¿Quién quiere ir al médico a contarle que no logra tener erecciones firmes o que no puede mantenerlas? El médico, seguramente un muchachito que se burla junto a sus colegas de los pacientes más patéticos, le va a hacer preguntas incómodas mientras examina su pobre pichirilo con aire condescendiente. "Sí, doctor, por más que lo intento no se me para", tendrá que repetirle muerto de la vergüenza. Y, lo peor, las pruebas para determinar el tipo de anomalía. Tal vez le inyecten una substancia en el pene (sí, directamente ahí). Lo pincharán, le examinarán la sangre, el corazón.... cuanta cosa.
Al final, el imberbe médico puede darle la noticia de que tiene que introducirle un dispositivo por la uretra, o puede recetarle una bomba de vacío para hacer circular la sangre a su miembro justo antes de que empiece la acción, lo que le haría perder toda espontaneidad. Y usted se imaginará que antes de salir de rumba debe asegurarse de llevar plata, una menta para el aliento y... ¿dónde va a meter la bomba? Tal vez deba comprarse una carterita. El rosado está de moda esta temporada.
O tal vez el especialista le recomiende terapia psicológica con su pareja. Y entonces una sexóloga de voz chillona les daría cursos de intimidad, comunicación y técnicas de estimulación. Tal vez le hagan usar esos títeres con vello púbico que usan con los niños que han sido víctimas de abuso sexual.
Lo más seguro es que le receten una droga como el viagra. Y entonces usted tendría que ir a la droguería y pedir la condenada pastilla ante las miradas burletas de los presentes.
Si no quiere exponerse a todo eso, aunque le permita volver a tener una vida sexual, haga lo que el noventa por ciento de los colombianos con difunción eréctil hace. No vaya al médico y ensaye algunas de estas posibilidades:
Primero tome borojó, chocolate y maracuyá y, cuando nada de esto le funcione, semen de toro. Estos supuestos afrodisíacos nunca han servido para nada, pero el género masculino, en su inmensa sabiduría ancestral, ha repetido estas recetas por los siglos de los siglos con los mismos resultados decepcionantes.
Dependiendo de su espíritu aventurero, puede desactivar el filtro de correo basura de su administrador de correo electrónico. Descubrirá por lo menos diez empresas dedicadas a vender medicamentos sin prescripción provenientes del Canadá. Pida por internet alguno de los potenciadores sexuales "genéricos" que le venden ahí. Solo tiene que darles sus datos y su número de tarjeta de crédito y estos profesionales se encargan de todo. Yo no lo ensayaría, pero como la sabiduría masculina no tiene límites, es probable que no se trate de un fraude, que el remedio llegue, que sea de buena calidad y que la automedicación no lo mate.
También hay un tratamiento psicológico bastante popular. Consiste en desquitarse con la pareja. Generalmente la mujer no entiende lo que a usted le sucede, y cree que usted ya no la quiere, o no se siente atraído por ella. Use este error a su favor. Dígale que sí, que es todo culpa de ella, que está gorda y fea y ya no le inspira ni un mal pensamiento. Otra buena idea es llegar todas las noches tarde y bien borracho. La disfunción asociada al licor es aceptada hasta en los círculos más machistas. También puede pegarle cada vez que se ponga cariñosa. Entre más duro mejor. Ella no va a quedar con ganas por varios días y usted calmará la sensación de debilidad que lo embarga.
Por último el tratamiento alternativo más común consiste en meterse a la política. Existen muchos estudios postfreudianos que asocian la necesidad de poder con la impotencia, y parece que este mal ha sido el impulso de los políticos más autoritarios que ha conocido la historia. En Colombia, particularmente, tendría que trabajar, trabajar y trabajar, lo que no le daría tiempo de preocuparse por otros asuntos. Cuando no se puede hacer el amor, nada mejor que hacer la guerra.
Pero, ojo, si está leyendo esto con un par de amigos y los tres se están riendo con cierta superioridad, deténganse un segundo y mírense bien las caras. La disfunción eréctil afecta a la mitad de los hombres mayores de 40 años y a otro tanto de los menores. Así que lo más probable es que uno de ustedes esté riendo sólo de dientes para afuera. ¿Qué van a escoger, valientes muchachos: la cita al médico o algún tratamiento alternativo?

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.