Es 29 de julio de 2001, el día en el que Colombia jugará contra México la final de la Copa América. En dos aviones Cessna, siete paracaidistas y yo estamos listos para saltar y caer antes del partido en el campo de El Campín como espectáculo previo a la gran final. La hora cero del salto será las 4:35 p.m. Saltan cuatro paracaidistas del primer avión. Tres minutos más tarde saltamos los otros cuatro. Empiezan los pies de altura a decrecer a una velocidad de 90 kilómetros por hora en caída libre. Tres mil pies: veo una gente al lado del campo. "Deben ser los últimos actos protocolarios antes de iniciar", pienso. Dos mil pies: abro mi paracaídas y veo unos jugadores aglomerados en el arco sur. "Practicando", creo yo. Mil pies: ¡Salen 20 locos detrás de un balón y llenan todo el campo! "¿Qué hago? ¿Dónde aterrizo? ¿En la 30?" Postes, cables, techos, carros es lo único que veo. La hora cero se adelantó cinco minutos, pues el partido empezó cinco minutos antes y de cero se convirtió en -5.
No quiero entrar al centro, pues si le pego a alguien con esa velocidad lo mato. Hago un último viraje a la izquierda para aterrizar en la pista de atletismo. Con la altura de Bogota, mi paracaídas no aguanta el ángulo de banqueo y entro en pérdida de sustento hasta el impacto. Mis compañeros se la han jugado. Caen al tiempo, pero en el campo, esquivando a los jugadores. La vida no se pasa en cámara lenta como suelen decir. No pienso en esos días cuando saltaba de armarios usando una sombrilla como paracaídas o intentaba elevarme en una cometa gigante forrada con sábanas y remolcada por una bicicleta, ni en los 25 años que llevo saltando en paracaídas y volando en cometa, las 3.000 horas de trapero y viruta en la Fuerza Aérea como recluta, las 6.000 horas de bandejas como sobrecargo de Eastern, ni en las 9.000 horas de vuelo como piloto. Solo me pongo en cuclillas y grito: "¡Ooooojo!".
Entro de pies, desgonzado, me golpeo el hombro, reboto en el pasto de atrás de la línea de córner y caigo volteado 180 grados contra los fotógrafos y las vallas del fair play. Ha sido una caída como de siete pisos de altura que ha podido matarme. Todo me traqueó y pensé que me había roto hasta el último hueso. Rompí el equipo de dos fotógrafos, varias de sus costillas y mi hombro. Por tres meses me dolieron hasta las pestañas. Por eso renuncio a los estadios y a las caídas en público. Soy Nández, el mismo que vieron caer desde el cielo como un Ícaro del fútbol en aquella final del 2001.

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