Charlize Theron nació en Suráfrica y cuando era chiquita quería tener el mechón de pelo fucsia que ostentaba Cindy Lauper, la cantante, en los años 80. He ahí dos secretos que nadie podría imaginar cuando ve alguna de sus películas. O cuando revisa, una y otra vez, porque aún no puede creerlo, cualquiera de sus fotografías. Quién, quién en el mundo de hoy, querría ser Cindy Lauper cuando ya es, sin hacer ningún esfuerzo, Charlize Theron.

Debería ser suficiente, para ella, tener esa cara intacta que viene de los mejores tiempos de Hollywood, parecer esa supermodelo que pone incómodos a todos los que se topa en el camino, ir por ahí con esa figura de pintura famosa de otro tiempo; pero no, no es, esa es sólo una fachada. Charlize Theron es, después de la cara y el cuerpo, una gran actriz. No podría hacer de fea, es cierto, pero sí, sin duda, quedaría perfecta en el papel de todas las demás: las pecadoras, las pueblerinas, las sofisticadas. Si Alfred Hitchcock estuviera vivo le daría todos los papeles y le pediría, a escondidas de su esposa, que se casara con él. Ella, como Grace Kelly o Ingrid Bergman, le diría que no. Y él igual le daría todos los papeles. Porque es perfecta. De verdad. Sólo hay que mirar su foto.

Fue, entre otras, la esposa sometida y acorralada de El abogado del diablo, la torpe mesera de Trial and Error, la novia hastiada del baterista de Eso que tú haces, la millonaria confundida de Las reglas de la vida, la modelo despampanante y libidinosa de Celebrity, la valiente exploradora de Mighty Joe Young, la ordinaria traidora de Juegos peligrosos, la enfermera enferma, vital y feliz de Dulce noviembre, la hija voluntariosa y práctica de La leyenda de Bagger Vance. El que no la haya visto en el cine, la ha visto, con seguridad, en alguna parte. En una valla, en una revista, en un programa de televisión. La desgracia de la pobre —o bueno, según se vea, la fortuna de la elegida— Charlize Theron es, quizás, que siempre será superior a sus películas. Y todo por culpa de su cara.

Nació el 7 de agosto de 1975 y fue educada, como hija única, en Benoni, en Suráfrica, en el medio de una finca y una compañía constructora de caminos. Creía, firmemente, en Tokoloshe, una criatura que se metía en las orejas y lo convertía a uno en un ser malo: la única manera de evitarlo era, al parecer, dormir en una cama levantada. Cuando cumplió 15 años, y vivía en Johanesburgo, su madre, Gerda, una alemana, asesinó en defensa propia a su padre, un francés, y desde ese momento, cuando quedaron solas, con cuentas por pagar y trabajadores que soportar, fue quien la acompañó en el horrible camino de las audiciones, las pasarelas y los primeros papeles. Ella, Gerda, la salvó de las úlceras y las decepciones y la metió, a escondidas de las cajeras y los supervisores, en las películas para mayores de 18: “cuando cumplí 10”, le dijo a Interview, “vi El resplandor, y cuando cumplí los 13, ella, mi mamá, me habló de pájaros y abejas y todo eso, y me llevó a ver Atracción fatal: fue una gran mamá y el cine, creo, fue su forma de explicarme los misterios de la vida”.

Gerda apoyó a su hija Charlize en sus clases de ballet y en las presentaciones de El lago de los cisnes y Cascanueces, la felicitó cuando entró al Joffrey Ballet de Nueva York y, a los 18, cuando se lesionó una rodilla, le dio la idea de irse a vivir a Los Angeles. Fue muy rápido: cuando la joven llevaba dos semanas en Hollywood, un agente, John Crosby, que había descubierto a Rene Russo en un concierto de los Rolling Stones, la vio haciendo fila en un restaurante y le dio su tarjeta. A los ocho meses tenía su primer papel: el de la temeraria amante del sicópata en Dos días en el valle, la primera película de John Herzfeld, el director de 15 minutos. Los críticos se quedaron sin habla cuando la vieron. Y ella, que salía sin ropa por primera vez en su vida, en el papel de una mujer fascinada con el peligro, entendía que, a fin de cuentas, no tenía ningún problema con eso y que, aunque no era capaz de verse a sí misma, que saliera desnuda o no dependía de la confianza que le tuviera al director y de lo justificada que apareciera la escena en el guion.

