Los hinchas del Manchester me gritaban: "¡Duscher, animal!". Los periodistas ingleses decían que yo había lesionado a Beckham a pedido de Marcelo Bielsa para que no jugara el partido del Mundial contra Argentina. Hasta Tony Blair hizo una declaración en mi contra por la televisión. ¡Y semejante escándalo por una jugada en la que el árbitro de ese partido -el alemán Markus Merk- ni siquiera me sacó tarjeta amarilla!
Iban veinte minutos de un partido definitorio por los cuartos de final de la Champions League entre Manchester United-Deportivo La Coruña en Old Trafford. Fuimos a disputar una pelota con Beckham. Yo estaba seguro de que llegaba primero que él y me tiré con los dos pies hacia delante. Me la jugué. Reconozco que fui con demasiadas ganas, pero nunca pensé en lastimarlo. Los que me conocen saben que soy un jugador con temperamento fuerte, que me gusta el roce físico, pero no soy, como decimos los argentinos, "mala leche". Lamentablemente le toqué el pie izquierdo y David cayó desplomado al piso.
El árbitro paró el juego y a él se lo llevaron en camilla.
El resto del partido para mí fue un sufrimiento. Los hinchas ingleses me puteaban de lo lindo y el árbitro, me parece que con el cargo de conciencia por la situación, me amonestó enseguida y en el segundo tiempo me echó. Fueron dos jugadas insignificantes, pero el alemán estaba muy presionado por la lesión de Beckham.
Lo curioso fue que en su lugar ingresó el noruego Solkjaer y él fue fundamental porque hizo dos goles. Al final perdimos 3 a 2 y nos eliminaron. Pero lo peor fue cuando, en los vestuarios, me confirmaron que Beckham estaba fracturado y yo declaré que no tenía que pedirle disculpas a nadie porque no había sido una falta intencional. Ahí me equivoqué feo. En un segundo pasé a ocupar el podio de los argentinos más odiados por los ingleses junto a Maradona, el "Cholo" Simeone, que en el 98 hizo expulsar al mismo Beckham y a Ubaldo Rattín cuando se sentó sobre la alfombra roja de la Reina en 1966.
En ese momento todos pensaban que Beckham quedaba afuera del Mundial porque solo faltaban cincuenta días y la lesión parecía grave.
Cuando volví a España, después del partido, algunos periodistas ingleses me siguieron hasta mi casa para entrevistarme. Estuvieron cuatro o cinco días en la puerta de mi casa haciéndome guardia.
Incluso a una radio de Manchester se le ocurrió, a modo de venganza, mencionar al aire el número de celular de un amigo argentino que vivía conmigo en Galicia. ¡Para qué! Los fanáticos de Beckham llamaban a toda hora para insultarme y amenazarme. La locura de la prensa llegó al extremo de iniciar una investigación para averiguar si mi abuelo, que era ciudadano austriaco, había pertenecido al partido nazi durante la Segunda Guerra Mundial.
Eso fue el colmo porque él, que vivía en Argentina y estaba muy enfermo, justo vio la noticia por un noticiero deportivo y eso lo deprimió mucho, porque él muy chico se escapó de Austria y nunca tuvo simpatía por Hitler.
Cuando pasó una semana, recapacité y llamé a Beckham para disculparme. Ahí me di cuenta de que una cosa son los fanáticos y otra, muy distinta, los ídolos. Me atendió con amabilidad y me dijo que no me hiciera problemas porque él sabía que había sido un hecho fortuito y desgraciado. Con su respuesta me demostró que es un verdadero caballero. Después me tocó enfrentar a David varias veces en la liga española y nunca tuvimos problemas.
A principios de este año recibí una oferta de un poderoso club de Europa. El pase no se realizó en ese entonces por algunas diferencias económicas entre mi club, El deportivo La Coruña y... el Manchester United de Inglaterra. Son las vueltas de la vida.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.