Buon giorno, buenos días. Este confesionario es para confesiones en español, como dice el letrero que está pegado en la columna de aquí al lado. No se asuste por estar oyendo una voz femenina. Está claro que no soy un sacerdote pero tampoco soy una monja ni la guía turística de esta iglesia. Me colé en el cubículo sin que nadie me dijera nada, y llevo aquí casi una hora escondida, con poco aire, esperando a que alguien se acerque con ganas de contar algo. Si usted hubiera llegado en otro momento habría podido confesarse normalmente y contar sus cosas. Ahora podrá oír cómo le cuento las mías. No quiero escribirlas, porque desde que vivo en Roma me ha cambiado la letra para peor. Antes yo escribía con letras separadas y ahora la letra me sale pegada. Cursiva. Y detesto la cursiva. En cambio, desde que vivo en Roma hablo mejor que antes.
En San Pedro, en un mosaico de la cúpula, hay un personaje que sostiene en la mano una pluma. La pluma mide dos metros, pero cuando uno la mira desde abajo, junto al baldaquino, parece que tuviera el tamaño natural de una pluma. ¿Todavía no ha visitado San Pedro? ¿Está en Roma por turismo? Si le hablo de los dos tamaños de la pluma es porque antes que nada hay que recordar que si se nos mira desde muy arriba o desde muy abajo, todos somos muy pequeños. Usted y yo cabemos en esta iglesia como una piedrita cabe en el riñón de un elefante y un astro en el sistema solar, de modo que el universo es infinito. Así que empecemos.
El papa Juan Pablo II se llama Karol Wojtyla. En su juventud fue aficionado al fútbol para caballeros y al teatro. Luego fue obispo de Cracovia. El fútbol para caballeros es el fútbol como usted lo conoce: un juego en el que participan un balón y dos equipos, de once jugadores cada uno. Las personas que van al estadio para asistir a un partido tienen que ver el juego desde muy lejos, porque el campo por el que corren los jugadores es demasiado ancho y largo para ser apreciado de cerca. Así que para mí es un milagro que los espectadores alcancen a ver dónde está el balón blanco y negro. No voy a explicarle cómo es el fútbol para damas, pues, según mi primo Esteban, ya hay suficientes personas que lo conocen. Cracovia es una ciudad de Polonia que tiene obispo.
En 1982 el Papa vio aquel partido Italia-Polonia que Italia ganó 2 a 0. Italia pasó a la final del mundial de España. Polonia no. El Papa empezó a preguntarse si no sería posible tener una selección de fútbol de El Vaticano que le ganara a Polonia pero también a Italia. Así me lo contó Esteban. En esa época yo era una niña, y en el laboratorio de mi colegio había un microscopio. Uno metía un pelo debajo del lente y lo veía transformado en otra cosa que era más que un pelo.
También por la época del mundial de España, la Iglesia estaba preocupada por la crisis de vocaciones. Crisis de vocaciones significaba que casi nadie quería hacerse cura ni monja. Desde hacía un tiempo, los pocos que querían hacerse curas o monjas eran habitantes de países pobres, pero desde hacía también un tiempo, esos habitantes con ganas de ser monjas y curas eran cada vez menos, pues las iglesias protestantes eran cada vez más grandes en América Latina. ¿Usted sabe lo que son los protestantes? El otro día, en Santa María sopra Minerva, una monja peruana que está loca me recomendó estar atenta: "Esté atenta y ni piense en moverse de aquí, pues un día todo este esplendor, mármol, bronce y agua de las fuentes, pertenecerá a nosotros los latinoamericanos".
Por todo eso (no por la loca, sino por la crisis de vocaciones y los protestantes), El Vaticano creó las becas de fútbol. Lo dice Esteban. Como no podía reclutar a jóvenes católicos que quisieran ser curas, la iglesia decidió reclutar a jóvenes pobres que creyeran tener vocación de futbolistas. Los traían a Roma para entrenar, y cada día después del entrenamiento (o antes, no sé) los obligaban a asistir a las clases del seminario. Y así llegamos al año de 1989, en el que el Papa se puso contento por la caída del comunismo.
