Señora, señorita
Pilar Quintana
Playa desolada del Océano Pacífico
Colombia

Querida Pilar:
Mi sicoanalista ha tratado de explicarme el fenómeno. Yo, por mucho que me aferro a sus razones, no he podido volver a dormir. He recibido el número 88 de la Revista SoHo, donde quería leer una pequeña nota que escribí sobre la mujer caleña (no, te lo juro que no estaba pensando en ti). Y, oh, sorpresa, me encuentro con un texto tuyo, Pilar, titulado “Supongamos que… Andrés Caicedo estuviera vivo”, ilustrado con una de las célebres fotos de la Rata Carvajal, retocada, para mostrar los 56 años que tendría el maldito escritor en el 2007. Lo leo y lo releo y no puedo creerlo.

Yo, que me he dedicado en los últimos años a devorar con cariño y admiración tus libros, Pilar, que agoté las ediciones de tu primera novela para regalársela a mis amigos, yo que fui coleccionista de polvos raros y que ahora me siento orgulloso del título de tu segundo libro, yo, en fin, que me trasnoché hasta pasada la medianoche para ver tu entrevista en el Canal Capital con la periodista María Jimena Dusán, no podía dar crédito de lo que escribiste. Y cito de memoria: “Lo que sí es definitivo es que más de uno de sus amigos (de Caicedo) se habría quedado sin nada que hacer en la vida y, de paso, sin el reconocimiento del que goza hoy. Después de su muerte, estos amigos se dedicaron a divulgar su obra, estrenar sus montajes teatrales y películas, escribir sobre él, en fin, a explotar su imagen y alimentar su leyenda. Me pregunto, por ejemplo, qué sería de Sandro Romero Rey, el más dedicado y el más profuso de todos. Eso sí que daría tema para un artículo”.

Eso me pasa por sapo. Por dedicarme durante más de treinta años a recopilar la obra del escritorcito ése menor, del drogo intrascendente del Caicedo, me gano lo que me he ganado: ser víctima de tu finísimo humor. He quedado en ridículo. Yo entiendo que en las lejanas playas donde vives no estés informada sobre mis libros, mis montajes teatrales y mis documentales. Yo sé que ni la Radiodifusora Nacional de Colombia ni mucho menos Señal Colombia puede llegar a tan remotos parajes como para que te enteres de mis andanzas en el mundo del arte y la literatura. Pero te confieso que me has dejado sin piso. Mi sicoanalista insiste en que son cosas del azar y que, de alguna manera, mi amor por ti, se ha proyectado y es esa misma obsesión enfermiza la que ha impulsado tu comentario. Yo me molesté con el consuelo de mi sicoanalista, porque más parecía el de un parapsicólogo. Y el prefijo “para” está demasiado desprestigiado en estos días. Además, es muy difícil que mi sicoanalista entienda porqué los caleños de mi generación nos enamoramos de las niñas que han estudiado en el Liceo Benalcázar, cuyo lema siempre ha sido “tensión y ritmo”. La señora Gloria de Leroy ha sabido educar a nuestras musas. Además, Pilar, eres tan certera en tus comentarios, que cuando quieres ser precisa sobre ¡Que viva la música¡, por ejemplo, aseguras que “la novela puede resumirse en una frase que aparece hacia el final: cómo termina convertida en puta una ex alumna del Liceo Benalcázar”. ¡Pero claro! ¡Cómo no me di cuenta! ¡Allí estaba la clave, no en la clave sincopada de Ricardo Ray!

Gracias, Pilar, por abrirme los ojos. Te ruego el favor de que no tardes demasiado en publicar tu tercera novela. Ya sé que estoy destrozado por la envidia al no poder pertenecer, por mucho que me lo proponga, a la honrosa lista de los escritores latinoamericanos menores de 39 años. Leo que te escogieron entre 2000 autores postulados, por un jurado compuesto por Piedad Bonnett, Héctor Abad Faciolince y Oscar Collazos. ¡Imagínate el trabajo de estos maestros! Para leer al menos un libro de estos 2000 autores han necesitado algo más de cinco años comprometidos con los noveles escritores de nuestras tierras. ¿A qué horas escriben, a qué horas dictan clases? Debes sentirte más que orgullosa, Pilar, de estar en la lista de la sub-39. Sólo seis colombianos y tú, la única mujer: a los que nos gustan las estadísticas se nos han llenado los ojos de lágrimas. Ahora bien: para no extenderme demasiado (no quiero que se te vaya a apagar la lámpara de petróleo de tu cabaña mientras lees esta epístola), te recomendaría que revisaras, antes de ser publicadas, tus reseñas biográficas. La que salió en SoHo me llenó de celos. No me interesa saber que estás casada, que construiste con tus propias manos tu nido de amor y literatura en las playas pacíficas, no quiero saber de tu pasado como niña mochilera, ni como terapeuta de jaguares, ni como recolectora de mangos. Incluso te recomendaría que ahorraras el recuerdo de tu paso por la televisión que parece avergonzarte. Yo me encargaré de gritarle al mundo las virtudes de tus Cosquillas en la lengua y los logros formales de tu incomprendida Coleccionistas de polvos raros. Te prometo que nunca más volveré a citar, ni por asomo, al impostor ése del Andrés Caicedo. Sé que en algún momento de tu vida quisiste escribir una biografía del autor de ¡Que viva la música! Caprichos adolescentes, supongo. Para mi desgracia, me adelanté. No te preocupes. Hazla si quieres. Pero, por favor, te recomendaría que te informaras mejor, porque el inmaduro del Caicedo, al que “le sobraba provincialismo (sic)”, no sólo escribió “una obra de teatro, cinco cuentos y una novela”. Para mi propia pesadilla, el imbécil no “culminó con todo lo que había escrito en la basura”, como sabiamente hiciste tú, Pilar, a los 27.

Te pido, para finalizar que, si te vuelve a llegar la hora del hastío, no te vayas a suicidar en tu cabaña idílica de la costa. Eso representaría para mí un verdadero problema logístico. Yo prefiero ir a aburrirme a los programas de televisión de Diana Rico y Bernardo Hoyos (por favor, no lo confundas con Alberto Duque: ese es flautista de otro costal) que a escarbar tus obras póstumas en el infierno del Pacífico. Por lo pronto te pediría, con el mayor respeto, que si no es mucha molestia, si te ha quedado algo de las regalías de tus libros, me ayudes a pagar el sicoanalista. Creo que parte de esa tarifa te pertenece. Tuyo, Sandro

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