Magola, Mi esposa, sabía desde cuando éramos novios que mi gran anhelo era jugar en un club del exterior. Así es como se puede conseguir una diferencia económica importante y construir un futuro sólido para la familia. Y cuando un empresario colombiano, cuyo nombre prefiero olvidar porque es un hijo de puta, me informó sobre la oferta para jugar en Arabia Saudita, acepté sin dudar. El Nantes de Francia también me quería, pero los petrodólares me tentaron a vivir una experiencia nueva. Los dirigentes del América estaban desesperados por venderme, ya que necesitaban dinero para pagar deudas.
Viajé solo a Jedah, una ciudad lujosa, y en el aeropuerto me esperaba el mánager del equipo Al Ittihad, que me hablaba todo en inglés y yo, sin entender nada, sonreía para no quedarle mal. Me llevó a un condominio privado que por fuera se parecía a la seguridad de un batallón en Colombia. Cuando se cerró la puerta, prendí el televisor y escuché el idioma árabe, la cabeza comenzó a darme vueltas.
El principal motivo de mi fracaso fue la actitud del presidente del club, que al ser un caprichoso supermillonario (tiene más de 40 empresas en Asia) está acostumbrado a comprar lo que le gusta, aunque no lo necesite, simplemente por vanidad. Y él se empecinó en contratarme a pesar de que el entrenador del equipo, el roata Tomislav Ivic, ni me conocía. De eso me enteré mucho después. Al principio, Ivic, que dirigió al Atlético de Madrid, al Ajax y a varios equipos europeos, me trataba bien. Me dijo que no iba a jugar en la Copa de Campeones de Asia porque quería reservarme para la liga local. Yo le creí, pero pasaron los meses y el hombre no me ponía. Primero ofreció el dulce y después me dio la espalda. Al tiempo, descubrí cuál era su negocio: él llevaba jugadores con la condición de que le dieran un porcentaje del contrato y conmigo no había arreglo posible.
Estuve cinco meses parado hasta que, por suerte, cambiaron al entrenador y el nuevo me puso como titular en algunos partidos. Ahí me di cuenta de lo difícil que es jugar en Arabia. Los árabes son violentos y malintencionados. Además, cuentan con la complicidad de árbitros mediocres, casi perversos. Los defensores te tiran a matar y nada de amarilla, hay permiso para cualquier cosa. Cuando no aguantaba más les echaba la madre en español, aunque fuera para descargarme.
Con mis compañeros la relación era nula. En los partidos tenía que gritar todo el tiempo para que me pasaran el balón, para que supieran que estaba ahí. Esas cosas te deprimen. Mi cuerpo actuaba automáticamente, porque mi alma andaba en otro lado.
Los dirigentes me incumplieron en muchos aspectos. Se demoraron cuatro meses para hacer viajar a mi esposa y mis dos hijos, Sergio y Jair. Me prometieron un dinero que nunca pagaron y el colmo de la mentira fue el tema del carro. Antes de firmar contrato, el presidente me preguntó cuántos carros quería. Yo me sorprendí y le dije que con uno cero kilómetros de buena marca me conformaba. Él me dijo: "No, te vamos a entregar cuatro carros para que te sientas bien en Arabia". Sí, cuatro carros. Ingenuo, yo confié en su palabra y no lo hice agregar como cláusula en el contrato. Al final, se demoraron tres meses para darme uno de segunda y todo rayado.
Después de un año y ocho meses en los que solo jugué 25 partidos, un día, al regresar de una convocatoria a la Selección de Colombia, me habían sacado el carro del parqueadero. Ahí no aguanté más y me fui. Ahora, el caso está en manos de la FIFA, porque me quedaron debiendo cinco meses y algunos premios. La experiencia fue horrible, pero yo creo mucho en Dios y sé que él me va a explicar algún día por qué sufrí tanto. Mi consejo a los colegas que tengan la posibilidad de emigrar es que arreglen todos los detalles antes de viajar y por escrito. Así, cuando les vengan las ganas de llorar por estar lejos de su tierra, miran la cuenta bancaria y se consuelan un poco.

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