Cuando un aduanero del puerto de Génova, Italia, abrió la cremallera de la primera de mis cinco enormes maletas colocadas en fila ante él -una tula de cuero curtido que olía a betún incoloro y comprada en San Victorino, Bogotá-, lo primero que apareció ante sus ojos fue un oso. Bueno, un osito de felpa color marrón desteñido, ojos de pasta que miraban a cualquier parte, la oreja derecha carcomida y sobre su pecho una linda tarjeta dibujada y escrita a mano: "Te quiere mucho, mamá". A mis 23 años, parado ante un atónito aduanero italiano, rodeado por las miradas acusadoras del resto de impacientes pasajeros con su pestilente hedor a cuerpos encerrados en la tercera clase de un barco durante 17 días de viaje desde La Guaira, Venezuela, deseé con toda el alma que el diablo existiera y llegara por mí para llevarme de una a los profundos infiernos, libre del osito que me acompañaba desde mi nacimiento.
A mis cuatro meses de edad, el osito ya era la dulce compañía que no me desamparaba ni de noche ni de día, y el hábito de dormir masticando su oreja derecha llegó a convertirse en un vicio íntimo y solitario que mi tío el cura no condenaba, como si fuera más peligrosa la masturbación que morir atragantado con el peluche de la oreja de un osito de felpa. Me crié, pues, chupando oreja, abrazando al osito cuando mis padres salían de parranda y me dejaban solo con todos mis miedos de niño y más tarde de adolescente; el osito llevó al cuello el pañuelito perfumado que me regaló mi primera novia y sólo a él le hablé del bofetón que me atizó una mañana de matinal en el cine Coliseo, porque le acaricié una teta; el osito fue el sabio oyente de mis cuitas, mis odios, mis inseguridades, mis felicidades, e incluso fue el único testigo presencial de una tarde de terror en que una de las actrices más bellas de nuestra televisión de aquella época aceptó finalmente acostarse conmigo en mi casa y en mi cama, aprovechando la ausencia de mis padres. El deseo reprimido, el miedo de mis apenas 16 años y la media botella de ron que me apliqué antes de que ella llegara, me impidieron ser el hombre que ambos esperábamos. Ante los ojos del osito, la mujer se vistió soltando insultos irrepetibles, yo no me quité ni el cinturón con chapa ni abrí la boca, ella se marchó como leona embravecida, yo saqué un revólver calibre 22 que teníamos en casa para asustar a los ladrones, me tomé lo que quedaba del ron, estiré mi brazo derecho frente a mí, puse el dedo pulgar en el gatillo, me apunté a la cara, acumulé en el alma la vergüenza padecida, y me descerrajé un tiro que me dejó el rostro negro de pólvora incrustada en la piel pues, por fortuna, mi papá le ponía cartuchos de fogueo al revólver para asustar a los ladrones, pero sin correr el riesgo de matar a alguien. Después de esto, el osito ya era "alguien que sabía demasiado", pero cuantas veces intentaba deshacerme de él, esa misma noche o al día siguiente reaparecía sobre mi almohada como por arte de milagro. Bueno, como por arte de madre de hijo único, emperrada instintivamente en que no se le convirtiera en hombre y abandonara el hogar, lo tengo muy claro, aunque confieso con humildad que en dos ocasiones fui yo mismo quien rescató al osito de la basura, porque era el único hermano a quien podía contarle mis esperanzas. Sentado en el muelle a la orilla del Mediterráneo, rodeado de mis cinco enormes maletas que el aduanero no esculcó porque se cagó de la risa con lo del oso y porque en aquellos maravillosos sesentas a los colombianos nos creían que el tarro de talco Mennen era eso y no otra clase de polvo blanco, recordé cuando a mis 15 años mis padres resolvieron meterme interno en un colegio bogotano a ver si de esa manera lograban que no capara clases todas las tardes y estudiara como Dios manda. ¡Qué berraca idea! En mi primer día de internado, mi diligente madre instaló a los pies del catre que me asignaron un baúl antiguo con todo lo que pudiera necesitar su querido hijo, emplazó nochero con lamparita, tendió la cama con sábanas almidonadas, mantas dobles, cobertor de lana azul tejido por mis tías bugueñas y sobre la almohada mi pijama de dulce abrigo y el osito. Aquella noche, la mamadera de gallo de mis compañeros de dormitorio, 17 costeños que dormían en calzoncillos, se extendió hasta las cuatro de la madrugada, tiempo durante el cual el epíteto más suave fue el de "marica", que en mis épocas no era un saludo, como ahora, sino tremendo insulto que podía conducir al asesinato producto de la "ira e intenso dolor". A la mañana siguiente, inicié un incendio en uno de los baños y en el despelote que se armó, escapé del colegio sin que nadie me detuviera, a pesar de la orden explícita de que Romero Bernardo no podía traspasar la puerta. Lo único que me llevé en mi fuga fue mi osito, porque sólo a él podía contarle uno más de los innumerables proyectos que le había contado a lo largo de mi vida: denunciar a mi mamá por no dejarme madurar en paz. Y al salir de mis recuerdos, tomé una decisión definitiva que sólo hoy me atrevo a confesar: acomodé al osito en una llanta abandonada en la arena, me metí al agua empujando la llanta en dirección hacia donde creía que quedaba Colombia, y cuando la corriente se hizo cargo de ella y se la llevó Mediterráneo adentro, sentí con terror que de ahí en adelante tenía que ser un hombre y asumir decisiones de hombre sin consultarlas nunca más con un muñeco. Eso hice y me ha ido bien. Pero hoy, que a mis 62 años me veo obligado a ser cliente de los psiquiatras, admito que me arrepiento del asesinato que cometí y que preferiría mil veces y una más mandar a la mierda al psiquiatra de turno y tener a mi lado en las noches, acostado entre mi esposa y yo, al que sería a estas alturas un muy viejo osito de felpa.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.