Lo recuerdo perfectamente: acababa de cumplir once años y apenas empezaba a entender lo que significa ser hincha de un equipo de fútbol, sentir esa avalancha de amor que anticipa todo entendimiento y abre el camino para saber, a medias, lo que se viene piernarriba en la adolescencia. Seguía la tabla de posiciones con devoción cada lunes antes de salir para el colegio y daba mis primeros pasos en El Campín, oriental numerada, cerca a la tradicional barra 25.
 
Sí, era rojo, con devoción y entrega, santafereño de vocación.
Corría julio en el lejano 83 y llegaban al equipo nuevos fichajes, en aquella época en la cual cada equipo colombiano tenía tres o cuatro jugadores extranjeros, casi todos argentinos, uruguayos o brasileños. Nada mejor que un clásico para presentar los refuerzos de los equipos bogotanos a mitad de temporada y yo, de la mano de unos amigos de la familia, fui a ver el debut de Hugo Ernesto Gottardi, Sergio Daniel Odine y Daniel Grimoldi. Del resultado no me acuerdo, pero sigue en mi memoria la posición de la crítica, que fue implacable: Gottardi era un paquete, un tronco, la peor de las adquisiciones.
Pasaron los partidos y lentamente comenzaron a llegar los goles de ese delantero impresionante que venía del más reciente campeón argentino: el Estudiantes de la Plata de Carlos Salvador Bilardo. Tan increíble era la capacidad goleadora del nueve rojo que cuando terminó el torneo, después de jugar solamente media temporada, fue el botín de oro.
Empezaba luego el torneo del 84 y recuerdo muy bien mis tardes de domingo y mis noches de miércoles, sentado al lado de un equipo de sonido con tornamesa, oyendo la narración de Sergio Ramírez García, 'El Mundialista', y grabando los goles de Gottardi en viejos casetes de cinta magnética: "Goooolllll de Santa Fe, goooolllllll de Hugo Ernesto Gottardi, camisa 9..."
No fuimos al octagonal pero otra vez Gottardi fue el goleador. Era mi ídolo, el referente mayor, la imagen para seguir y emular. Me dejé el pelo como el suyo, con los rizos ochenteros cayendo desde la parte trasera de la nuca hasta el cuello y cuando jugaba fútbol intentaba conseguir la misma fuerza de su cabezazo, el mismo cambio de ritmo en la entrada al área.

Veinte no es nada
Buenos Aires no duerme: bien difícil es conquistar el sueño antes de las dos de la mañana en una de las ciudades más vivas del mundo. Así que en los días siguientes a la llegada a Argentina, donde me encontraba pasando vacaciones, las horas de insomnio comenzaron a tener un tema común: Gottardi. Encontrarlo, conocerlo, saludarlo y regalarle la camiseta de Santa Fe que traía conmigo al viaje.

