El placer de las pequeñas cosas es más suave. Porque los grandes placeres, dada esta cultura del remordimiento que impuso en el mundo la civilización cristiana y occidental, dejan una estela de amargura. El hombre paga, con hiel, las alegrías que ha logrado padecer. Viene siempre, después del gran placer, un regusto de amargura, como si a la dicha tuviera que suceder la tristeza. Pero aquellos, los pequeños, por su misma menudencia, se instalan en plenitud y pureza. Y perduran. Y siempre se repiten como si fueran invenciones. En cambio, los grandes placeres se van volviendo rutinarios.

-La sala de cine se va a negro, y es mágico ese instante en que el rayo de luz hiende la oscuridad e ilumina la pantalla. El mundo exterior es una sombra. Se vive sólo en ese haz de luz. No importa lo que siga después.

- La corrida de un puntero izquierdo, pegado a la raya. Un placer que se va extinguiendo, al convertir los punteros en volantes. Es el retroceso. El fútbol se echa para atrás. Bien decía don Pancho Villegas: "Hay dos cosas escasas en el mundo: democracia y punteros izquierdos".

- El cabezazo de Pelé al piso y la estirada de Banks, desde el otro extremo, en arco, para lanzar la bola al córner, aquel 7 de junio de 1970, en Guadalajara, en los octavos de final de México 70. Un instante de magia, que se logró excavar de la realidad. Allí queda, más allá del partido y de los resultados y de los comentarios y de los gritos.

- Seguir un descaderado de breve talle por un buen trecho. No importa lo que siga después.

- Sentarse en el café, bien de mañana, al borde de un tinto, y abrir el periódico. Es el instante. Todavía no se ha leído ni siquiera un titular, ni se ha tomado un sorbo del café. Es el rito. Algo mágico. Lo que llamaba Hegel: "La plegaria profana de todos los días". No importa lo que siga después: de ordinario sigue basura. Y terror.

- Apagar todas las luces, tenderse con los ojos cerrados, y oír los Brandenburgueses o el Cuarteto N° 15 o la Sinfonía N° 1 de Mahler o la 9ª de Bruckner. Sin pensar en nada. Sumido en el misterio de la música.

- Apagar el radio de un solo golpe cuando, inopinadamente, empieza a sonar un vallenato, un tango, un bambuco, un bolero. Y si suenan Los Chalchaleros, romper el radio. Y si suena La guabina chiquinquireña, salir en estampía.

- Pararse en la explanada del Palacio Real, de Madrid, y ver la salida del enjambre de los turistas, palpando el propio placer de no haber entrado nunca en ese Palacio. A sabiendas de que nunca entraré. A más de prepotentes, los palacios de los reyes son de mal gusto.

- El vuelo de un gallinazo entre montañas.

- Acostarse, ya entrada la noche, prender la luz y abrir la novela que te viene acompañando desde días atrás. Se acaba la fatiga y se entra en otro mundo. Irse del mundo propio es, no solo magia, sino necesidad.

- Destapar una botella de vino.

- En las gradas de una plaza de toros, el toque de clarín que anuncia la salida del primero de la tarde. Tal vez sea la vibración de la muerte.

- El rito de la renovación al meterse, todos los días, bien de mañana, bajo el grueso chorro del agua fría.

- Sentarse en un restaurante con vistas a un acueducto romano o a una catedral gótica.

- Preparar una tortilla española.

- Musitar versos a lo largo de una calle abigarrada, en ciudad lejana, o al borde de un río que atraviesa también una ciudad lejana.

- Esa especie de levitación que se goza cuando las ruedas del avión se desprenden del suelo.

- Navegar por internet.

- Vivir solo y "lo quiera la suerte" morir solo.

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