Confieso que he hecho trampa. Sí, creo que todos los seres humanos hemos acudido a la trampa para que las cosas nos salgan bien. Por ejemplo, dije que tenía 18 años para poder entrar a la película Saturday night fever. Yo debía tener 13 años y estaba con mis amigos que sí tenían 18 años y si no hubiera hecho trampa, con ropa de adulto y zapatos altos, no me hubiera salido bien esa tarde de viernes de mi preadolescencia.
Hice trampa para poder seguir en el equipo de voleibol de la Universidad del Rosario, cuando yo ya no era estudiante de esa universidad. Mi equipo, mis amigas y las ganas de ganar el campeonato se hubieran ido al traste, y las cosas no nos hubieran salido bien.
Hice trampa en la misa del domingo y le hice trampa a mi mamá con la asistencia a la misa. Me quedaba en el atrio de la iglesia conversando con amigos o llegaba tarde, después de lo permitido por los cánones. Pero debo también confesar que si algo incómodo me ocurría esa semana en el colegio, como rajarme en un quiz o perder una partido de voleibol, yo pensaba y sentía que pasaba porque le había hecho trampa a la misa.
Nunca he sabido dibujar. Un día en el colegio hicieron un concurso de dibujo y yo no sabía qué hacer. Piedad, la profesora, miraba mi hoja y se reía, porque algo trataba yo de hacer, pero en efecto no funcionaba. De pronto apareció Lissy, que estaba un curso arriba del mío. Me dio una mano, una mano completa: hizo el dibujo y yo gané el concurso. Fue tan evidente la trampa que me dio mucha vergüenza.
Tampoco sé cantar, tengo voz de tarro y siempre mi mamá y mi prima, las musas del canto, se han burlado de mi afinación. Sin embargo, yo hacía esfuerzos, quería aprender a tocar guitarra y tiple y eso me hizo hacer trampa para poder entrar a la misma clase de mi hermana y mi prima. Aproveché mi habilidad en las manos y me copié de las notas que hacía mi prima Pila y pensaron que "bueno, no está del todo mal, hay caso con la niña" y me recibieron en la clase, pero nunca pensaron que era posible que aprendiera y fui un mueble sonoro en la clase durante seis meses, porque luego me aburrí.
También confieso otro tipo de trampas. Recuerdo que una vez le hice una trampa a una amiga mía y casi me cuesta su cariño. No fui capaz de decirle que no quería ir a una fiesta con ella y que quería que fuéramos con un amigo común a otro sitio. Yo manejé su carro y esquivé supuestos trancones para llegar donde estaba nuestro amigo común y no a la fiesta de la amiga.
Si mi hermana María José, mi mamá y mi papá, en ese orden, no hubieran estado ahí frente a mí, confrontando mi trampa a veces con explicaciones sobre su inutilidad o sobre la injusticia que producía mi trampa, yo no hubiera tenido lo que los sicólogos llaman desarrollo moral y no podría invitarlos a decir adiós a las trampas.

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