Qué rollo
Charlize Theron fue, para quienes aún no la reconocen, la protagonista de la edición de mayo de 1999 de Playboy, y, para quienes aún no creen que sea surafricana, la verdad es que, porque es su primera lengua, maneja a la perfección la africaans. Ha aparecido mil y una veces en El Show de David Letterman, en el Tonight Show y en Saturday Night Live; salió un tiempo con George Clooney, un poco con Craig Bierko y otro con Stephan Jenkins, el cantante de Third Eye Blind; fue considerada, por la revista People, como una de las 50 personas más hermosas del mundo del año pasado y, como para confirmar que ya no hay nada que la detenga, prepara, para el segundo semestre de este año, entre agosto y diciembre, el estreno de cuatro producciones más —Levantándose en Reno, 24 horas, Dulce Alabama y otra de Woody Allen, la última: La maldición del escorpión de jade—, pero hace cinco años, cuando vio a Cindy Lauper, su ídolo, “estaba tan impresionada que, aunque habría hecho cualquier cosa para conocerla, no tuve el coraje para acercármele y decirle hola, soy tu fan número uno”. No, simplemente no pudo.

Piensa que Hillary Rodham Clinton, la esposa de Bill, debe ser la presidenta de Estados Unidos. Sabe que esos cuentos de la liberación femenina ya han pasado de moda, porque el poder de la mujer es tan obvio, a estas alturas, que está fuera de discusión, pero considera que todavía falta un paso por dar. “Las mujeres han conquistado el mundo: y después de todo lo que hemos pasado, este es el momento para que tengamos una presidenta. No creo que estemos muy lejos de eso, pero la verdad es que ya debería haber ocurrido. No me sorprendería que Hillary Clinton fuera elegida. Yo la admiro”.
En medio de una gran generación de actrices, junto a la oscura sensualidad de Angelina Jolie, la descuidada melancolía de Liv Tyler, la tierna gracia de Kate Hudson, o la inteligente nostalgia de Wynona Ryder; Charlize Theron parece tenerlo todo al tiempo: la sensualidad, la melancolía, la gracia, la nostalgia. Puede parecer una norteamericana de los años 20, una aristócrata francesa del siglo XVII o una modelo rusa del año pasado. Su cara es la cara original, la primera. Las demás, tal vez, son variaciones.

Charlize Theron es, claro, el resultado de haber crecido junto a una madre inteligente, fuerte, divertida. Se ha dado el lujo de rechazar los desastrosos papeles de Kate Beckinsale en Pearl Harbor y Elizabeth Berkley en Showgirls —“es como si siempre me rescatara un ángel de la guarda”, dice, y cualquiera que haya visto esas películas entenderá de qué estaba hablando—, y ha podido trabajar, antes de cumplir los 26 años, con directores como Woody Allen, Robert Redford, John Frankenheimer y Lasse Hallstrom, y con actores tan brillantes como Kenneth Branagh, Jeff Daniels, Johnny Depp, Joaquin Phoenix, Robert de Niro, Al Pacino y Tom Hanks —“lo pondría en un pedestal: estaba enamorada de él cuando era chiquita y alquilaba Splash”—, y tan populares como Ben Affleck, Mark Wahlberg, Matt Damon, Will Smith y Keanu Reeves, pero todavía, hasta hoy, aspira a trabajar con el bailarín de ballet Mikhail Baryshnikov —“¡ese sí es un hombre!: ¿podrían mandarle mi número telefónico?”—, y por ahora, por hoy, se siente más que satisfecha porque, a su edad, no está pagando sus cuentas a punta de trabajar en McDonald’s. Ese era su sueño.

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