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Publicado 2007-09-10

Cita a ciegas con la muerte (Limpiando la escena del crimen)

Por Alberto Salcedo Ramos

Dos agentes de la Policía Nacional, alertados por una llamada telefónica, lo encontraron a las dos y cuarenta de la madrugada. De inmediato acordaron el lugar.

Cita a ciegas con la muerte (Limpiando la escena del crimen).

1. Los patrulleros

Los cinco agentes saben que, antes del amanecer de este sábado, habrá un nuevo asesinato en Bogotá. Cuando reciban el aviso por teléfono, saldrán en su patrulla a practicar el levantamiento del cadáver y recoger las evidencias. Pero ahora, mientras les llega el momento de actuar, duermen a pierna suelta sobre las colchonetas del área de alojamiento.

Los funcionarios pertenecen al Centro de Servicios Judiciales de la Fiscalía, encargado de conocer los diferentes casos de homicidio que se presentan en la ciudad. Aparte de buscar pistas que ayuden a esclarecer los asesinatos -pisadas, restos biológicos, armas, testigos- trasladan hacia el Instituto de Medicina Legal los cuerpos de las víctimas, para que sean sometidos a las necropsias de rigor y entregados formalmente a los dolientes. Cada grupo de trabajo tiene cinco miembros: un planimetrista, que dibuja en un papel la escena del crimen y establece las distancias entre todos sus elementos; un fotógrafo, que capta imágenes del cadáver y del entorno; un dactiloscopista, que rastrea las huellas digitales; un investigador, que recopila testimonios en el lugar de los hechos, y un coordinador, que dirige el proceso.

Son las dos de la madrugada. Hace media hora, cuando todavía estaban despiertos, los integrantes del Grupo Dos de Homicidios lucían serenos. Tal actitud se debe -explicaban- a que después de haber visto tantos casos espeluznantes de violencia urbana, han ido perdiendo la capacidad de asombro. Uno de ellos se acordó de una mujer que, por petición de su amante, envenenó a sus dos pequeños hijos. Otro mencionó al parricida que durante el día paseaba públicamente con su novia y por la noche, cuando volvía a casa, dormía junto a los cadáveres de sus propios padres. El de más allá evocó al niño de nueve años que se ahorcó, decepcionado por una mala calificación en matemáticas. Todos contaron las historias más tétricas con las cuales se habían relacionado en su ejercicio como policías judiciales. El inventario de atrocidades incluía a un bebé acribillado por una bala perdida, a una anciana estrangulada por su hija única y a un recluso descuartizado dentro de la Cárcel Modelo. Los agentes, que hablaban del tema con una naturalidad pasmosa, decían conocer a fondo el contexto global de su oficio: Bogotá es una ciudad de nueve millones de habitantes y mil ochocientos kilómetros cuadrados de extensión, donde anualmente son cometidos más de dos mil homicidios. Al horror de hoy le sucede el de mañana, y así se va generando un acostumbramiento que hace ver a la muerte como un simple trámite profesional. Lo suyo es diligenciar planillas, medir ángulos, buscar residuos corporales y, al final, embalar el cuerpo en una bolsa negra, como si fuera un bulto de papas. La repetición del ritual los convierte poco a poco en oscuros notarios fúnebres, con un nuevo modo de sentir y de expresarse: a los muertos les llaman "occisos" y a los charcos de sangre, "lagos hemáticos".

Un poco antes de irse a dormir, los agentes reconocieron que no suelen plantearse demasiadas preguntas sobre sus quehaceres. A las seis de la tarde, por ejemplo, comenzaron el turno sin detenerse a pensar que a esa hora la futura víctima posiblemente permanecía viva: andaría, quizá, regalándose un banquete espléndido dentro de un motel, o bebiendo licor a galones, o acarreando plátanos verdes en una carreta, o manejando una tractomula, o recogiendo a su hijo en el jardín escolar, o retirando dinero en un cajero electrónico. Aunque sonara macabro, daba igual que fuera banquero, albañil o dueño de un abasto: mientras ellos tomaban café sentados en sus oficinas, el personaje había empezado a morirse. Bailaba merengue o comía helado, ignorando que tenía los minutos contados. Ignorando, además, que en una edificación del occidente de Bogotá cinco policías judiciales estaban en guardia, a la espera de su cadáver.

Los agentes de homicidios conocen mejor que nadie la delgadísima línea que separa a la vida de la muerte. Suponen, como los antiguos griegos, que cada criatura de este mundo está sometida a una providencia irresistible superior a su voluntad. Más allá de esa visión elemental del destino, se niegan a arriesgar cualquier conjetura sobre el tema. A fin de cuentas -repiten a menudo- lo suyo es un trabajo. Por eso, mientras llega la hora de entrar en acción, pueden dormir sin problemas. Como lo hacen durante esta madrugada de sábado.

