Conocí a Poncho Rentería hace 25 años, cuando mi pariente Álvaro Bejarano, 'El Loco', me pidió acompañarlo a visitar un amigo cuyo nombre no me decía nada, aunque ya andaba en boca de muchos vallunos que con sus votos lo habían convertido en parlamentario. El desparpajo de Poncho me impresionó, porque esperaba conocer a un señor impecablemente vestido, con corbata fina y verbo iluminado, pero me encontré con un tulueño disfrazado con una pinta estrafalaria, con los colores chillones de los calentanos recién llegados a la capital, además con un dicharachero que hablaba más rápido de lo que pensaba, siempre en un tono irreverente que él creía genial, ufanándose de su experiencia como insuperable vendedor de Carvajal, pero dueño de una impresionante cualidad para tratar con familiaridad a los extraños.
De esa noche, que nunca jamás se ha repetido, tengo todavía fresco el recuerdo de haber quedado aturdido con la voz ronca de un contertulio ruidoso y de parla atropellada, que por ninguna circunstancia parecía tener interés en ejercer el inteligente y ardoroso oficio de escribir una columna de opinión, que con el paso de los años ha sostenido con éxito en el diario más grande del país.
Antes de emprender la audacia de escribir semanalmente, Poncho incurrió en locuras y excentricidades. Ahora me viene a la memoria su intervención en un programa de televisión, en el que con una periodista avezada y bien dotada, a la manera de la bella y la bestia, entrevistaban a sus invitados, donde, por supuesto, a él le tocaban las pesadeces e impertinencias. Después lo vi ejercer sin rubor alguno su pintoresca campaña para obtener de nuevo una curul en la Cámara o en el Concejo de Bogotá, parado en un semáforo distribuyendo su programa que cabía en un sencillo volante, empresa en la que fracasó para siempre, porque debió retirarse de las lides electorales por decisión popular.
Un buen día abrí el periódico, ¡oh sorpresa¡, en las mismas páginas donde habían crecido los prestigios de Ayax, Calibán, Daniel Samper Pizano, Enrique Santos y tantas otras plumas libres, apareció escribiendo una confusa columna el tulueño locuaz, el único joven de su generación que vio de cerca sin asustarse a ese monstruo del terror que fue León María Lozano alias 'El Cóndor'. Ahora advierto que sentí envidia al comprobar que se prodigaba semejante tribuna a quien supuse que nada interesante tenía que decir en la vida pública, por lo menos a un bugueño liberal de trapo rojo, como lo es quien escribe esta deshilvanada nota.
Desde que Poncho se convirtió en articulista he sido testigo mudo y cómplice de los más encendidos comentarios en su contra. En todos los escenarios siempre se oye al flemático que con desdén afirma no haberlo leído nunca o a la sofisticada señora que a la pregunta "¿leíste a Poncho?", contesta furiosa: "¡No ,mijita, ni de vainas leo a ese pisco!", aunque todos saben que mienten.
No he sido capaz durante todos estos años de reconocer en público que, al igual que muchos colombianos, suelo leer los atrevidos comentarios con que se deja venir cada jueves Poncho, desde su famosa Franquicia, cuya indiscutible acogida nadie sabe en qué consiste, aunque sospecho que radica en la osadía de escribir como habla, y por eso lo disfruto silenciosamente, así guarde hipócrita distancia cuando falsamente algunos aseguran no haberlo leído o detestarlo.
Es probable que el entretenido cuento de sus tertulias en las peluquerías señoreras, que con tanta gracia describe Poncho, sean un invento de su talante deliciosamente chismoso, pero no hay duda de que todos gozamos de la rica imaginación del tulueño de oro, que en sus columnas a veces habla como una matrona; otras, como un bacán y de cuando en cuando, como un estadista.
Me siento, pues, en la intimidad con los habitantes de la simpática columna de Rentería, los "jojoyes", la "esposa médica Liliana Arango", las "bolitas estirpadas" que ojalá no sean malignas, los anuncios de que se van a poner de moda "los pantalones de pana, los buzos, la mochila arhuaca y, lo peor, Mercedes Sosa", y con su gobiernismo a ultranza que ya nadie le atribuye al hecho de no haber podido aceptar el nombramiento que le hizo el presidente Uribe en la Comisión de Televisión.
Ahora viviré en paz, porque me he sacado el demonio de negar que soy asiduo lector del más original de los columnistas del país.

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