Por muy Uribe, Pombo, Uricoechea o Sanz de Santamaría que sea el tipo, por más rancio que sea su abolengo, por más encopetados que hayan sido sus abuelos y sus tatarabuelos, por ninguna razón y bajo ninguna circunstancia se le puede ocurrir grabar el escudo de la familia en un anillo. No importa que a los doce años su orgulloso padre lo haya sentado en las rodillas para explicarle lo hermoso de esa tradición. No importa que le cuente que desde que llegaron de España, todos los varones de su estirpe lo han llevado en la mano.
Un anillo con el escudo de la familia encabeza el listado de las joyas que un hombre nunca debe usar, a riesgo de convertirse en un ser tan lobo como los que hablan de "varones de su estirpe".
¿Se lo imaginan, mirando a lontananza (así hablan los que lo usan), con la mano izquierda estirada, mientras le cuenta a su hijo qué significan las flores de lis, las galeas, las torres y los leones que un joyero de Fontibón esculpió en el anillo?
Son los mismos que se quejan del "lobazo" que mandó grabar el grupo sanguíneo en una placa que cuelga de su cadena de oro. es la misma vaina: al fin y al cabo, un tema de sangre. Solo que los primeros creen que la suya es azul. Azul, como los que graban en un anillo el escudo de Millonarios: los hay, los he visto. Como he visto anillos con el escudo de la universidad La Gran Colombia, con el logotipo de la Federación de Ganaderos de Sucre, con la bandera de Jamaica y hasta con el rostro de José María Escrivá de Balaguer.
Todos, unos lobos. En los hombres, los anillos y las placas deberían estar prohibidos por decreto. Maradona se mandó tatuar los nombres de sus hijas: en un brazo se lee Dalma y en el otro Gianinna. Acá hay muchos que las llevan colgadas del cuello, que las enredan entre los pelos del pecho, que se abren la camisa hasta el tercer botón para exhibirlas.
La cultura traqueta ha hecho brillar más oro que la cultura quimbaya. El famoso poporo de libra y media con el que el Banco de la República inició la colección que hoy resguardan las vitrinas del Museo del Oro palidece frente a las gruesas cadenas de los nuevos ricos.
En un hombre, sólo un accesorio es realmente símbolo de poder: el reloj. Lo demás -resultan de mal gusto, o pasados de moda. Tan pasados como los aretes. Nunca más: se les ven mal a los de veinticinco, y peor aún a los de sesenta. Aunque lleven camisetas de Woodstock y fumen yerba.
Se salvan las mancornas, que siguen siendo una joya de tradición. Y las argollas de matrimonio, por supuesto, siempre y cuando no lleven grabados mensajes de amor. Los hay. los he visto. Son los mismos que luego les regalan a sus hijos un anillo con el escudo de la familia para que no olviden su pasado y sientan desde niños que están conquistando el futuro.

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