Era un sueño verlo corriendo por la línea derecha, arrastrando la defensa, esquivando al uno y al otro, haciendo quites y amagues que despistaban a cualquiera. El man tenía la virtud de la inteligencia corporal, unos músculos y unos huesos que pensaban por sí solos, como si no tuvieran que pasar por el cerebro, como si se saltaran todo tipo de trámite neuronal y actuaran por su cuenta, independientes, improvisando, excesivamente veloces. Los comentaristas deportivos no acababan de narrar la jugada cuando ya el hombrecito estaba en la siguiente, moviendo la cadera hacia la izquierda y entrando en las dieciocho para crear una jugada de gol. Daba la sensación de irrealidad, de estar metido en una película con todo preparado de antemano. Un sueño, esa es la expresión correcta, como si uno se hubiera dormido y de pronto, de manera evanescente e ingrávida, en la mitad de la noche, los pies de una figura onírica se desplazaran por el césped sin necesidad de tocar el suelo, como un ángel que hubiera decidido disfrazarse de jugador de fútbol.
Yo siempre había sido amigo del hombre, que era todo un bacán. Vivíamos en el mismo barrio, en el Quiroga, y estudiábamos en el mismo colegio, en el Camilo Torres. Yo jugaba bien también, pero nunca me podía comparar con él. Yo hacía esfuerzos por sobresalir en la cancha, él simplemente se divertía. Así que mis padres me presionaron para que entrara a estudiar Contaduría y él, siguiendo el único destino posible, entró a jugar en las ligas profesionales con un contrato jugoso que le permitió cambiar de barrio, comprar un carro y usar ropa de marca, como todo un crack, como lo que era en realidad. Y era grato saber que al hombre le estaba yendo así de bien y que ya su apellido empezaba a aparecer en los titulares de las páginas deportivas de los diarios y de las revistas especializadas en fútbol. Y se lo merecía no sólo porque jugaba mejor que cualquiera y porque había elevado el deporte al nivel del arte, del talento puro, de la belleza pura, sino porque además el mancito era tronco de buenazo, un amigo leal, fresco, que nunca se creyó mejor que nadie, como si no se diera cuenta del efecto que producía en el público y en los expertos de fútbol. No dejó de vernos a nosotros, sus viejos amigos, ni se creyó el rollo de la fama, ni se trepó en las nubes de la popularidad y el billete. Nada, él siguió tranquilo, metiendo goles a la lata, aniquilando a los defensas contrarios, volviendo pedazos a cualquier portero que le pusieran al frente. La metía de tijera, de cabeza, de tiro libre, de chalaca, de penalti, de taquito, mejor dicho él solo era un concierto de toque y de agresividad futbolística, y hasta una noche, en una final de campeonato nacional, se dio el lujo de meterla desde un tiro de esquina en el mejor gol olímpico que jamás se vio en el país. Era un orgullo muy tenaz ser amigo de semejante crack tan berraco.
Fue entonces cuando un locutor deportivo, durante la transmisión de un partido, lo bautizó con el apodo que lo hizo más famoso todavía. Dijo, si no recuerdo mal: "Da la sensación de estar flotando en el aire, de aletear mientras el defensa intenta adivinar la jugada, como un insecto, como una mosca a la que nunca se puede atrapar". De ahí en adelante mi amigo se llamó La Mosca, The Fly, como le decían los rockeros del barrio, y por toda la ciudad empezaron a aparecer mensajes en las paredes que hablaban de la velocidad y de la agilidad del nuevo hombre-insecto. Su fama creció y no había ningún noticiero de televisión, ningún comentarista deportivo de prensa escrita ni ningún programa radial que no hablara de las cualidades de ese animal de alas transparentes que metía la pelota en cualquier red con una facilidad sobrenatural. Un nuevo superhéroe había nacido para la ciudad.