Hago mis primeras pesquisas: voy a T y C a preguntar por el paradero de Gottardi. La recepcionista es oscura y amarga como un personaje de Sábato. Le pregunto si "es posible que alguien del noticiero me pueda ayudar a conseguir a Hugo Gottardi, un jugador argentino de los ochenta" y me despacha rápidamente: "No le puedo ayudar, acá todo el mundo está trabajando y no tengo ni idea de quién es Gottardi".
Escribo a Álvaro Murgueitio, de Futbolred, preguntando si en Colombia saben del paradero de Gottardi. Ni idea, me mandan el teléfono de Martín Liberman, el pelirrojo que presenta el noticiero de Fox Sports, "tal vez él pueda ayudarlo".
-Aló, ¿el señor Libermann?
-No, mirá, -me contesta una mujer- este teléfono era de Martín, pero me lo regaló hace unos días...
Tercer intento: vuelvo a los café internet de la calle Corrientes y escribo a Bogotá a Jaime de Greiff, un santafereño como yo, de vocación y templanza, también fiel devoto de Gottardi. Me responde de inmediato: "Hablé con José Orlando Ascencio, de El Tiempo, me dice que puede hablar con Juan Pablo Méndez, un tocayo argentino suyo que trabaja en el diario Olé".
Llamo a Olé y el tocayo, eficiente, me da un teléfono donde podría conseguir, tal vez, a Gottardi. Es un celular registrado en Rosario.
-¿Hola? -La voz es aguda y yo supongo que estoy hablando con el Club Atlético Rosario Central.
-¿Aló, de dónde contestan?
-¿A quién necesitás?
-Al señor Hugo Gottardi...
-Con él hablás.
Paralizado y tartamudeando, me presento a medias, mientras que interrumpo cada frase que digo recordando a mi interlocutor que "usted es mi ídolo de infancia, Hugo, me encantaría conocerlo". Amo y señor de una humildad que no sé por qué yo no esperaba, Gottardi ríe y contesta: "Mirá vos cómo es el destino, he estado pensando mucho en Colombia en estos días y aparecés". Pregunto si podría entrevistarlo y casi no me deja terminar: "Claro que me gustaría hacer una entrevista para tu país". Después de recordarle por enésima vez que él para mí es más grande que Pelé, Maradona y Platini juntos, colgamos.
Así que ahora, en la Avenida Santa Fe, cerca al apartamento donde me hospedo en Buenos Aires, soy un ente que sobrevuela el andén con una sonrisa idiota y que ha puesto a funcionar un cronómetro interno para contar cada milésima de segundo que pasará en los tres días y dos noches que faltan para que Gottardi me atienda, cerca de allí, en el hotel donde estará concentrado con Rosario Central, equipo en el cual trabaja como asistente de campo. Así voy, alucinado, entre tibios recuerdos ochenteros de gloriosas tardes del Nemesio, camisa 9 en la memoria.

El encuentro
El hotel donde se aloja Rosario Central en Buenos Aires queda en la calle Suipacha, a diez metros de la Avenida Santa Fe. Entro y está Gottardi esperando, con los rastros del tiempo marcados en su rostro: su pelo ya no es largo y parecen haber pasado infinidad de bifes y asados por su boca. "No me vas a reconocer", me había dicho por teléfono, pero lo reconozco de inmediato y "muchísimo más gordo -pienso- está Maradona".

Después de saludarlo debo disimular la inmensa emoción, potenciada además por algo que ya había presentido por teléfono y que compruebo con el primer saludo: Gottardi es tan buena onda que casi pareciera un maestro zen de alto grado de desarrollo espiritual o uno de esos brasileños de carnaval que no
pueden dejar de sonreír a todo momento.
 
Nos sentamos en un salón del hotel, saco del morral una libreta improvisada y asumo la torpe pose del periodista.
-Vamos por el inicio, Hugo, ¿dónde empezó a jugar fútbol?
-Empecé en mi pueblo, Elortondo, como doscientos kilómetros al norte de la ciudad de Santa Fe. Allá empecé a jugar en divisiones inferiores, desde muy niño, y un día un hincha de Racing me vio y decidió llevarme a Buenos Aires para probarme con el equipo. A los 17 años llegué a Racing y allí empecé mi carrera.

-¿Cuándo debutó?
-Se cumplieron 30 años el 11 de junio de 1973. Yo no me acordaba, pero salió en un noticiero la estadística. Fue en un partido Racing-Newell´s. Mi primer gol fue contra Argentinos Juniors, y mi primer partido como inicialista fue en la Bombonera, contra Boca. Pero toda esa época con Racing no fue muy buena, ¿sabés?

-Andaba mal el equipo, ¿no? -contesto, y agrego: en Bogotá a muchos santafereños nos gusta el Racing porque es como el Santa Fe, que también lleva ya casi 30 años sin ser campeón... y bueno, ya salió campeón el Racing, es como una esperanza para nosotros.

