Son las cuatro de la tarde en Da´Silvana,
el restaurante cerca de Washington Square en el que Sophie me citó. Me pone un mensaje de texto diciendo que está retrasada quince minutos -buen indicio de que aún no se cree diva. A las cuatro y cuarto aparece apenada con una bolsa llena de ropa (sucia, parece) y unas chanclas hawaianas. Lleva unas sandalias de tacón corrido de fique, jeans y un saco de algodón negro muy holgado. Se nota que quiere parecer casual. Eso sí, está maquillada como para filmar un comercial, porque sabe que la entrevista incluye fotos. Saluda con la voz grave de una mujer madura -no parece de dieciocho años- y luego pone la de una niña consentida cuando pregunta por el menú.
Además de ser hija de dos reconocidos autores -Paul Auster y Siri Hustvedt-, Sophie es de una hermosura despampanante. Es una musa. Tal vez no la de su padre, pero lo cierto es que su destino parece escrito por él en sus ojos. No por pura coincidencia Sophie lleva el mismo nombre del personaje de "La habitación cerrada", la última historia de La trilogía de Nueva York, que fue precisamente la obra con la que Auster empezó a consagrarse como uno de los más importantes escritores del mundo. Tampoco es casualidad que las letras de las canciones que Sophie grabó el año pasado sean poemas de Eluard, Apollinaire, Tzara o Soupalt que su padre tradujo en su juventud. Auster dijo en alguna entrevista que "traducir grandes poetas del pasado es la forma más completa de experimentar la literatura". Ni pensar en lo que debe sentir cuando a esa forma completa de experimentar la literatura le añade el hecho de que su propia hija -que canta como los dioses y parece una diosa- haya querido hacer un disco con sus poemas favoritos.
Pide una ensalada de langosta. Trata de olvidarse de una niña que nos está brincando alrededor. Parece estar siempre muy tranquila. Cuenta que Billie Holliday y Los Beatles la llevaron a querer hacer música. Cuando chiquita cantaba incansablemente una canción del famoso musical de Broadway, Show boat. También le gusta la actuación. De hecho, no toca ningún instrumento, aunque está en clases de guitarra hace tres semanas. "Antes estuve en clases de piano y otros instrumentos, pero lo cierto es que nunca tuve la paciencia necesaria". Pronto entablamos una conversación mucho más fluida y natural. Se le iluminan los ojos cuando me cuenta que se va mañana a visitar a su novio en Los Ángeles. Llevan casi seis meses. "Vamos a ir a quedarnos en casa de sus padres, pero no pienso casarme pronto, definitivamente, aunque creo en el matrimonio, por supuesto, mis papás llevan tanto tiempo juntos".
Veinticinco años de casados llevan sus papás. "Mi mamá me ha estado llamando todo el tiempo desde que mi papá se fue a hacer la película a Portugal. Somos demasiado unidos, sobre todo por lo que ellos siempre han trabajado en la casa. Ahora que vivo en la escuela voy a visitarlos casi todos los fines de semana". Los sonidos que la devuelven de inmediato a su niñez son el de la máquina de escribir de su padre y el del teléfono sonando y sonando, sin que nadie conteste. "El libro de mi papá que más me gusta es El país de las últimas cosas, y de mi mamá, La venda (es sobre una mujer luchando en Nueva York). Pero no he leído todo lo que han hecho mis papás, tengo demasiado para leer en la escuela. Y aunque entiendo lo que significa la palabra ficción, los reconozco en cada una de sus páginas, así como a personajes de nuestra vida real. A veces pienso: Dios mío, pobre gente. Es raro. Lo bueno es que yo aún no me he encontrado del todo en sus páginas". Jamás ha editado a su papá. Confía tanto en él que le muestra todos los poemas que escribe. "No es nada condescendiente. Si le parece bueno dice ´Mierda, qué bueno´. Si está mal solo hace ´Uhm.´ y con eso me basta para saber que es pésimo".
Fue a través de su padre que conoció a los integrantes de One Ring Zero, la banda con la que grabó el disco que lleva su nombre. Auster les había dado la letra de una de sus canciones y luego les contó que a su hija le gustaba mucho cantar. Algunos dirían que fue por obra y gracia de su padre que Sophie consiguió firmar con la disquera Naive. Al verla y oírla en persona se puede constatar que es más que la hija de Paul -ahora está haciendo otro disco sin One Ring Zero y con líricas propias-, aunque de ninguna manera podría negar que en su vida la ha tenido fácil por esa condición. No le parece aburrido que todo el mundo la tenga encasillada como "la hija" de Paul Auster y no como Sophie Auster. "Mi papá me da los empujones, pero si yo no demostrara que soy buena, no creo que me firmaran las disqueras, ni que me quisieran entrevistar los medios. En este negocio me tengo que abrir un espacio yo sola".