Fue entonces que llegó la oferta para que jugara en un club gringo. Hubiera sido mucho mejor que se lo llevaran para Europa, para Argentina, para México o para Japón, pero no, los gringos le pusieron el ojo y ofrecieron full billete por el hombre. Los directivos del equipo aquí, en Bogotá, no se lo pensaron y lo vendieron de una, sin consultarle a nadie, ni siquiera a él. Y en qué borrachera tan berraca fuimos a despedirlo al aeropuerto, a abrazarlo, a prometerle que no lo íbamos a olvidar, que siempre, pasara lo que pasara, estaríamos unidos. Y le regalamos la bandera colombiana para que la colgara en su cuarto y un casete con música de Totó La Momposina, Joe Arroyo y Fruko y sus Tesos, para que lo escuchara en las noches de invierno, cuando todo se ve en blanco y negro. Pero ya el man iba descompuesto, con la cara trastornada, deprimido, como si a La Mosca, por primera vez, la hubieran fumigado desde arriba. Era una pena verlo en la zona internacional de El Dorado mostrando su pasaporte a los agentes del DAS con los ojos llorosos, encorvado, ido, como si al avión en el que iba a volar lo esperara un accidente y él se fuera a morir chamuscado en su elemento preferido, el aire.
Y de alguna manera sí, eso fue lo que pasó: ese aparato lo condujo a su propia destrucción, a su muerte, porque ya en el extranjero La Mosca perdió todos sus poderes, las alas se le cayeron y empezó a jugar como un bicho intoxicado con insecticida. Su fama desapareció, la gente empezó a olvidarse de él, y el equipo en el que jugaba perdía partido tras partido y jamás llegaba a las finales. Una pesadilla completa. En una llamada que le hicimos con plata que pusimos todos los del combo, el hombrecito lo único que nos dijo en el aparato fue: "La nostalgia me está matando. No puedo más. Yo sólo sé jugar entre mi gente". Y para evitarse más explicaciones colgó sin despedirse.
Otro jugador nos informó que, en efecto, La Mosca se la pasaba en restaurantes colombianos bebiendo Manzana Postobón y Pony Malta hasta la madrugada, comiendo patacones, fríjoles, huevos con arroz, bocadillos veleños y arequipitos, y buscando en los canales latinos cualquier noticia sobre su país. Se engordó más de la cuenta y lo mandaron a chupar banca. Ya jugaba muy de vez en cuando y cuando lo hacía era un paquete completo. Al poco tiempo le cancelaron el contrato y el mancito se regresó jodido, sin un peso, desprestigiado y con una depresión crónica que lo obligó a internarse en una clínica psiquiátrica de la que ya no saldría jamás. Luego le comenzaron unos ataques y los médicos dijeron que el hombre sufría de una esquizofrenia con períodos paranoicos. Y el bacán que conocimos desapareció poco a poco, se esfumó, y en su lugar nos dejaron un paciente que se pasaba las semanas y los meses sentado frente a una pared sin decir nada.
Ahora solemos visitarlo los domingos en la sección de cuidados intensivos, le llevamos Colombiana y Chocoramo, y el hombre intenta sonreírnos, nos abraza con la tembladera típica que le producen el Sinogán y el Alopidol, y nos presenta a los otros enfermos de su sección. De la antigua Mosca no queda nada. Ahora es una alimaña repugnante que se arrastra por el patio de la clínica en busca de unos pocos rayos de sol. Y cuando le preguntamos si no extraña jugar un rato, si la redonda no lo visita en sueños, si no daría cualquier cosa por calzarse unos guayos y por pisar un campo recién cortado, si en medio de los ataques no ve jugadas maestras o camisetas de sus antiguos compañeros, si no quiere que le regalemos de Navidad o de cumpleaños una pecosa profesional para que patee unos minutos en un rincón del patio, el mancito se limpia las babas del labio inferior y nos dice: "No, muchachos, frescos, así está bien. El que jugaba fútbol se murió".
Y nosotros salimos a la calle con el ánimo por el suelo, y los lunes tenemos que regresar a unos trabajos de porquería que escasamente nos dan para comer, y sabemos, aunque nunca lo comentemos entre nosotros, que la única esperanza que teníamos de trascender nos la hicieron pedazos en el extranjero.

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