Señores: excelente que se preocupen por que uno tenga algo de satisfacción durante el acto. Aplausos de verdad. Pero una cosa es una cosa. Creo que el grito generalizado de todas las mujeres ya los debería haber puesto alerta: no nos gusta que nos pregunten "¿ya te viniste?". Y perdonen las que sí les gusta, pero para mí es casi tan grave como cuando me preguntan algo en la mitad de una película. Casi.
Vuelvo y repito -y creo que lo hago en nombre de todo el género femenino: gracias por no venirse en tres minutos, gracias por mirarnos a los ojos y por acariciarnos. Es increíble que busquen enfermarnos en el preámbulo, hasta que seamos nosotras mismas las que pidamos desesperadamente que procedan a la siguiente fase. Todo lo que contribuya al placer es bienvenido. Sin embargo, odio la modita del sexo tántrico. Primero, porque odio todo lo esotérico, todo lo que pretende transplantar tradiciones "milenarias" de oriente a occidente de una manera tan brusca como ponerle salsa soya al ajiaco. Y segundo, porque soy partidaria de que el placer masculino continúe siendo tan elemental como lo ha sido desde siempre.
Con esas dos razones era suficiente para mí. Pero, después de tener un novio que no hacía más que leer a Osho y hablarme de los chacras -¿chancros?-, de la meditación y de no sé qué más cosas muy respetables pero también muy aburridas, tuve que elaborar todo un discurso del que los quiero hacer partícipes, aunque el espacio en esta columna no me baste para exponer mi odio por el sexo tántrico.
El sexo, por más sentimentales que seamos las mujeres, es un acto del que se debe disfrutar sin más ni más. Cualquier cosa que se planee es un poco patética y eso generalmente lo hacen las viejas a las que no es la vida la que les enseñó a hacer el amor, sino Cosmopolitan. En ese tipo de consejitos idiotas para mujeres mal comidas es que los asesores de Osho debieron haber basado toda su carreta para lanzar al mercado el tan afamado sexo tántrico, que es tan aburrido como querer masturbarse con Pasión de gavilanes.
No puedo creer todavía que un acto tan animal como tirar se quiera convertir en una manera de alcanzar el nirvana. Y menos a través de una secuencia de ejercicios de respiración y unas absurdas "sesiones" de estiramiento. Señores, es sexo. No gimnasia olímpica. Sin necesidad de tanta patraña, y sin estar incómodas, las mujeres podemos demostrar nuestra elasticidad y creatividad. Por lo menos yo.
Algunos y algunas me dirán que no sé nada de lo que digo. Que estoy hablando desde mi ignorancia. Aciertan, en parte, y estoy dichosa de aceptarlo: no soy versada en el tema y no quiero serlo. Pero también se equivocan un poco: el señorito que leía a Osho quiso instruirme, hasta que un día le dije que me sentía como si quisiera enseñarme a disfrutar un helado. A nadie se le enseña eso -"respire dos veces antes de sacar su lengua por completo y ponerla en contacto con el helado para iniciar lametazos circulares".
Lo peor vino con el tema de contener la eyaculación. Odio a los eyaculadores precoces, sí. Pero también odio los partidos de fútbol en los que hay tiempo suplementario. Son mejores los penaltis. Y abogo por que las cosas duren lo que tienen que durar. Y bendigo los quickies cuando tienen que ser eso: quickies y no maratones para demostrar la hombría.
El acólito de Osho que fue mi novio era un polvazo, eso no se discute. Pero cuando se ponía muy espiritual y decidía que no se iba a venir nunca me aburría profundamente. Digo, a mí me causa mucho placer que un hombre se venga. Es la constatación de que pierde la noción del tiempo, la cordura, el control, todo por mí.
Por todo eso, y aunque sea una vez en la vida, una mujer les dice: vénganse cuando se les dé la gana.

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