Por supuesto que he sentido curiosidad con las cámaras. Alguna vez tuve un novio que me tomaba fotos. Cientos de fotos. Fotos de mis manos, de mis ojos. Fotos de mis tetas, de mi cuca abierta y húmeda. Tomaba miles de fotos mías, como si quisiera empapelar su cuarto con trozos de mí. Pero nunca un video. Tal vez era porque no tenía una cámara de video, o porque el movimiento le parecía algo más prosaico.

El caso es que, con las fotos, al comienzo me parecía extraño. Caminábamos por la playa y él iba mirándome, no con sus ojos sino con su lente, y mientras yo hablaba él tomaba fotos. A veces me cubría la cara, porque me daba pena tanta exposición. A veces me hacía la indiferente. Pero con el tiempo aprendí a posar, más con el resto del cuerpo que con mis ojos, pero empecé a moverlo para su lente.

Levantaba la pelvis para que pudiera tener una visión más clara de mis labios. Le mostraba el culo entero cuando me ponía en cuatro y, con el pelo revuelto, giraba un poco para que viera apenas un dedo metido coqueto en mi boca.

Me gustaba acariciarme las tetas despacio. Humedecer los pezones un poco y pasar las puntas de mis dedos despacio para que su cámara viera la firmeza que yo sentía.

Luego mi novio comenzó a tomar fotos del sexo. Mientras nos comíamos, él disparaba como loco para mostrarme lo que yo no podía ver desde su perspectiva: su pene dentro de mí.

Siempre me había negado a hacer un video, quién sabe si por pudor. Puede ser que me parezca terrible que termine colgado en alguna página de internet, aunque no soy ni remotamente tan famosa como para que haya un escándalo. Tal vez es porque siento que hay un tercero mirándonos. No es ya el lente de la cámara, que depende de un clic de mi novio, sino un aparato que puede dejarse rodar durante horas y tomar lo que le parezca, encaramado en un trípode.

El último novio que tuve tenía una cámara, pero la usaba para ocasiones festivas, como los cumpleaños de sus sobrinos o el arreglo de su nuevo apartamento. Un día le pedí que nos filmáramos, pero para vencer la sensación aquella del tercer integrante, le dije que nos turnáramos sosteniendo la cámara. Nunca vi la cinta, no sé aún por qué. A lo mejor descubrirme excitada, jadeante, con los ojos entrecerrados, resulta vergonzoso. Como si estuviera viendo una mala copia de una actriz porno, con un sorprendente parecido a mí. ¿Y qué tal verlo a él, sudoroso y agresivo, apretándome las piernas con sus manos y metiéndomelo con un ritmo de animal? No parece muy sexy. Es mejor prescindir de esas partes que uno no alcanza a ver desde donde está. Es mejor imaginarse que los jadeos, los líquidos y los orgasmos son parte de un guión irrepetible que cada día se renueva un poco. Tal vez, si soy realmente consciente de que alguien me está filmando, empiece a posar de nuevo, y francamente, no me interesa que el sexo se convierta en una pose.

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