí, muchas de estas propuestas son motivo de chistes en la redacción de SoHo. Hubo un tiempo en que Gustavo, nuestro editor, decía que podíamos montar un negocio redondo: él respondía los e-mails de los lectores que querían "enseñarte lo que sí es gozar para que dejes de decir estupideces" con la siguiente nota: "Si de verdad está interesado en pasar una noche con Ana Ïs, quiero comentarle de forma muy discreta que ella ofrece una serie de servicios por la módica suma de xx". Entonces él se podía ir a Chapinero a conseguir una prostituta profesional más o menos fina que se hiciera pasar por mí. Yo solo tenía que prestar el nombre y al final nos repartíamos diferentes porcentajes entre los tres. Y, bueno, tal vez el 'negocio' que tanto nos ha hecho reír sí lo han llevado a cabo otras personas. Así que si alguno de ustedes ha pagado una millonada por estar con Ana Ïs, creo que lo estafaron.

Por último, tengo detractores reincidentes (odian lo que escribo pero me siguen leyendo) que creen que ya descubrieron qué es lo que me pasa. Según ellos soy "una frígida resentida" y mis columnas son "la patética expresión del mal polvo que me caracteriza". Obviamente, si todas mis experiencias sexuales fueran malas, no tendría por qué culpar de ello a todos y cada uno de mis amantes. Pero sucede que la mayoría de veces son muy bonitas, satisfactorias y tan tiernas que empalagarían incluso a Tatiana Ariza. No es difícil satisfacerme en la cama, pues creo que la simple generosidad y el respeto por los demás son cualidades que le permiten casi a cualquier hombre ser un buen amante. Eso sí, algunas experiencias placenteras prefiero reservármelas, porque no son tan divertidas ni dejan tantas enseñanzas. Simplemente no soy una escritora pornográfica fantasiosa, ni tampoco una doctora aburrida de programa de radio sobre la sana sexualidad.

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