En el 89, Un mes antes de ese partido Santa Fe-Pereira en el que validaría un gol fantasma, me partí la base ocular, el pómulo y el tabique nasal. Me operaron, y en la convalececia recibí la citación de la comisión arbitral, pues era el mejor árbitro de Norte de Santander. Acepté. Era la oportunidad para triunfar en el referato de la primera división de Colombia. Quería ser juez de línea, pues mis amigos me advertían que aún estaba enfermo para pitar. En Bogotá, la altura y el frío me causaron una sinusitis aguda y se me inflamó la cara. Me inyecté un remedio y me fui para el estadio. En esa época se sorteaba al árbitro y los líneas en el vestuario. Metí la mano y me salió la balota número 1. Pensé: "Si mi Dios me dio esta oportunidad, voy a hacerlo". Fue un error, él me estaba diciendo: "No dirija".
Freddy Rincón envió un pelotazo hacia arriba desde mitad de cancha. Corrí intentando seguir el balón pero sentí la garganta reseca y me quedé parado cerca de él. La pelota llegó al área del Pereira, hubo unos rebotes y la recibió Héctor 'Rambo' Sosa. Esquivó al arquero y desde una posición muy sesgada remató al arco. Desde el centro de la cancha vi la línea de gol unida con la línea de 5, 50 y pensé que el balón había entrado. Tuve una ilusión óptica. Para mí, el defensor Herbert González la había sacado de adentro por lo menos 20 ó 30 centímetros. Cuando doy el gol, la reacción espontánea de los jugadores del Pereira me hizo dudar. Consulté con el línea, Néstor Macareo, y me dijo que no había sido gol, pero yo estaba convencido de lo que había visto. Los jugadores del Pereira, unos verdaderos caballeros, me decían con mucha educación: "No se perjudique, no termine su carrera acá mismo, vaya y consulte con el otro línea". Les hice caso y fui a hablar con John Jairo Toro, que era un árbitro internacional con mucha experiencia. Lo único que me dijo fue: "Hombre, yo no me di cuenta de nada, usted es el árbitro central y es el que toma la decisión". Me cerré a la banda de no creer lo que había visto el línea, o sea que fui el culpable directo de validar un gol inexistente.
Los hinchas del Pereira gritaban "no, no, no, no" y no entendía mucho porque estaba obnubilado. Por suerte con el correr de los minutos logré recuperarme físicamente y el resto del partido lo saqué sin problemas. La única falla fue esa. En ningún momento del juego pensé que me había equivocado. Llegué al camerino y no hubo ni un solo comentario de los líneas. Todo el mundo quieto, como si no hubiese pasado nada.
Por la noche, mientras comía en un restaurante del Norte, pasaron la jugada por la televisión y cuando vi que la pelota no estuvo ni cerca de entrar, me eche a llorar. Ahí comenzó mi calvario. Duré varios meses metido en mi casa pensando en el error. Fui al psicólogo pues era incapaz de salir a la calle. Temía que la gente me viera y no quería ver fútbol, arbitrajes, ni nada. Ese error terminó con mi carrera. Amaba el arbitraje. Por eso sentí lo que siente un padre cuando se le muere un hijo: un dolor inmortal. Esa jugada la recuerdo todos los días de mi vida. Intento no pararle bolas al tema, pero el dolor sigue ahí, inalterable.

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