Gottardi me mira como lamentando esa nostalgia santafereña, esa que debió conocer muy bien y se nota que había olvidado. Por un segundo parece que me va a dar un consuelo, a decir algo, desvía sus ojos hacia la pared e inmediatamente me vuelve a mirar, se arrepiente de lo que iba a decir y sigue con la conversación, como si nada.

-Y bueno, en Racing hice 58 goles durante tres años y cuando Zubeldía se fue del equipo a dirigir al Atlético Nacional me recomendó con Bilardo, que estaba dirigiendo a Estudiantes, y de esa manera empecé a jugar allí. Fueron buenos años, llegué en el 76 y salimos campeones en el 82 y el 83.

-¿Qué gol recuerda más?
-Y... el último, cuando salimos campeones. Lo hice contra Independiente en cancha de Estudiantes. Ganamos 2-0 y yo hice el último gol, como era mi estilo: tomé un rebote en el área, la pelota estaba como muerta y sin dueño y yo entré a la carrera y me metí al arco con balón y todo. Era joven y tenía velocidad.
Gottardi ríe otra vez, pero ahora con algo de nostalgia. ¿Cuánto añorará, como los hinchas que lo conocimos, sus propios goles? Le pregunto cómo llegó a Colombia y me cuenta que los dirigentes santafereños de la época habían ido a Buenos Aires a buscar jugadores, lo comenzaron a seguir, lo vieron cuatro partidos, dos miércoles y dos domigos, y en todos hizo gol.
Negocio cerrado. Antes de que terminara el campeonato en Argentina ya estaba volando hacia Colombia.
-El primer partido fue fatal. Era un clásico y debutaba junto a Odine y Grimoldi y todos los comentaristas concluyeron que yo era un petardo, "el petardo Gottardi". Pero al segundo partido ya empecé a marcar goles.
-Quisiera tocar dos recuerdos de infancia que tengo de esa época: un clásico en el 84, Millonarios hace el 1-0 y van al centro del campo Umaña y...
-...y sacamos y nos vamos haciendo paredes, ¡sí, señor!, empatamos treinta segundos después.
-Y el otro: ese partido con el Caldas en el que marcó cuatro goles...
-Claro que sí, fue en el primer partido del octagonal del 83. Pero antes de eso, yo hago tres goles en la cancha del Quindío y dos más frente al Caldas en Manizales... y es un recuerdo que quiero tocar antes: ahí anoto el gol número 200 de mi carrera al arquero Munutti. Termina el partido y agarro el balón y me lo llevo como recuerdo. Todo el mundo comienza a perseguirme y yo me meto en el camerino; me golpean la puerta:
 
"Ladrón, devuelva el balón", y cuando ya toda Manizales se agolpaba en la puerta del vestuario, tuvo que salir el presidente del equipo a decir que Santa Fe se hacía cargo del balón. Y aún lo tengo, junto a mis trofeos, es un Mikasa de esa época.
Reímos un rato, me cuenta del Mikasa que hay en su casa y yo me siento transportado a esa tardía infancia en que empezaba a patear esos mismos balones, japoneses, muy bonitos, parecidos al Tango argentino de Adidas pero con triángulos perfectos negros que formaban hexágonos blancos. Aterrizo, seguimos charlando y de repente Gottardi me suelta una perla:
-Recuerdo mucho la vez que fui a Cante aunque no cante, con Jimmy Salcedo. Canté Zamba de mi esperanza.
-¿Verdad, estuvo en el Show de Jimmy?, ¡qué grande!
-Claro, buenísimo el programa, con el piano blanco y Jimmy riéndose todo el tiempo...
-Jimmy murió, ¿sabía?
-Nooo.... no me digás...
-Sí, hace ya varios años, le dio un coma diabético y murió.
-Ah, qué lástima, si su programa era buenísimo, buenísimo...