A lo mejor por ese empeño de hacer valer sus dotes artísticas es que Paul la escogió para trabajar en su nueva película, La vida interior de Martin Frost, una historia basada en parte de su novela El libro de las ilusiones. Pronto Sophie viajará a Portugal a filmar sus escenas. "Es la historia de un hombre que un día despierta al lado de una mujer que debe ayudarlo a escribir, pero se enamoran. Mi papel es el de una musa disfuncional, no la principal, que no puede ayudar al creador que le asignaron porque no es nada talentoso. Pero me vuelvo una mejor musa cuando me asignan un mejor escritor (risas)".
Puede que Sophie sea inspiración para su padre, pero su musa de cabecera ha de ser su esposa Siri, la noruega que, además de ser una exitosa escritora, parece una modelo. Seguramente es por esos genes de la madre que a Sophie le han propuesto hacer varias campañas, entre ellas las de DKNY (Donna Karan) "y otra de la que ni siquiera sé si puedo hablar públicamente. El caso es que si sucede, bien para mí. Lo de ser modelo solo me parece buena plata".
Como si fuera poco, el talento le alcanza para el teatro también. A pesar de haber vivido toda su vida en la misma casa de Brooklyn, viajó a hacer un curso de teatro en Londres y trabajó con una pequeña compañía de teatro que se llama Barebones Theater. "Pasé rico, pero fue un poco caótico". Sophie es una caja de Pandora: actúa, escribe, canta y encanta; tiene todo para triunfar si se decide a hacer una cosa a la vez. De pronto es cuestión de tiempo. A los dieciocho años se puede soñar con ser cualquier cosa. Ella dice estar más inclinada a hacer cine. Aunque ha tomado clases de música desde los ocho años, a los diez actuó en la película de su padre Lulu on the Bridge y desde entonces supo que le apasionaban los sets de grabación. "Me muero por trabajar con Pedro Almodóvar, pero no hablo español, y si Kieslovsky no estuviera muerto haría lo que fuera por actuar en una de sus películas." Surge Paris Texas en la conversación. "Me gusta mucho. Wim Wenders es buen amigo mío. Fuimos juntos al concierto de U2. Yo prefiero los conciertos chiquitos, pero este fue lo máximo porque entramos al camerino y demás, por lo que estaba con él". Con o sin Wenders, a Sophie no le deben negar la entrada a ninguna parte. Dice que últimamente ha estado muy tranquila, que ya no se la pasa de nightclub en nightclub como antes. A veces hace algunos gigs (toques) en pequeños bares, pero prefiere quedarse oyendo a Fiona Apple o a Tom Waits, sobre todo porque tiene muchos ensayos que preparar para la universidad (cursa segundo semestre de literatura). Le gustan los clásicos, sobre todo. Actualmente está leyendo a Marguerite Duras. "Debería leerlo en francés, pero estoy haciendo trampa. Me gradúo en 2009, apenas llevo un año. No sé si vaya a tener que renunciar. Hasta el momento he hecho todo en recesos. De hecho, este verano voy a hacer una película con el director chileno Raúl Ruiz. Es difícil, porque me gusta que la escuela me ponga rutinas y responsabilidades, pero.". Se queda masticando largo rato. La dejo comer en paz y nos quedamos en silencio. Dice que tiene pena de hacerme esperar para hablar. Le contesto que no hay problema, que me gusta el silencio, sobre todo porque uno deja de oírse a uno mismo. "Yo sí que me aburro de mi propia voz ¿sabes? Sobre todo cuando hablo de mí misma. Odio esos egomaníacos que van en yo, yo yo, todo el tiempo". Le digo que me parece algo muy maduro para una niña de apenas dieciocho años. "He pasado mucho tiempo con gente adulta. Mi casa nunca fue de muchas comidas ni eventos. Casi siempre éramos los tres nada más, pero mis papás me llevaban a todas partes. Yo me sentaba por ahí a colorear y no molestaba mucho. Me acuerdo que con mi papá íbamos mucho a cine. Todavía vamos mucho juntos, hace poco vimos Hotel Ruanda, qué fuerte". Le pregunto por su medio hermano, producto del primer matrimonio de Paul. Me cuenta que vive en Brooklyn, que trabaja en un bar y toma fotos, pero que no son muy cercanos. El mesero le recoge el plato a Sophie. No se comió las patas de la langosta. Cuando traen la cuenta dice que quiere pagar, porque fue la única que comió. Hace el gesto de sacar la billetera lentamente, hasta que yo le digo que es imposible porque ya pagamos. Da las gracias y salimos. Hace un viento helado. El fotógrafo le pide que se pare delante de una típica cancha de básquet neoyorquina. Posa con bastante profesionalismo. Sus profundos ojos verdes me hacen recordar a Natasha Kinski, hija del famoso actor y director Klaus Kinski. Su nada afortunada historia de padre-que-explota-hija poco parece tener que ver con la relación feliz que esta "nueva Natasha" sostiene con su padre. Mientras se aleja, Sophie se ve tan inocente y a la vez tan sagaz como la Lolita de Navokov. La única diferencia es que ella es creación real de otro escritor de nombre Paul.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.