Hay muchas formas de comunicarse con los muertos. Uno puede visitarlos en el cementerio, rezar por ellos o tenerlos presente en sus recuerdos. Pero, por lo visto, los muertos tienen muy pocas formas de comunicarse con nosotros. Considerando la elección de sus interlocutores, más bien se diría que han venido teniendo problemas hace tiempo. Pongamos el caso de John Edward, el médium del momento, un profesor de danzas que convirtió la cosa en un talk show visto en todo el planeta: Cruzando el más allá (en Latinoamérica lo transmite People & Arts). Hijo de un policía y una maestra italiana, Edward, más que de bailarín, tiene cara de analista de sistemas abombado por los virus. Sin embargo, es cuestión de verlo en acción. Edward posee mejores reflejos que colegas como James Van Praagh, Sylvia Browne y el legendario Uri Geller, quien durante años dobló cucharas con el poder de la mente hasta que la gente entendió que era más útil conservarlas derechas.

En el 2001, Gary Schwartz, un profesor de la Universidad de Yale, estudió a cientos de médiums modernos, y llegó a la conclusión de que no solo el bailarín estaba entre los cinco psíquicos "mejor capacitados" del mundo, además era el único que sabía bailar en puntas de pies El lago de los cisnes. Años más tarde, sin embargo, otros estudiosos concluyeron que Schwartz estaba entre los "menos capacitados" para realizar un sondeo sobre el asunto y sus hallazgos fueron descartados.

Pero no vamos a ponernos cínicos con Edward: es el médium del que todo el mundo habla. Él asegura que puede comunicarse con las víctimas del atentado del 11 de septiembre y hasta con John F. Kennedy. Aunque para JFK lo mejor hubiese sido que lo comunicaran antes de los disparos.

En junio de 1998, Larry King lo entrevistó en CNN y allí el médium contó su anécdota favorita: cómo a los quince años su mamá lo llevó a visitar a una vidente en Nueva Jersey. Ella quería saber cómo hacía su hijo para hablar con la abuela, cuando la abuela llevaba años bajo tierra. La vidente, lejos de desalentarlo, le dijo al niño que lo suyo era enseñar estas cosas -y luego hacerse millonario.

En persona, Edward tiene pinta de mago atacado por la timidez. El pelo abierto al medio como un techo a dos aguas, los mocasines resplandecientes como luna en cuarto menguante. Cuando no hay preguntas a la vista, se queda con la cabeza gacha quitándose la pelusa del saco, una marioneta sin hilos, sin amo. Pero cuando abre la boca, el hombre vuela. Tantos espíritus aguardando por comunicarse a través de una sola garganta, hay que hacerlo rápido y dejar pasar al otro. Así funcionan las cosas en el más allá.

—Si hace memoria, ¿cuál fue su primera experiencia psíquica?

—Recuerdo que yo era pequeño, y veía y sentía a mi abuela materna como si estuviera junto a mí. Curiosamente, mi abuela había muerto años antes de que yo naciera. Así que sabía muy poco de ella. Más allá de eso, tuve una infancia normal. Para serte honesto, un poco aburrida. No hablaba de este tema con mis amigos, sobre todo porque yo mismo estaba aprendiendo de qué se trataba.

Fue tal la repercusión de Edward en el programa de Larry King, que volvieron a invitarlo una vez más. Imaginen las expectativas del conductor: King cree en estos asuntos, y debe haber visto un futuro con altos ratings cuando se le abrió la posibilidad de entrevistar a Lennon, Gandhi y Jesucristo en una misma emisión. Aunque, llevándose una mano al corazón, ¿creerá Edward que puede comunicarse con quien quiera? ¿Los muertos estarán expuestos en escaparates y uno simplemente elegirá el que más le gusta tirándolo del fémur?.

—Diga con sinceridad, ¿puede comunicarse con cualquier espíritu? ¿Es tan sencillo?

—Bueno, no todos se presentan, hay ciertos parámetros. De todos modos, no me gusta poner límites en conceptos donde no corresponden. Decir que esto puede darse con cualquier espíritu y todo el tiempo sería una falacia. Es un viaje individual tanto en este lado como después de la muerte.

Pero, vamos, qué importan los límites, cuando un ejecutivo de la cadena Sci Fi Cable Network, que vio el programa de King, y aun cuando de las 125 afirmaciones, Edward únicamente acertó la mitad, te propone ser anfitrión de tu propio show. Al fin de cuentas, en la era de la tecnología, todo puede arreglarse. Si no, pregúntenle a Cher.

Para una cadena de televisión, tener a un conductor conversando con los muertos no solo era atractivo, además, se ahorraba mucho dinero en gastos de taxi. Hoy, el programa de Edward superó los 400 episodios al aire (en los Estados Unidos, alcanzó los 440 mil hogares). Llegó un momento en que los espectadores debían esperar dos años para poder participar del panel. A esa altura, tal vez ya estaban muertos y accedían al estudio por la vía, digamos, gaseosa.

