Son las 8 a.m. Paso la mirada por las mesas de la cafetería, vacías todas. Mi personaje no llegó, tan raro en este país de impuntuales. Las 8:05 y nada que aparece. Tres minutos más y sigo plantada como una mata. Otros cinco pasan. El estómago me empieza a arder. Imagino lo rico que estará el desgraciado en la camita. Las excusas que pondrán en cuanto aparezca, que si el trancón, que si la lluvia, que si el niño enfermo, aunque sé que su único retoño supera la treintena. Pero aguardo. Si ya esperé quince minutos, por qué no cinco más. Máximo cinco, bueno, diez, me digo conteniendo una ira que amenaza con desbordarse.

Marco el celular del señor y salta el buzón. No dejo mensaje. Seguro que lo apagó adrede para no dar la cara, ¡cobarde!. Si él fue quien puso la cita, el interesado en verme para no sé qué vainas de trabajo.

Un mesero me pasa una revista. La hojeo pero no puedo concentrarme. "¡Será gamín, desgraciado, grosero! ¿Qué se habrá creído? Si uno dice una hora es una hora, no una aproximación. Le diré mico en cuanto aparezca", me digo una y otra vez. "Calma, calma, no te alteres", intento convencerme.

El mesero regresa y pregunta:

—¿Ya decidió?

—Decidir ¿qué

, ¿si sigo esperando como una imbécil o si me marcho

, contesto en tono seco, cortante, bajito, reprimiendo las ganas de insultar al ausente.

—No, doña; si desea tomar algo, contesta con desdén, dejándome como la loca que ya empieza a asomar tras la máscara de fémina paciente, educada, resignada de los primeros instantes.

—No, gracias. Estoy esperando a una persona, por llamarla de alguna manera, respondo con risita de hiena.

Pienso que ya le retiré la categoría de persona, no digamos la de amigo. Menos aún la de una cita interesante. Pero no me levanto. Algo me ata a la silla: los deseos de desahogar mi furia en su cara. Quiero escupirle su informalidad, su altanería, su desconsideración, su nula caballerosidad. ¿Cómo se me ocurriría quedar con semejante malandro?

A la media hora exacta, suena mi celular. Es él. "Qué pena contigo, no me demoro nada, ya estoy a dos cuadras".

Qué pena contigo. Qué pena sirve para todo, es un remiendo, una curita. Que alguien te empuja, qué pena. Que te atropellan, qué pena. Que te botan algo encima, qué pena. Que llegan tarde, qué pena. Pero no sienten pena alguna, es una hipocresía, un descaro —susurro— y tengo la impresión de que ya no puede resistir más la espera, que el estómago se me revuelve de ira, que me salen espumarajos por la boca.

El reloj indica que pasaron quince minutos desde que me marcó. Y eso que eran dos cuadras. ¡Descarado!

A los cincuenta minutos aparece fresco como una lechuga, el pelo mojado y sonrisa quiebra mandíbulas. "¿Qu'ubo? Tremendo trancón. ¡Qué pena contigo!".

Me planta un beso en la mejilla y llama al mesero. "Si son lentos, ala. Uno con ganas de tomarse un tinto y ni lo miran. Qué demorados", sentencia convencido.

—Y usted, qué, debería trabajar menos, ese estrés cualquier día le da una sorpresa. Vea la cara que tiene, en serio, véngase este fin de semana a la finca, verá cómo le cambia todo.

Suelta su perorata como si nada hubiera ocurrido. Un rostro de pitbull lo mira fijamente y unas garras le señalan las agujas del reloj.

"Cincuenta minutos tarde", le ladro. "Cincuenta minutos solo porque le vino en gana levantarse tarde y llegar más tarde aún. Cincuenta minutos que llevo estúpidamente perdidos porque a usted se le dio la gana".

—Así no se puede, con usted es imposible. Ya me habían comentado lo brava que era, pero yo pensaba que ni tanto. Mejor dejamos lo que tenemos que hablar para otro día, cuando esté tranquila. De pronto pasó mala noche, qué pesar. Relájese y no trabaje demasiado; déjese ver para consentirla.

Llama al mesero y pide la cuenta. Paga, se levanta y abandona el café después de darme un beso educado en la mejilla. "Es una histérica", piensa mientras desaparece. "Necesita un buen polvo, como todas".

Le veo partir con una rabia que no me resisto. Yo soy la desquiciada y él el caballero. Así se escribe la Historia.

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