2. La muerte

La Señora Muerte se soltó el moño y se encuentra de ronda. Oteando el panorama desde lo alto de un puente peatonal o agazapada en un lote baldío, cumple sin afanes su rutina. Ya ha elegido a su próximo mártir y ahora, simplemente, espera el momento de asestarle el golpe. Es capaz de sorprenderlo en el callejón más oscuro o en la avenida más iluminada. Frente a los designios de esta caprichosa dama no hay poder que valga. Los viernes por la noche su aliento se siente en toda la ciudad: en las autopistas colmadas de conductores suicidas, en las discotecas plagadas de borrachos iracundos, en las esquinas donde se entreveran el magnate y el desharrapado, en las inmediaciones de los negocios prósperos, en los barrios marginales donde impera el "sálvese quien pueda". Acaso es ella, la Señora Muerte, lo único verdaderamente democrático que existe en Colombia.

Gran parte de la memoria nacional ha sido escrita por su mano huesuda. Una mano que, por cierto, no se ha limitado a eliminar a los ciudadanos de manera natural, sino que además los ha exterminado con los instrumentos más inhumanos: tanques de gas, motosierras, machetes, destornilladores. A sus pies han caído ministros, recicladores, sacerdotes, ateos, periodistas, saltimbanquis, políticos, jueces, soldados, guerrilleros, paramilitares, raspachines de coca, cultivadores de papa, panaderos, hacendados, truhanes y filántropos. No solo los policías judiciales de la Fiscalía se han acostumbrado a la Señora Muerte: los demás habitantes también han perdido frente a ella la capacidad de sorprenderse, después de tropezársela por veredas y metrópolis, y después de haberla visto miles de veces en los noticieros de televisión, revuelta con goles y desfiles de ropa interior. A menudo, el único método defensivo que le queda a la gente, frente a la altiva dama de la guadaña, es el humor negro. Hace poco, por ejemplo, la selección Colombia que nos representó en la Copa América fue goleada en sus dos primeras presentaciones: Paraguay le metió cinco goles y Argentina, cuatro. Por esos mismos días, el país se estremeció con la noticia de que la guerrilla había asesinado a los once diputados que tenía secuestrados. El público estaba indignado con los apáticos jugadores de su selección y adolorido por la masacre de los políticos. La manera de exorcizar los dos demonios, como suele suceder en nuestro medio, fue a través de un chiste callejero bastante perverso: "Mataron a los once que no eran".

Atizado por la indiferencia, por el miedo y por la crueldad, el horror genera más horror. La Señora Muerte se nutre como parásito de ese círculo vicioso. Y por eso continúa en guardia, esperando el momento de saltar sobre la nueva presa que le depara esta noche de viernes.

3. La víctima

Está tendido bocabajo, en posición fetal, a un costado de la ciclorruta del barrio Patio Bonito, exactamente en la calle 34 sur con carrera 95. Dos agentes de la Policía Nacional, alertados por una llamada telefónica, lo encontraron a las dos y cuarenta de la madrugada. De inmediato acordonaron el lugar para impedir que fuera alterada la escena del crimen. A las cuatro y diez de la mañana pusieron el caso en manos del Grupo Dos de Homicidios de la Fiscalía, cuyos integrantes se aplican ahora a la tarea de levantar el cadáver y recopilar las evidencias.

Los cinco agentes ya lograron establecer la identidad de la víctima: Pablo Emilio Arenas Lancheros. Su cédula de ciudadanía -la número 79.455.248- informa que nació en el pueblo de Facatativá, el 13 de marzo de 1968. Yace sobre un pozo de sangre, a doscientos noventa y dos centímetros de distancia de un poste de energía. Un poco más allá está la billetera -esculcada- al lado de un reguero de papeles teñidos de escarlata. Hay, entre otras cosas, un comprobante de vacunación contra la fiebre amarilla, una agenda telefónica de bolsillo, tres estampitas del Divino Niño, un carné de la empresa promotora de salud y una hoja volante que ofrece los servicios de un mariachi. También está la factura del teléfono celular número 313-8480438, adquirido recientemente. Pero el aparato no se ve por ninguna parte. El muerto luce mocasines negros embetunados cuidadosamente, pantalón gris planchado de manera impecable y chaqueta azul cerrada hasta el cuello. Todo en él, desde su ropa barata pero pulcra hasta sus documentos personales en regla, sugiere que era un ciudadano esmerado que sobrellevaba la pobreza con dignidad.

Viendo la mancha escarlata sobre el piso, resulta inevitable preguntarse, como el poeta Jacques Prévert, adónde va toda esta sangre derramada, la sangre de los apaleados, la de los humillados, la de los suicidas, la de los fusilados, la de los condenados. Tres horas atrás, uno de los agentes había dado una respuesta formal a ese interrogante: en Colombia las autoridades que hacen levantamiento de cadáveres en las vías públicas, jamás limpian la escena del crimen. Esta tarea la cumplen casi siempre los vecinos del sector o la empresa de aseo de la ciudad.

