La primera vez que lo vi estábamos en el corredor del Departamento de Literatura de la universidad. Se dirigió a mí sin preámbulos, sin antesalas de ninguna clase:

–¿Es usted Mario Mendoza? –me preguntó con la voz fuerte, seca, mirándome de frente.

–Sí –contesté mientras le echaba una ojeada a ese sujeto que había visto por ahí, tomando una que otra clase conmigo.

Detallé su extraño comportamiento: un tipo excesivamente seguro de sí pero tímido, nervioso, como si el corredor oscuro y sin ventanas, y los demás estudiantes que conversaban y reían a nuestro lado, lo pusieran alerta, a la defensiva, a punto de escapar. Me di cuenta enseguida de que estaba hablando con un marginal, con un hombre de esos que se quedan lejos de los otros, en la periferia de una sociedad, más allá de los límites que nos rodean. Sin embargo, no era para preocuparse ni para darle tanta importancia al asunto, pues tipos así abundaban en las carreras de Filosofía y Letras, los veía uno por todas partes, en la cafetería, en la biblioteca, entrando a clase con sus miradas perdidas y sus ojeras que delataban muchas noches de insomnio. Yo mismo era considerado, por otros compañeros, un estudiante que se quedaba al margen del grupo general.

–Creo que usted tiene una bibliografía que me puede interesar. Estoy escribiendo sobre el tema de los dobles –me dijo esta vez en un tono más amigable, intentando quizás un acercamiento cordial y respetuoso.

–¿Sobre quién está escribiendo? –le pregunté con una voz que estaba justo a medio camino entre la arrogancia y la confianza literaria en mí mismo.

–Sobre Stevenson, Doctor Jekyll y Mister Hyde

–dijo él tranquilo, sin ofenderse por mi altivez juvenil.

Me gustó su manera de responderme directamente y sin eludir la cuestión principal: quién. En la carrera de Literatura uno va creando una lista de autores de primera línea, la titular, los que son de verdad, y otra lista de autores de menor importancia o de autores para aficionados, algo así como la banca, los que no entran a la cancha desde el primer minuto. Si un compañero de clase va a escribir una monografía sobre uno de estos fulanos de segunda, uno de inmediato detecta en él algo poco serio, un lector fácil que de pronto viene de una carrera que no es precisamente la de Literatura, o alguien despistado que no tiene muy claras las prioridades (luego, con los años, esa clasificación se irá haciendo cada vez más difusa y compleja). La respuesta de Campo Elías era una manera de decir “tranquilo, yo soy de los suyos”. Sonreí.

Ese mismo día nos tomamos una cerveza e intercambiamos opiniones sobre los cuentos de Edgar Poe, el mago de los desdoblamientos, el maestro de los personajes que terminan perseguidos y avasallados por presencias interiores que ellos no conocen ni dominan. Le conté a Campo Elías que sobre uno de esos cuentos, Ligeia, era el comienzo de mi tesis de grado. Él me dijo mientras dejaba caer la botella de cerveza sobre la mesa:

–Lo magnífico de Ligeia es que no es una mujer, sino un andrógino, una especie de deidad bifronte y mutante.
La frase me impactó por lo certera. Lo inquietante del personaje de Poe es que en efecto no nos da la sensación de estar frente a una mujer, sino frente a un ser ambiguo, de doble faz, justo en la frontera entre lo masculino y lo femenino. La apreciación era de una lucidez incuestionable.

Pedimos otras dos cervezas y noté que Campo Elías miraba permanentemente hacia la puerta del local donde estábamos conversando, al acecho, como si temiera que alguien pudiera entrar para amenazarlo o agredirlo. Le pregunté cuál era el relato de Poe que más le agradaba. Me contestó sin pensarlo, automáticamente: William Wilson.

–Claro –le dije–, la historia del hombre que se encuentra con su doble cara a cara. La relación con el texto de Stevenson salta a la vista.

Esa tarde fue para mí un momento agradable, plácido, pues no es fácil hallar un compañero de clases que comparta con uno los gustos y las inclinaciones literarias. Aunque Campo Elías me doblaba la edad y no tenía el aspecto ya de una persona joven y descomplicada, era un hombre irreverente, poco dado a los tonos cursis y melodramáticos que tanto abundaban en aquellos compañeros de clase que se creían todos artistas y poetas incomprendidos. Me gustaba su actitud fuerte y sólida, sin poses melifluas y pseudotrascendentales. Nos despedimos con un apretón de manos y prometí llevarle al día siguiente la bibliografía que necesitaba.

De regreso a la pensión donde yo vivía por aquel entonces, me fui pensando en que un trabajo monográfico sobre Stevenson era una idea magnífica, pues me gustaba la prosa exquisita de este autor y su final solitario y aislado en las Islas de los Navegantes, en los Mares del Sur, donde los indígenas solían llamarlo Tusitala, que significa “el hombre que sabe contar historias”.
Nuestra segunda entrevista fue breve y fugaz. Nos encontramos frente a la biblioteca de la universidad y le entregué dos libros y dos artículos que podían interesarle. Campo Elías se mostró agradecido. Me dijo que sacaría fotocopias de todo y que me dejaría los originales con la secretaria del Departamento de Literatura. Le advertí que se tomara su tiempo, que no había afán. Nos despedimos porque ambos teníamos clases y ya íbamos retrasados.