En la cumbre de su carrera, Edward tuvo su propio especial en la cadena HBO y hasta una parodia en Saturday Night Live. Hoy, no le teme a nada. Bueno, esto es lo que él dice. Escúchelo.

—Digamos que le creo. Ahora bien, ¿puede convocar a los muertos desde cualquier lugar?

—Si fuera por mí, yo puedo establecer contacto con los espíritus en el medio de Times Square en hora pico y en pleno día. El lugar no tiene importancia para mí.

Bueno, lo curioso no sería que lo haga en Times Square. Lo curioso sería que no lo atropellen y Edward, además de muerto, termine sin trabajo. No debe haber nada más inútil que un médium en el más allá.

Vamos a ser francos en esto: Edward en acción provoca sorpresa, es cierto. Pero en un gremio donde históricamente todos sus pioneros fueron unos estafadores, tampoco es una cuestión compleja de lograr. Basta con hacer un poco de memoria -si usted lleva un siglo de muerto y lee esto, tal vez se le haga más fácil recordar-. En 1848, las hermanas Maggie y Katie Fox mantenían conversaciones con el espíritu de un vendedor ambulante asesinado en el sótano de su hogar. Los visitantes de la casa familiar en Hydesville, Estados Unidos, se asombraban al escuchar los pasos del fantasma mientras se acercaba a dialogar con las hermanas y luego seguían sus pisadas al tiempo que salía por la puerta -los espíritus podrán ser muy etéreos y abstractos pero aún les gusta vestir con unos buenos mocasines-. Tuvieron tanto éxito las Fox que salieron de gira por todo el país, incluyendo un número de levitaciones de mesas y objetos voladores. No había más que decir: a ellas, desde entonces, se las consideró las pioneras del movimiento espiritista. En 1888, sin embargo, alcohólica y en bancarrota, Maggie Fox, confesó que los ruidos de los pasos los hacían ellas mismas con los pies y que lo más parecido a un fantasma que habían visto era el juego de sábanas de sus padres. Edward se encoge de hombros y busca poner distancias de sus primeros colegas.

—Antes los médiums celebraban sus sesiones a media luz o en la oscuridad total. Hoy, usted lo hace en un estudio de televisión lleno de luces. ¿Cambiaron las técnicas de los espiritistas?

—Creo que la sociedad cambió sus expectativas relacionadas con los médiums. Muchos en el pasado deben haber sido charlatanes y embusteros, por eso necesitaban el humo y los espejos para desplegar sus trucos, algo que les hizo mucho mal a los psíquicos.

En el pasado no se salvaba nadie de las estafas. Años después de las Fox, surgieron otros hermanos médiums: los Davenport, quienes ofrecían shows de una banda integrada por espíritus. El grupo no era gran cosa aunque hay que tener temple para tocar el clarinete luego de ser arrollado por un autobús.

En las presentaciones, un asistente ataba de pies y manos a los Davenport en un gabinete especial. Minutos más tarde, la b anda en penumbras se ponía a tocar. Una vez, un imprentero local se encargó de atar a los Davenport y roció un violín con tinta negra pensando: "A un fantasma no va a molestarle que se le manche un poco la camisa". Al cierre del show, uno de los Davenport tenía el saco con tinta negra. Fue el fin de los hermanos, una mancha en su carrera era suficiente.

Tal vez los Davenport no eran estafadores. Tal vez, lo que ellos tenían eran problemas satelitales. Edward reflexionó durante años en torno al asunto de si cualquier pelagatos podía tener un diálogo más o menos serio con un espíritu.

—¿Y a qué conclusión llegó?

—Yo solía creer que cualquiera tenía habilidades de médium pero, en el último año, cambié de opinión. Justamente discutimos sobre esto con una colega y amiga, Suzane Northrop. Yo le decía que nosotros podíamos enseñar lo que hacemos. Ella sostenía, en cambio, que uno puede nacer con este poder o no. Hoy, estoy de acuerdo con ella. Creo que todos tenemos momentos donde podemos conectarnos con el otro lado, al igual que los psíquicos. Pero un verdadero médium… creo que nace para serlo. Al menos, esto es lo que creo ahora. Es natural que Edward haga borrón y cuenta nueva de su pasado, y se ponga escéptico. En el universo de los médiums, hay decenas de antecedentes fraudulentos. Es la parte más entretenida de la historia. William H. Mumler, fotógrafo de Boston, decía que, por un accidente en el revelado, había conseguido captar espíritus en sus imágenes. Luego de este descubrimiento, la gente hacía cola para tomarse fotos que incluían a sus espaldas apariciones fantasmagóricas. Mumler levantó miles de dólares hasta que un cliente lo denunció a la justicia tras descubrir a su fantasma tomando helado de limón en un banco de la plaza. Después apareció otro y luego otro más. Al final, concluyeron que los espíritus de Mumler eran sus vecinos y compañeros de copas.