El helaje entumece las articulaciones. Cuando los agentes hablan, exhalan espirales de vapor. Uno de ellos dice que el asalto a mano armada parecería el más lógico móvil del asesinato. Otro advierte que, siendo realistas, las posibilidades de hallar a los responsables son prácticamente nulas. En primer lugar -explica- el homicidio fue cometido de madrugada, en una ciclorruta rodeada de maleza donde no hubo testigos. El inmueble más cercano se encuentra a unos doscientos metros de distancia, y es un edificio que apenas está en construcción. Como si fuera poco, a las billeteras de cuero y a los documentos personales casi nunca se adhieren las huellas dactilares. La única esperanza que queda suena irracional: que la víctima haya forcejeado con sus agresores y tenga entre las uñas restos de piel o de cabello que permitan identificarlos. Por eso, los policías acaban de forrarle las manos con bolsas de plástico. Más tarde, en el Instituto de Medicina Legal, serán sometidas a pruebas de laboratorio.

Los funcionarios voltean el cadáver para analizar, por fin, las lesiones. Abren la cremallera de la chaqueta, desabotonan la camisa. Ninguno se sobresalta ni deja escapar una exclamación cuando ve el tajo único, monstruoso, que tiene el muerto en el costado izquierdo del pecho, entre el corazón y la clavícula. Su mano derecha todavía aprieta con fuerza una llave. Ese detalle -comenta uno de ellos- indica que su casa está muy cerca de este lugar. A continuación le revisan los bolsillos delanteros del pantalón, donde encuentran mil seiscientos pesos. Uno de los agentes expone su hipótesis: el hecho de que el hombre presente una sola herida y no varias, sugiere que no opuso resistencia. Lo mataron, más bien, a mansalva, tal vez en represalia por cargar apenas unas míseras monedas.

Lo que más impresiona, en todo caso, no es la magnitud de la puñalada sino la precisión brutal con la cual se acoplaron las piezas de este nuevo desastre. Coinciden, por fin, en la misma escena, varios seres que, horas atrás, andaban dispersos por la gran urbe: los patrulleros de la Fiscalía, la víctima de turno y la implacable dama de la guadaña. El único de ellos que desconocía la cita era, precisamente, el que terminaría convertido en fardo. Esa indefensión del hombre frente a los guiños del azar es, quizá, lo más aterrador. Estás vivo, haces planes y hasta tienes vanidades, le subes el volumen a la música, pero de repente, cuando vas en lo mejor del baile, una mano invisible te señala, y entonces, de un solo golpe, la fiesta se te acaba. La mayoría de las veces las víctimas son tomadas por sorpresa, acaso porque andan por ahí con la idea de que el problema es de los otros: mientras yo parrandeo, ustedes se mueren. Casi nadie se despierta por la mañana preguntándose si ese sol brillante que se filtra por la ventana será el último de su vida. Casi nadie da las gracias por el pan y la sal. Y así, cada quien va por el mundo aplazando el pago de sus deudas, convencido de que siempre habrá una nueva oportunidad. La Señora Muerte se aprovecha de esa confianza. Lo peor no es que te quite el aire sino que no te conceda la posibilidad de despedirte. Y a menudo, hermano, te niega hasta la luz final, al dejarte tendido bocabajo sobre el cemento frío, de espaldas a la luna.

Ahora, uno de los agentes toma la ensangrentada agenda y se apresta a cumplir uno de los encargos más difíciles de la jornada: avisarles a los familiares de la víctima.

4. Epílogo

Pablo Emilio Arenas Lancheros fue sepultado dos días después en el Cementerio El Apogeo, sobre la Autopista Sur de Bogotá. En el entierro estuvieron presentes varios empleados de la litografía donde él se desempeñaba como mensajero y donde siempre fue considerado como un trabajador ejemplar. Contaron que al salir de la empresa, ubicada en el centro de la ciudad, se fueron a tomar cerveza en un bar cercano. Lo vieron por última vez a las doce de la noche. Su tía Inés Arenas, que fue la que lo crió, no ha dejado de llorarlo. Lo que más le duele -dice- es que Pablo Emilio murió el día antes de comprar un balón de fútbol que le había prometido a su hijo Johan David.

Su sangre permaneció varios días en la ciclorruta de Patio Bonito, a la vista de peatones y bicitaxistas que la esquivaban con pavor. Al parecer fue limpiada por los aguaceros que se desgajaron en Bogotá a finales de agosto.

Los agentes del Grupo Dos de Homicidios de la Fiscalía regresaron a sus labores después de un descanso de cuarenta y ocho horas. Esa noche tuvieron que atender dos casos.

En algún lugar de la ciudad hay una persona que come helado o baila merengue, sin saber que es la próxima víctima. La Señora Muerte lo reconoce, se suelta el cabello y, mientras llega su momento, deja que siga la música.
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