Tres semanas más tarde me regresó el material y me invitó a tomar una cerveza. Otra vez el tema de los dobles, de Borges, de Cortázar, de Fuentes (ese era el otro autor de mi tesis) nos envolvió hasta devorar nuestra conversación por completo. Hablamos de Freud y de sus teorías sobre el inconsciente, de las esculturas de San Agustín, de si la identidad era algo fijo, monolítico, o si más bien se trataba de una mezcla de fuerzas extrañas y misteriosas que desconocíamos por completo. Campo Elías habló esa tarde en un tono más íntimo, acentuando sus opiniones, argumentando de una manera febril y apasionada. Citó a Lovecraft y a Bradbury, a Horacio Quiroga y a Felisberto Hernández. Lo noté melancólico, resentido contra todo el mundo, acorralado en su propio cerebro. Me dije aquella tarde que él representaba esa inteligencia desadaptada que decide irse al ataque, que se niega a entrar en el juego, que busca distancia con respecto a una sociedad que desprecia y aborrece. Ese tipo de inteligencia es un suplicio para quien la posee.

A los pocos días le entregué otros artículos en inglés (él leía a la perfección en este idioma) y quedamos de encontrarnos el viernes de esa semana, después de clases. El jueves en la mañana me llamó a la pensión (nunca supe cómo se había conseguido mi número) y me dijo que me esperaba esa misma tarde en una cafetería frente a la universidad. Le confirmé la cita y colgó.
Campo Elías llegó apesadumbrado, se lavó las manos en el baño del establecimiento (una manía que repetía antes y después de beber o de comer algo), me saludó y se sentó de frente a la puerta de entrada, como era su costumbre. En esta ocasión sus palabras fueron tristes, impregnadas de una cierta depresión que parecía estar agobiándolo. Tenía la mirada huidiza y los ojos inyectados en sangre. Hablamos sobre la biografía de Stevenson, sus enfermedades, su viaje a los Mares del Sur, el epitafio que escribieron los indígenas para él: Esta es la tumba de Tusitala. Antes de despedirnos me regresó los artículos que le había prestado y me dijo con amargura, sin rabia:

–Un día tendremos que largarnos bien lejos y dejar atrás toda esta mierda.

Me gustó el plural de la frase. La última entrevista fue un encuentro casual en el Parque Nacional. Yo llevaba en la mochila un libro sobre los trances de las brujas en los aquelarres medievales y una serie de artículos sobre casos famosos de doble personalidad. Se los presté para fotocopiarlos (nunca los recuperaría), y, caminando juntos hacia la universidad, afirmó él con camaradería, como si fuéramos viejos amigos:

–¿Sabe una cosa, Mario? No vale la pena escribir en una sociedad como ésta que todo lo desprecia. Es mejor actuar.

A los pocos días lo vi en los titulares de prensa y televisión, y esa última frase me daría vueltas en la cabeza, una y otra vez, a lo largo de quince años de trabajo literario ininterrumpido y lleno de dudas.

El asesino de Pozzetto

El 4 de diciembre de 1986, Campo Elías Delgado Morales, 52 años, ojos pardos, cabellos castaños, 1.76 m. de estatura, dejó para siempre el anonimato y se convirtió en Campo Elías, el asesino de Pozzetto. El episodio que valdría oscura celebridad había comenzado un día antes, cuando el ex combatiente de Vietnam retiró $49.896 pesos de su cuenta en el Banco de Bogotá. Dinero en mano se compró 500 balas para un revólver calibre 32 y dio comienzo al primer capítulo de una historia que no olvidan los colombianos. Se presentó en el apartamento de Nora Becerra de Rincón, al norte de Bogotá. La ató a una silla y la asesinó a puñaladas. A Claudia, su hija, la destazó con otros 22 lances de cuchillo. Salió de allí con rumbo al apartamento de su madre, Rita de Delgado. Le dio un tiro, la envolvió en papeles, la roció con gasolina y la incineró. Muy tranquilo, bajó las escaleras y timbró en el 301, donde le abrieron dos estudiantes, Inés Gordi y Nelsy Cortés, a quienes no dudó en dispararles en la cabeza. Del 302, asustada por los tiros, salió la profesora Gloria Agudelo. Le disparó. Era su sexta víctima. En el 101 mató a otras dos estudiantes y dejó a una tercera herida de muerte.

A las 7:15 pm llegó a su restaurante favorito, Pozzetto, en la carrera 7a con 62, pidió vino y espaguetis con boloñesa. Terminó de comer y comenzó a pedir vodka con jugo de naranja. A las 9:15 pm los vecinos escucharon el primer disparo. Fingiendo un atraco, Campo Elías se ocupó de pedir dinero a los comensales y, acto seguido, asesinarlos uno por uno. La policía, que ya había llegado al restaurante, le disparó, sin que esté hoy del todo claro si el asesino murió víctima de las balas de los agentes o por mano propia, después de haber acabado con la vida de veinte personas.

SATANÁS EN BREVE

Satanás, primer premio Biblioteca Breve para un colombiano, va por su tercera edición en Colombia con más de 15 mil ejemplares impresos, y el récord de ventas en la pasada Feria Internacional del Libro de Bogotá. Cuenta ya con dos ediciones en España, circula en toda Latinoamérica (derechos vendidos a la editorial italiana Einaudi) y opción para versión en cine y televisión con la productora Alquimia Cinema.

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