Elisa Posada Saben, pensé que sería fácil confesar. Cuando cometí la estupidez, que ahora debo asumir ante todos ustedes, no me costó mucho esfuerzo ni tiempo. Ni siquiera lo pensé. Me pareció divertido y hasta eficaz como arma de justicia. El lío es que ya no es divertido y, la verdad, nunca lo fue o el pensarlo tantas veces le quitó esa pizca de diversión. ¿Intrigados, no? Empecemos por el principio y les prometo, en lo posible, evitar justificarme. Cristian Valencia y Antonio García son buenos tipos y escritores de talento, siempre han sido leales conmigo y la hemos pasado bien más de una vez; sobre todo antes que usara sus nombres para fastidiar a un tercero. ¿Siempre hay un tercero, eh? Siendo más preciso la historia empezó el 7 de mayo de 2003. Estaba leyendo la revista Semana y me detuve en la columna de Héctor Abad que tenía por título "Los amigos de Platón". Para no extenderme en adjetivos diré que lo escrito allí era infame (los muy curiosos pueden leerla en el archivo virtual de dicha revista). En su columna Abad pretendía defender a García Márquez (parece que al pobre Gabo suele irle peor con sus defensores de oficio que con sus detractores) frente a Susan Sontag, quien se había referido en tono airado al "silencio cómplice" de nuestro Nobel luego de los últimos fusilamientos ordenados por Fidel Castro en Cuba. Por supuesto que Abad tiene todo el derecho a defender a quien le plazca y quien lo lee a estar de acuerdo o no con lo que dice. Y yo esa vez no estuve de acuerdo, en especial me cabreó la parte donde dice que si su hijo (el del señor Abad) se emborracha y mata en un accidente a cualquier persona, él (Héctor Abad) defendería su inocencia (la de su hijo) "hasta con las mentiras más sucias". He tenido varias tragedias con autos fantasmas, la última le causó la muerte el 3 de febrero de 1996 a mi mejor amigo. Entonces escribí una respuesta y la mandé a Semana, que desestimó publicarla, lo mismo sucedió con otros importantes medios. Lo curioso es que quienes leyeron (y no publicaron) esa carta me dieron la razón y me animaron a buscar otra forma de difundirla y lo hice. El portal de colombia.com acogió mi texto y de allí fue reproducida a otras páginas (si les interesa aún pueden echarle una ojeada). No contento con eso y todavía rumiando mi frustración tuve la ingeniosa idea de mandar el texto a través de la franja de comentarios que esas columnas tienen en su versión de internet. Lo que pasé por alto es que esas franjas tienen filtro y, obvio, mi texto no fue aceptado. Como la impotencia es el mayor detonante de la rabia estuve más de una hora enviando comentarios que tampoco lograron superar el filtro. Al día siguiente volví a la carga, pero esta vez mi ingenio había sobrepasado sus límites y de eso caería o me harían caer en la cuenta después. Los dos siguientes comentarios criticando la columna y la actitud de Abad fueron aceptados y me deleité leyéndolos. Supongo que les interesa saber cómo burlé el dichoso filtro: simplemente firmé esos comentarios con los nombres de Cristian Valencia y Antonio García. No me detuve un instante a reflexionar en lo que pensarían y sentirían ellos y menos en lo sucio, indigno y antiético de mi conducta. Los comentarios en cuestión no eran ignominiosos, ni siquiera vulgares (de otra forma el filtro no los habría publicado); lo inaceptable era meter allí el nombre de dos amigos que no tenían nada que ver con el asunto. Yendo más a fondo, había algo peor: en mi crítica a la columna de Héctor Abad, yo había enfatizado si "no sería más justo, incluso con nuestra propia conciencia, suponer que si nuestro hijo se emborracha y comete un crimen, debemos ayudarlo a asumir la responsabilidad y defenderlo con todos los elementos posibles, entre ellos uno poderoso: la verdad". Es increíble lo sencillo que es convertirse en aquello que combatimos. Mentí, traicioné la confianza de dos amigos y convertí mi crítica en un chisme de cocina. Acepté escribir esta confesión porque no puedo regresar en el tiempo y borrar lo que hice, pero sí reconocerlo y ofrecerle a Cristian y Antonio todas las disculpas. A menudo he pensado que uno de los problemas más grave que tenemos los colombianos es la falta de autocrítica, vivimos en un país donde nadie reconoce jamás que se equivocó. Somos especialistas en justificarnos: entrenadores de fútbol, porteros de edificios, políticos, generales, jefes guerrilleros, presidentes y payasos... todos siempre tenemos una frase para escurrir el bulto o pasarle el chicharrón a otro. Parece que nos obsesiona la idea de quedar bien, de estar siempre a la altura de las expectativas, de complacer a todos y cuando, por cualquier motivo, no estamos "a la altura de las circunstancias" hacemos trampas. Si nos descubren decimos que "fue una tontería" y si nuestro engaño triunfa sentimos que somos los más avispados. ¿Qué sigue? Detesto los sermones y las lecciones de moral; cada quien es amo y esclavo de su propia conciencia, sólo quisiera cerrar esto diciendo que lo más jodido no es admitir que fui un estúpido sino que esa estupidez pueda quitarme el respeto de personas que en verdad me importan.

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