El triste final colombiano
Volver a la realidad, la pregunta dolorosa:
-Bilardo lo había convocado a la selección del 86, la que salió campeona mundial, para jugar las eliminatorias, en el 85, y no pudo ir porque se fracturó el tobillo en Colombia, ¿cómo fue eso?
-Terrible, terrible. Bilardo tenía que convocar un delantero y me llamó. Yo tenía que estar un miércoles, o algo así, y él me convocó, hacé de cuenta, un jueves de la semana anterior. Yo jugaba con Santa Fe el domingo y alguien le dijo a Bilardo, "dejalo que juegue el domingo y puede llegar luego". Y justo ese día me partí el tobillo. Fue un partido contra Cúcuta pero no recuerdo quién fue el jugador, me parece que se llamaba Toro... después comprendí que era algo que tenía que pasar, fue el destino, un accidente, nada más.
Y así pasó el último año de Gottardi en Colombia, con amargura. Y no es para menos: viendo a su selección coronarse campeona del mundo y él aún en recuperación con la certeza de que hubiera podido estar ahí, jugando luego con la sombra de la lesión los últimos días en Colombia en que no hizo casi goles. Volvió a Argentina a recuperarse en Estudiantes, luego fue a Talleres y terminó la carrera en Lanús.
-...y no sé si sabés: soy el goleador número trece en toda la historia del fútbol argentino, con 186 goles, solo en Argentina...
-Sí, sí sabía, además ocupa el puesto número 114 en el ranking de goleadores mundiales, con 245 goles.
-¿En serio?
-Sí, en internet sale. El primero es Pelé, con quinientos y pico de goles...
-¿Y entonces qué es esa boludez del gol mil de Pelé? ¿Le contaban los entrenamientos y los amistosos? Si a mí me los contaran tendría por lo menos setecientos goles.

La despedida
Le digo que haga una búsqueda por Yahoo, "Hugo Ernesto Gottardi", y que ahí aparecerá una página, creo que gringa o inglesa, donde está el ranking. Nos vamos despidiendo, pero antes le pido que me cuente el chiste del avión, que yo había leído en una página de internet chilena.

-Ah, sí... A mediados de los 90 dirigíamos con Miguel Russo a la U. de Chile y le dije a un pibe que no había montado nunca en avión: "Sabés cómo es esto, ¿no? Cuando venga la azafata con la comida, tenés que pagarle". Y lo tenemos durante todo el vuelo persiguiéndola (ella estaba avisada por nosotros) con la plata en la mano para pagarle el almuerzo. "No se deja pagar", me decía, y yo le contestaba, "tenés que insistirle, ella no te va a querer recibir la plata por educación", y seguía persiguiéndola, "le pago yo, le pago yo", le decía... son las anécdotas que te va dejando el fútbol, también hacíamos viajar a los pibes del Lanús con pasaporte dentro de la Argentina.
Saco del morral la camiseta negra del Santa Fe que traigo conmigo en el viaje. Es la que sacaron de edición especial, luego de la muerte de César Villegas. Se la regalo y el abrazo es fuerte; caminamos hacia la avenida Santa Fe, donde quiero tomarle una foto con la camiseta puesta. Otro abrazo de despedida y él se pierde por Suipacha, de vuelta al hotel, mientras yo camino o, mejor, de nuevo sobrevuelo la Santa Fe hacia el subte.
Ahí estoy, en la estación San Martín, a medias iluminado por las luces que pasan en los túneles del subterráneo y con una sensación indescriptible dentro del tórax: un sueño infantil cumplido tantos años después es como volver a todas esas emociones del Atari comprado en Sanandresito y el primer balón.
Allá se queda la camiseta en buenas manos y la imagen, la última, esa que también será recordada toda la vida, de Hugo Ernesto Gottardi doblando la esquina de Suipacha y Santa Fe con la camiseta negra del equipo rojo, para siempre joven y goleador y sonriente, de gran cabezazo y recia entrada al área, fuerte y amigo, inolvidable y grande, de espíritu noble y cantante aunque no canta La zamba de mi esperanza, esa que se renueva al conocerlo, a él, mejor para mí que cualquier diez, grande e inolvidable, camisa 9.

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