Tengo sesenta y dos años pero prefiero confesar tan solo sesenta. Para disminuir el espanto que me produce la proximidad de la senectud, la presbicia, la calva, los insomnios de los remordimientos consentidos. Además, sesenta me parece un número más hermoso, rotundo. Perdí la virginidad hace un montón de años. Con una virgen delgada, silenciosa, y huérfana. Uno de los bomboncitos, sin ufanía, más deseados en la Medellín de entonces. Inocente y perversa como la de hoy. Fue en el taller de joyero de un amigo ahora muerto. Allí, entre sopletes, leznas, y piedras preciosas, los dos adolescentes se las ingeniaron para reinventar las maniobras vetustas de la sexualidad. Era Semana Santa. Afuera los beatos antioqueños incensaban las calles. Hacían procesiones con el sagrado cadáver de su Dios. El cándido, sangrante acto de amor de los dos niños que se querían me valió una somera reclusión en la horrible cárcel de varones de la ciudad, acusado de rapto y estupro por la parentela de la nínfula. A ella la internaron, dijo la fábula municipal, en un monasterio de monjas portuguesas desde donde me escribió unas pocas cartas de lágrimas que perdí. Más tarde la rota muñeca me dejó por Manuel Mejía Vallejo. El escritor de moda en la ciudad aquellos días. Seducida por la pinta de actor del cine mexicano de Manuel. Atraída por su prestigio, acababa de ganarse el premio Nadal. O por la labia proverbial y profética del jericoano. Debió convencerla de que yo no tenía futuro ni siquiera en la literatura. Y de que soy incapaz de hacer feliz a cualquier mujer. Casi me muero de la pena cuando se fue mi gacela. Tuve que escapar de la ciudad con el corazón fatigado de verla por las cafeterías del brazo del despalabrado novelista con su último libro de cuentos inéditos en el sobaco. En Pereira, me casé con otra. Para curar, o empeorar la amargura. Pero esto es asunto de otra romántica narración. Después rodaron por mis brazos flacos y extensos un montón de mujercitas de diversos aspectos, pelambres y personalidades, más o menos locas, cantaletosas, sufribles, inteligentes y tiernas. Unas más bonitas que otras. Me amaron, si bien me acuerdo. Y yo las amé tanto como supe y las hice sufrir lo mejor que pude. En el mismo viejo y falso convencimiento, con cada una, de haber tropezado con el himeneo de la fábula. Nunca aprendemos que el amor eterno dura tres años. Sobre todo cuando lo alimentamos con changuas de poeta. Y silencios expectantes, a la espera de la expresión del mundo frente a una hoja de papel vacío de origen vegetal. Las mujeres soportan mal el hambre. Y la filosofía. Una psicótica veleidosa me idolatraba los días pares. Y lo impares me veía con ojos de bacterióloga, así de chiquitico. Otra, era sorda, equiparó mis versos con los de Shakespeare. Otra cantaba dormida canciones vascas. Otra salía del espejo solo para despedirse y se iba sin cerrar la puerta. Una vez, cansado de buscar la felicidad en las mujeres me largué a vivir, al borde ya de los cincuenta, a una alta montaña, donde había dejado de crecer alguna cosa, como yo ambicionaba. Con un lema por todo refugio: todo lo que tenga tetas es enemigo mío. Todo lo que tenga tetas es enemigo mío, me repetía de día y de noche, como un benedictino. Pero Cupido se ensaña con algunos indefensos estetas. Un diciembre de glorias apareció otra vez en el yermo la fantasía de la feminidad. La ilusión de la mujer en la forma de una prima de mi padre en la flor de la vida. Ella vino a salvarme de las inquietudes de la castidad y del pánico de la mujer al mismo tiempo. Vivimos una ardiente historia, una década, flujos y ruidosos besos. Es la única mujer con quien conseguí mantener una relación de amistad sobre las cenizas del amor. Pero también mi pariente acabó por hastiarse de la patatísica y la ausencia de saldo. Y comencé a ingresar en el sexto piso de la edad, como cusumbosolo que siempre fui en el fondo. Y cuando comenzaba a acostumbrarme a los placeres de la compañía de la sombra y el soliloquio, apareció la protagonista de este bolero. Era un domingo solar. En un pueblito andino abandonado de Dios y los cartógrafos. Tenía veinte años. Vendía boletas para una rifa. Llevaba una cachucha de tela blanca. Claro, compré la boleta. Pero tan solo me gané el último flechazo del tenaz Cupido ensañado en mí. Diré que tenía la belleza de la juventud unida a la claridad de quienes no han sido acosados aún por los sufrimientos reales de la existencia, para eximirme de la exhibición de sus cualidades. Y disminuir el ridículo de todos los que cantan un amor nuevo, (y a esta edad cuando los elefantes comienzan a orar), y además platónico, aunque sea con los tintes venenosos naturales de las segundas intenciones. Confieso que le di a leer Memoria de mis putas tristes. Y Lolita, de Nabokov. Que es como tratar de tumbar las puertas del cielo con indulgencias ajenas. Y que le he contado tres veces la historia de Caperucita. No por divertirla. Es que mientras le cuento el cuento famoso de Perrault mi cuerpo usado, y largo, reproduce los milagros de la juventud remota, y memoriza el querido encalambramiento de la adolescencia, y rememora algo que no es tan solo la nostalgia de la salud. Me dijo que se abrazaba para dormir a un osito de felpa, regalo de un vecino. Yo, tras de bufón, celoso, he buscado en vano un lobo como el de Caperucita para remplazar al insulso plantígrado, pero no venden un lobo bastante hambriento que me represente bien en sus pesadillas de muchacha, en los almacenes de juguetes. Mis amigos dicen que he rejuvenecido. Que tengo un brillo nuevo que no es el de la jalea real ni el de los suplementos vitamínicos. Tal vez me reconfortan los sueños exóticos, heroicos también a los sesenta y dos, que almibaran mis ensueños desde cuando la conocí. Y que la falta de espacio y el exceso de pudor me impiden reseñar incluso en una revista como SoHo. Cuál es la esencia del deseo. Si se trata de eso. Qué es la soledad. Si de eso se habla. De dónde nos viene la necesidad de querer, más fuerte a veces que la de ser queridos. Por ahora me atengo a la norma del místico amor urdu de los musulmanes que abrasó también a Dante por su pequeña Beatriz, y que prescribe que la no consumación es la única manera de convertir el afecto en un sentimiento eterno. Y he vuelto a cantar boleros en el baño a grito herido como hace tiempos. Volví a cogerle el gustico a los boleros. Y canto Idilio de Willie Colón a la tercera cerveza. Mientras aguardo que el diablo se meta en la cosa, e introduzca un desorden en secreto querido, y la vida pague mis ásperos fracasos de amor con una penúltima alegría. Olvidaba decir que en ocasiones me parece advertir en la mirada alejandrina de Alejandra, ensombreciendo la transparencia aparente de este ángel campesino, un monstruo que despierta entre alelíes. El monstruo. Que todos llevamos adentro, sin excepción. Pero supongo que desde el principio del mundo el amor fue siempre la misma alegre, breve, cruel batalla sin victoria posible, contra la bestia que vive en, y de las personas que queremos. Y hay que correr sus riesgos. Incluidos el ridículo de la felicidad, y las penas de la decepción, y del eterno adiós.

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