Los médiums como Edward tienen un padre teórico incuestionable:

Allan Kardec, un talentoso profesor universitario francés que no creía en nada de nada hasta que asistió a una sesión espiritista y empezó a tomarse la cosa en serio. En 1857 publicó El libro de los espíritus, donde él pregunta y los muertos establecen las bases de su oficio. Aquel libro lo firmó con el seudónimo de Kardec —en verdad, se llamaba Hyppolyte Léon Denizard Rivail, pero no quería revelar su verdadera identidad con una obra tan arriesgada y además, pretendía recortar en gastos de tinta. Embalado con el tema, Kardec escribió decenas de libros sobre médiums, fundó en París en 1858 la primera sociedad espiritista y dirigió una revista donde se debatía seriamente temas que, hasta entonces, eran asuntos de vital importancia tales como "en una comunicación al más allá, ¿quién debe pagar la llamada?".

Así como tuvo un padre fundador, el espiritismo tuvo también un padre detractor, el mago escapista, el rey del ilusionismo Harry Houdini, quien atravesó un circuito inverso al de Kardec: pasó de creer en que podía comunicarse con su madre en el más allá, a desconfiar hasta de su compañía telefónica. Incluso, en 1923, harto de no tener noticias de su mamá, ofreció 2.500 dólares a aquel médium que convocara a su espíritu y le señalara dónde había dejado sus calcetines. Pero el premio quedó vacante. Hoy, la apuesta se ha renovado. Desde 1965, la fundación del investigador James Randy ofrece un millón de dólares a quien demuestre que las comunicaciones con el más allá existen. Se presentaron 1.110 candidatos. La mayoría no pasó ni siquiera el primer test. Cuando se le menciona a Houdini, Edward toma una actitud inesperada en un médium: se pone escéptico.

—¿Por qué Houdini nunca pudo comunicarse con su mamá? ¿Por qué ningún médium de la época le dio aunque sea una sola precisión?

—Escuché muchas historias conflictivas sobre la vida de Houdini, sobre su madre y su esposa luego de que él murió. Pero al no conocer ninguna anécdota de primera mano, ¿quién soy yo para decir si pudo o no comunicarse o, al menos, si lo intentó? Ese secreto, Houdini se lo llevó con él a la tumba.

Y por lo visto, Edward no se meterá allí, ¿no es verdad? Es entendible. Actualmente, está dedicado de lleno a sus giras por todo el planeta, estableciendo comunicaciones en vivo con el más allá. Verlo en directo cuesta entre 30 y 70 dólares. Edward desenfunda revelaciones sin pestañear. Entre sus admiradores está el gurú Deepak Chopra, quien considera a Edward un adelantado. Viniendo de Chopra vaya a saberse si es un elogio. "En el futuro", explicó el gurú de la medicina alternativa, "será considerado un pionero en su campo. Cada vez hay más evidencia de que la conciencia sobrevive la muerte del cuerpo físico y que este tipo de comunicación es posible".

Pero Chopra está un poco solo en su defensa. Para sus detractores, que son muchos, Edward es una máquina de tantear el terreno con preguntas fallidas. Existen denuncias que indican que la producción indaga secretamente sobre la vida de los participantes y solo da al aire sus aciertos. Por cada episodio de 30 minutos, se graban seis horas. Imagine qué cosas quedan fuera.

Joe Nickell, del Skeptical Inquirer, dispara: "Edward utiliza una técnica que se llama 'lectura en frío', se llama así porque el médium tantea el terreno en 'frío', es decir, sin información sobre la persona. El 'psíquico' obtiene pistas observando su forma de vestir y de hablar, haciendo preguntas y alentando al sujeto para que interprete sus vagas afirmaciones".

Un periodista de la revista Time asistió a la grabación de un episodio y contó que, en el balance, Edward se confundía más de lo que acertaba. Y en dos oportunidades, lo había visto fallar durante 20 minutos con la misma persona.

Tal vez dentro de 30 años, borracho y en bancarrota, Edward admita, como las hermanas Fox, que lo suyo era un truco y vuelva a la danza. A él, sin embargo, no le gusta hablar de esto. Edward prefiere hablar de Sexto sentido, aquella película de horror donde el pobre niño no solo veía muertos, además no cobraba un centavo por hacerlo.

—¿Vio la película? ¿Se siente identificado con el chico?

—Me encantó. Los niños están más abiertos a estos procesos de comunicación. No tienen filtros, simplemente reaccionan y, mientras crecen, esto va disminuyendo.

Es verdad. Los niños no paran de ver muertos por todas partes. Y es verdad que esta tendencia también se termina. Los especialistas aseguran que acaba más o menos al mismo tiempo en que sus padres ordenan: "¡Ya mismo, Juan, o dejas de mentir o te agarro y vas a ser vos quien esté muerto!". Lo llaman madurez.

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