Tengo al gran Di Stéfano, la Saeta Rubia, frente a mí.
-Dale --me dice.
Yo me hago un nudo con el balón que llevo debajo del brazo. Me imagino que espera que le dé una patada, que le haga un pase. Al tratar de hacerlo, la pelota rueda por la pequeña inclinación del suelo que está debajo de mis pies y en mi intento me he caído. Me pongo rojo como un tomate. ¡Cómo es posible que haya esperado tanto tiempo para esta oportunidad y la esté desperdiciando con mi "comportamiento torpe"!, como me diría el profesor García, viejo desgraciado que nos amarga la vida. Le veo la sonrisa a la Saeta, que no sé si es de burla o compasión.
Siento una parálisis extraña, como si me estuvieran viendo todos los ojos de un estadio abarrotado. Debe ser porque en este momento no puedo olvidar el día en que los futbolistas llegaron a la casa vecina hace más de un mes. Yo ya había oído hablar de ellos en el colegio. Mi papá también dijo que todo el mundo los estaba esperando porque iban a mejorar el fútbol del país. Mi amigo Gilberto, que vive en la casa de enfrente, y yo nos sentamos en la acera para verlos llegar. Había periodistas y muchos curiosos. Los de la barra de la otra cuadra estaban ahí. Siempre les hemos tenido miedo porque son más grandes. Aunque nos miraron feo, sobre todo el hermano de Gilberto que traiciona a sus amigos metiéndose con los de esa barra, pero no nos dijeron nada, supongo que por lo que había mucha gente. Una señora del barrio, que dicen que tiene la teja corrida, estaba ahí, vestida con un largo y brillante vestido negro y uno de esos sombreros rarísimos, de los que nunca he visto usar a mi mamá ni a sus amigas. Cuando Di Stéfano, Pedernera y Rossi bajaron de los carros de la comitiva que los traía del aeropuerto la gente se les botó a borbollones para tocarlos, pedirles autógrafos y tomarles fotos. Armaban una melé espantosa. La loca les tiraba rosas rojas y amarillas. Se oían muchos gritos a favor de Millonarios, cosa que a Gilberto y a mí no nos gustó, pues somos del Santa Fe. Su hermano sí es de ese club, que siempre ha sido de troncos. Pero nos aguantamos la piedra, pues los crack son crack y no nos íbamos a poner delicados si los vecinos eran esos monstruos del fútbol. Finalmente, quien quita, puede que algún día pasen al Santa Fe.
Yo he esperado este momento de poder jugar con Di Stéfano, pero no puedo. Sigo en el suelo sin poderme mover. Yo, que soy tan buen número diez, ahora no puedo mover ni un dedo. Es como un sueño estar frente a la Saeta, poder jugar con él. Siento la furia de Gilberto, que sé que me mira desde su ventana, por no haber bajado antes a jugar, tal como se le había dicho. Me imagino la envidia de los del colegio cuando sepan que logré gambetear al crack. Porque estoy seguro de que lo voy a driblar. Tengo que hacerlo pues no me aguanto eso de que ayer Millos le metió cinco a cero al Santa Fe. Pura suerte. Lo malo es que Diestefano hizo tres goles.
-Levantate y haceme un pase -me dice.
¡Como si fuera tan fácil! ¿Les pasaría lo mismo a los jugadores que se enfrentaron ayer en El Campín? Me levanto con esfuerzo. Y logro acercar mi pie derecho hacia el balón para darle un pequeño golpe. Doy otro paso hacia adelante y acaricio el balón con mi pie derecho. Voy directo hacia el crack, mirándolo a la cara y de reojo siguiendo el balón que va pegado a mis pies. Temo caerme, pero me concentro con la idea de pasar a Di Stéfano. Si lo logro hacer le pegaré un chut para meter el balón por entre la puerta de su casa que está abierta. Será una venganza para el Santa Fe. Él me mira extrañado, pero sigue sonriendo.
-¿Me vas a driblar, pibe? -me dice con sorna.
Yo sigo avanzando, en el campo no hay que oír lo que dicen los contrarios, nos dijo el entrenador de fútbol del colegio. Tampoco hay que oír a las barras contrarias. Nada nos debe desconcentrar. Cuando voy con toda seguridad hacia él, veo que hace un movimiento de piernas, como adelantando su pie izquierdo para quitarme el balón. Yo todavía estoy a varios pasos, pero se ve que el tal Di Stéfano se las sabe todas. En eso, un grito de mujer sale de la casa.
-¡Alfredo, vení inmediatamente!
Como si le hubiera recorrido el cuerpo una corriente eléctrica, parecida a la que le pasó al tío Luis cuando trató de arreglar una lámpara de la sala de mi casa, la Saeta Rubia gira su cabeza hacia donde viene la voz de esa mujer que sigue aullando desesperadamente. Me da la espalda y, a pesar del tren que yo traigo, entra corriendo a la casa. A pesar que se ha perdido de mi vista como un fantasma, lo sigo. Entro a la casa y corro con el balón delante de mí mientras lo vigilo de reojo para que no se ponga fuera de mi alcance, y sigo por un largo corredor en tinieblas que me lleva a un patio iluminado por el sol. El corazón bate con la carrera y con el susto. En el centro del patio hay una palmera a donde voy a parar apoyándome en ella para no caer al suelo. En el segundo piso se oye la voz desesperada de la mujer. Debe ser la esposa del crack, una mujer que vi el sábado pasado, aferrada a su brazo cuando salió a la calle, envuelta ella en unos zorros plateados, él metido entre un vestido que le queda corto y con corbata de rayas. Subieron a su carro nuevo, como si fueran para una fiesta.
Arriba, la mujer grita que Alfredo le es infiel, que le acababan de contar que lo han visto con esa jovencita provocadora que debe ser su amante.
-No resisto más. ¿Para esto he venido a este país? Vos me tenés acabada. Me voy a matar, no puedo más, sos un hijodeputa.
Miro hacia arriba y la ventana se abre de par en par. Por ella asoma la cara de la mujer de los zorros plateados, pero ya no los usa. Tiene puesto algo así como una blusa por la que se le nota la raya de unos senos enormes. Creo que siempre me han gustado los senos. Al verme junto a la palma parece quedar desconcertada. Me grita:
-Y vos, pibe, ¿qué hacés allá abajo?

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