Todo empezó con una simple dificultad mecánica, una intromisión odontológica de pastas y alambres ocultos para sostener una pieza en problemas: el 22, según la jerga de los arrancamuelas, o sencillamente uno de los de adelante, siguiendo el lenguaje desconsolado de los muecos. Esa dolorosa ingeniería impidió el paso tranquilo de la seda dental por entre las fronteras de caninos e incisivos. Y apareció entonces el exquisito instrumento para la odontología por mano propia: el finísimo e inestimable recurso para todos los carnívoros que usan cubiertos, el afilado palillo de dientes para el que no existen territorios inexplorados, la malquerida herramienta que llega a donde otros no llegan y logra sacar las hebras más renuentes de la patagonia de las cordales.
Debo confesar que mi ejercicio con los palillos comenzó como un hábito privado o clandestino, para mejor decir. Mi primera cajita la compré a escondidas en un supermercado popular, caminé durante 15 minutos sin preguntar a nadie por el objeto de mi búsqueda, hasta que me topé con el tesoro: una cajita verde con 25 gramos de palillos de dientes redondos de doble punta, marca Nancy, tipo exportación. La primera noche los usé antes y después de la lavada de dientes, con la ayuda del espejo y con un pulso tan firme como el de mi odontóloga con su explorador. No saqué grandes presas, pero mis dientes disfrutaron de una amplitud desconocida hasta ese momento. Desde eso, desdeño la seda dental, que presume de alcurnia y de seda no siendo más que un hilo encerado. En cambio, he sabido que los palillos provienen de maderas, si no nobles, por lo menos hermosas de nombre. Y gozo teniendo entre los dientes las astillas pulidas de un sauce blanco o de un álamo temblón.
Poco a poco se fue desvaneciendo mi pudor frente al uso del mondadientes. No tenía sentido esconder un placentero hábito de aseo simplemente porque a los quisquillosos manuales de urbanidad y a los burgueses asquientos les produce inquietudes y malestares. Así que disfrutaba con más gusto el café final en los comederos de mantel y flor de plástico, donde el palillo y sus ruidos correspondientes son una obligación, que en los estirados restaurantes donde la etiqueta obliga a guardar entre los molares los restos de roast beef hasta que la ocasión sea propicia.
La libertad definitiva para blandir mi escarbadientes con orgullo aristocrático la encontré en la literatura. Un texto de Héctor Sáenz y Quezada, aparecido en una recopilación sobre los compadritos hecha por Jorge Luis Borges y Silvina Bullrich, me mostró cuán equivocado estaba con mis primeras vergüenzas. Según Héctor Sáenz, el compadrito argentino, con su inevitable escarbadientes de marfil balanceándose entre sus incisivos, se emparenta nada menos que con Carlos II de Inglaterra, que se escarbaba sin recato su real boca con un mondadientes de oro. Pero el asunto no es el simple vicio extravagante de un monarca sin modales, sino un rito social repetido en mesas como las del Estoril Palace:
"...estábamos en los postres cuando la concurrencia -lores y loras británicos- arremetió contra sus propias encías, manejando con singular destreza palillos que se metían por los vericuetos más inverosímiles de sus nobles bocas abiertas. Me explicaron luego que si bien el escarbadientes está proscrito en las mesas pacatas y baratas de la burguesía inglesa, es acogido con encanto por el gentleman más honorable".
Desde entonces cargo mi palillo de marfil robado a una navaja y lo uso con ostentación en las mesas ilustres y plebeyas. Eso sí, intento no mirar el resultado de sus exploraciones y lo guardo entre un diminuto pañito perfumado, de esos para limpiar lentes.
Pero tal vez el más exquisito de los escarbadientes, el que produce un placer más natural y más antiguo, sea el delicado espartillo que nos entregan los pastos bajos. Esa es la versión bucólica del palillo de dientes, y según estudios realizados por una paleontóloga de la Universidad de Illinois, el hombre los utiliza como medio para limpiar su boca desde hace 1,8 millones de años. Así que esa práctica tan prohibida podría ser la costumbre humana más antigua registrada hasta ahora. Que se callen entonces los malditos manuales de etiqueta y que miren para el cielo los pacatos, porque cuando hurgo mis dientes con mi delicada pieza, sea una hierba o un marfil, puedo ser un educado hombre prehistórico o un monarca de peluca.

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