La concepción de la mujer en SoHo está hecha para satisfacer los gustos de nuestros machos cabríos. Demasiado obvia, como obvias son las miradas libidinosas de los que se devoran sus páginas, convierte a la mujer en un producto y su idea del cuerpo femenino es lo más cercano a una lata de sardinas. Cada lata dura un mes. Luego viene otra carne más fresca a desplazar a la pasada. Eso no es ni nuevo ni exclusivo de esta revista. El mundo entero se mueve por y alrededor de tetas y culos. Lo cierto es que se puede mover de manera más o menos inteligente y más o menos respetuosa. Acá, digámonos la verdad, nadie se salva. Al final la que más culpa tiene en todo esto es la mujer, por tener especímenes en su género que aceptan propuestas de ese estilo y no tienen más que ofrecer que su físico. La ecuación, sin embargo, no es tan simple como bonita = tonta. Conozco mujeres hermosas en las que la belleza y la vanidad son un plus, porque decidieron cultivar otros atributos como la inteligencia, que también está en potencia en todos esos cuerpos perfectos, solo que no puede aflorar por lo que ellas andan dedicadas a acicalarse y a mostrarse. En este esquema SoHo vendría a ser algo así como el gran promotor de la mujer que solo se fija en su belleza y, muy a pesar de su eslogan segregador y provocador (La revista prohibida para las mujeres), también somos las mujeres las que compramos esta idea de nosotras mismas.
El cuerpo de la mujer siempre ha sido objeto de deseo, pero no es lo mismo un desnudo como La Maja de Goya, que una teta con una película de tinta por encima que hace las veces de "raspe y gane". Ya se ha dicho suficiente sobre La última cena, versión Mauricio Vélez, en la que entraron a jugar desde la libertad de expresión, hasta la moral y el Código Penal. Lo único que tendría para añadir es que entre el arte y los numeritos de SoHo hay un abismo. Los últimos no tienen una gran estética, ni un soporte argumental, porque su único propósito es vender y provocar. No en vano la modelo ahora es famosa porque ha hecho de la provocación un modus vivendi.
No son la desnudez, la iconoclastia o la desacralización lo que me molesta. A estas alturas estoy curada de espantos. Lo que me revienta de tanta teta al aire es la farsa del "desnudo artístico" que utilizan las que a la primera de cambio se despojan de sus ropas. Sería más respetable, y sobre todo creíble, que dijeran la verdad. Que aceptaran que lo hacen porque se sienten y son lindas, porque en un medio light y comercial mostrar es vender. Pero, sobre todo, porque les gusta exhibirse y mostrar sus encantos -naturales o plásticos-, que en las fotos son exaltados y pulidos gracias a las maravillas del fotoshop.
Exhibicionistas como son, en su mundo solo hay lugar para un único sol rodeado de satélites sin luz propia. Quieren ser siempre objeto de la mirada ajena. Como el niño que llega con reloj nuevo al colegio no para saber la hora sino para ser el centro de atención. El escándalo las nutre y les refuerza el poder que les da sentirse ese oscuro objeto del deseo, claro está, del deseo masculino. Nada más. Todo menos el anonimato.

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