Después de ver por televisión al Once Caldas levantando la Copa en 2004 , me terminé de convencer de una cosa tan dolorosa como cierta: la Libertadores no era para mí. En ese momento me dije: ¿cómo es que ellos pudieron con un equipo modesto mientras que yo, con equipos repletos de figuras y todo el apoyo económico detrás, no? Porque el América de los 80 con Falcioni, Willington Ortiz, el paraguayo Cabañas y Gareca era un mini dream team. Sin embargo, perdimos las cuatro finales que disputamos.
La más terrible de todas fue la de 1987 contra Peñarol. Faltaban quince segundos y ganábamos uno a cero. ¡Quince segundos! Tú aguantas la pelota, finges una lesión y listo, se acabó el partido. Pero no, apareció ese Aguirre (no me olvido más de su nombre) y la perdimos. Fue algo inaudito. Yo nunca vi a los argentinos o a los brasileños perder de esa forma. Nos faltó astucia. Fue un golpe muy duro en lo personal y aunque después jugué dos finales más, íntimamente me resigné a que nunca iba a ser campeón de América.
Nosotros veníamos de frustración en frustración ya que en 1985 nos ganó la final Argentinos Juniors, que fue el rival que más admiré por su prolijidad para tratar el balón y su orden táctico. Definimos en un tercer partido jugado en Paraguay y lamentablemente me tocó errar el penal decisivo. Aún hoy la gente por la calle me recuerda ese episodio, pero lo hace sin burlas y con respeto. Lo que más me acuerdo de ese día es el ambiente de tumba que había en el camerino. Nadie hablaba, había una gran ilusión y todo se desvaneció en segundos. Ese silencio se podía oír.
Las dos definiciones con River las perdimos con claridad, sobre todo la del 86 contra ese equipo tremendo de Alzamendi, Funes, Alonso, Gallego y Ruggeri.
Diez años después, estuvimos más cerca pero no pudimos mantener en Buenos Aires la victoria que conseguimos de locales con un gol mío.
La final que menos me dolió perder fue la última, con el Barcelona de Ecuador en 1998. Ya no era lo mismo. Llegamos a la final con mucho esfuerzo y algo de suerte. Para todos fue como un pequeño milagro y ya estábamos conformes. Además, el Vasco da Gama de Edmundo era totalmente superior a nosotros y no nos dio chance a nada. Igualmente quedamos en la historia del fútbol ecuatoriano.
A pesar de tantas derrotas, con mis compañeros de plantel logramos hacer una buena amistad, sobre todo con Ricardo Gareca. Me lo encontré hace algunos meses en Santa Marta y recordamos detalles de las finales. Con el tiempo las cosas se ven de otra manera, sin dramatismo. Además hay que destacar que llegar a la final tantas veces es también motivo de orgullo. Quiere decir que tan malos no éramos.
El dinero que nos prometían por ganar la copa era mucho, muchísimo. Al premio establecido por la Confederación Sudamericana había que sumarle lo que arreglábamos con el presidente del América. Y no quiero ni pensar en los "regalos" que nos esperaban si levantábamos la copa, porque en esa época era algo normal. Cuando yo convertía un gol importante, decisivo en finales o en los clásicos contra el Cali, siempre al lunes siguiente tenía un carro nuevo en la puerta de mi casa. Así acumulé seis en mi etapa con el América. Siendo campeón de la Libertadores te podían ofrecer cualquier cosa.
Cuando llegaba diciembre y se transmitían las finales Intercontinentales en Japón, para mí era una tortura porque siempre tuve el deseo de enfrentarme contra los mejores de Europa. Ganar la Libertadores era el boleto para jugar en ese estadio imponente de Tokio contra el Milán de Gullit y Van Basten o la Juventus de Platini y Michael Laudrup. Era un juego mental que nunca pude concretar.
En ningún momento pensé que tantas frustraciones eran consecuencia de un castigo divino. No puedo echarle la culpa a Dios por lo que me pasó, ya que él no puede decidir por mí. Gané ocho campeonatos colombianos en mi carrera deportiva y para mí eso es lo que vale, lo que está escrito en la historia. Lo otro, las cinco finales que perdí son cosas que no me pertenecen, o sea, no existen.

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