Cuando mi hijo Franco era pequeño, veía por televisión a uno de esos superhéroes fisicoculturistas que se llamaba He-man. He-man, con unos músculos producto del exceso de anabólicos, solía elevar sobre su cabeza rubia una espada gigantesca y gritar, falto de humildad: "¡Yo tengo el poder!". Y yo me pregunto, estimado amigo, hermano latinoamericano: ¿Qué pasa cuando uno descubre que allí, al alcance de la mano, en nuestra propia casa, sorpresiva e inesperadamente, tiene el secreto mismo del Poder, tiene el acceso directo al Poder? Y no me estoy refiriendo a la descomunal espada de He-man, ni a la Piedra Filosofal, ni siquiera, incluso, a una benemérita pastilla de Viagra. No. Tampoco a los extraños poderes que obtenía el tímido Clark Kent (casi un imbécil) cuando se ponía las ropas de Supermán dentro de una cabina telefónica, que le permitían, Dios sea loado, atravesar con su mirada biónica las vestimentas de las mujeres. No. Nada de eso. El secreto del Poder al que hago mención no es otro que el doméstico y prosaico control remoto del televisor. Por supuesto, como todo recurso que nos transforme y agigante, este control remoto genera dependencia.
 
¿Cómo podíamos vivir sin él, cuando no existía? Nos preguntamos. ¿Cómo podía la humanidad seguir adelante cuando había que levantarse del sofá cada vez que teníamos que cambiar el canal con el agotamiento que eso conlleva? Ni un día podría enfrentar yo, hoy por hoy, sin la asistencia de este adminículo maravilloso. Como primera ventaja nos permite domesticar a la pantalla boba, es como la silla para el domador de circo. "El televisor invade nuestra privacidad ?ha bramado algún apocalíptico estudioso de los medios masivos?. Se mete en nuestras casas". Mentiras. Burdas mentiras propias de pusilánimes. El televisor no se mete en nuestras casas como un bicho de la luz, un saltamontes o una vulgar cucaracha que aparece por la rejilla del baño. Al televisor lo vamos a buscar nosotros a un negocio de electrodomésticos, lo elegimos, peleamos el precio con el comerciante y luego, por si fuera poco, lo pagamos. Y si, tiempo atrás, la ausencia de control remoto, unida a una natural indolencia, forzaba a nuestros hijos a estupidizarse largamente frente a las aventuras de He-man, ahora, con la magia del cambiador a baterías, ellos ya pueden saltar a otros canales donde les enseñen la crítica superviencia de los lemúridos de Madagascar o el rescate de momias desagradables en el desierto de Abisinia. Pero el poder formidable que nos concede el control remoto del televisor no es ese, mi estimado amigo. Por supuesto que no. Pongámonos en escena, si no le es molestia. Ocurre, entonces, que yo estoy despatarrado en el sofá de mi casa, tomando un vaso de cerveza o comiendo un yogur frutado. Da lo mismo. Y aparece en pantalla, por ejemplo, el mismísimo presidente Bush, usted lo conoce. El mismo, el hijo del padre, el texano que habla recio y escupe lejos, el que tiene los dos ojitos pegados a ambos lados de la nariz, frontales, como todos los grandes depredadores. Y Bush habla para el mundo entero desde su condición de líder absoluto de la potencia más poderosa de la Tierra. Y nos advierte que está muy tentado de meter mano en ciertas regiones del globo donde la gente no se está comportando muy bien y que prestemos atención porque va a decirnos algo fundamental y que no piensa repetirlo más de dos veces. Y entonces yo, el oscuro, el hijo de la América morena, el subdesarrollado, el que bebe cerveza indolentemente en el sofá de su casa, el que nunca llegará a yuppie ni aparecerá en la tapa de la revista Forbes entre los mayores millonarios del mundo, sin levantarme, sin agitarme, con un solo movimiento de mi mano derecha, digo, anuncio, proclamo: "¡Basta ya, muñeco! ¡Me importa un carajo todo lo que puedas decirme! ¡Mirá lo que hago contigo, pequeño!". Y lo saco, lo echo, lo quito, lo vuelo de la pantalla. Lo elimino, lo borro, lo atomizo, lo hago desaparecer. Yo. A George W. Bush, presidente de los Estados Unidos de América. Y pongo al Chavo del 8. O a Los Simpsons. O a Utilísima, un programa argentino que nos enseña a pintar una maceta con flores o preparar una tarta de acelgas. O, mejor que mejor, pongo el partido por el torneo del ascenso entre Talleres de Remedios de Escalada y Defensores de Combaseres. Y me siento, gracias al pequeño y negro control remoto, tan enorme, invulnerable y poderoso como He-man, el estentóreo consumidor de anabólicos.

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