Yo ya no era una niña. Me gradué de bachiller. Del colegio de monjas sólo me acuerdo del microscopio y del coro de la misa, en el que fingía cantar abriendo y cerrando la boca como un pez porque no me sabía las canciones. Fuera del colegio tenía un novio imaginario que decía "psicología" y "psistema".
Cinco años más tarde, de acuerdo con Esteban, el Papa seguía contento. No sé cómo, había ayudado a que se formaran un montón de países nuevos en Europa por lo del final del comunismo. Y en esos países había católicos como él. Pero el país más católico de todos seguía siendo El Vaticano. Lo malo era que a El Vaticano nadie lo tomaba en serio como país en sí. Para que me tomen más en serio, pensó El Vaticano, probaré a conformar la selección nacional de fútbol con la que sueña el Papa desde España 82, y para la que hay tantos candidatos entre los seminaristas futbolistas a quienes hemos estado trayendo a Roma.
En 1997 yo estaba cansada de vivir en Bogotá y me quería ir a otro país. No estaba cansada por la guerra ni por la inseguridad, ni por la envidia, sino cansada de cosas sin importancia. De los perros calientes que vendían junto a la escalera del Museo Nacional, y a los que cada vez les ponían más cosas. Primero les pusieron papas fritas rotas, cebolla picada, pepinillos, mostaza, salsa de tomate, salsa golf y mayonesa. Luego crema chantilly y mermelada. Luego, chispitas de chocolate. Yo quería salir de Bogotá antes de que a los "perros calientes con todo" les pusieran caca de perro de verdad. Así se lo dije a Esteban, que además de ser mi primo era ya medio mi novio.
Esteban me contó lo de las becas de fútbol que daba El Vaticano, y me explicó bien qué era el fútbol y cuáles eran sus detalles más delicados. Me propuso que nos fuéramos ambos a Roma, pero simulando que cada uno iba por su lado, porque él no podía aparecerse donde los curas del fútbol con una prima ni con media novia. Para convencerme, me dijo que en Europa todo era como en el futuro. Con el novio que decía "psicología" y "psistema", yo una vez había visto una película italiana en la Cinemateca Distrital. En ella había una madre de familia que gritaba: "Yo me mato, yo me mato. Les echo estricnina a todos en la sopa, y después me mato". Y al rato seguía como si nada. Yo quería volverme como esa italiana: desesperarme y luego quedarme como si nada. Debe ser por eso que le fue tan fácil a Esteban convencerme de venir.
Llegamos al aeropuerto de Fiumicino en marzo de 1998. Se me olvidaba que Esteban también hizo lo de la droga: quería aprovechar el viaje para traer cocaína, y esperó a que alguien le propusiera ser mula, pero no se lo propuso nadie. Entonces decidió hacer su cocaína él mismo, no sé cómo ni con qué hierbas. Creo que vi la masa que fabricó. La transportó dentro de su balón de fútbol, que no resultaba sospechoso ya que pertenecía a un aspirante a futbolista auténtico. Esteban me dijo que nunca supo a quién venderle la droga.
Del aeropuerto se lo llevaron directamente al seminario en una furgoneta. Yo me quedé en una pensión de monjas que las monjas de mi antiguo colegio me habían recomendado, y me pregunté angustiada qué iba a hacer de ahí en adelante, especialmente por las noches.
Por las noches, soñaba que conseguía trabajo limpiando iglesias, pues en Roma había 900 iglesias, y alguien tenía que limpiarlas. Pero al parecer, para convertirse en limpiadora de iglesias había que hacerse monja, tal como había que hacerse seminarista para ser futbolista. Así que, después de soñar, trabajaba durante todo el día limpiando mi pensión. El domingo veía el fútbol por televisión para acordarme de Esteban, y el fútbol me parecía tan aburrido como la misa del colegio.
Esteban me llamaba desde una cabina y decía que en un domingo no lejano, misa y partido de fútbol se unirían para no volverse a separar. La selección de El Vaticano, que era aún un secreto para el mundo, entrenaba en un miniestadio que se llamaba Borromini. Era un estadio en perspectiva, un estadio de trampantojo. Si uno lo miraba desde la portería parecía tan largo como si fuera de verdad, pero en realidad era doce veces más corto que un estadio real. No era óptimo para entrenar, pero sí para conservar el secreto y para caber en el país más pequeño del mundo.
El único día que vi a Esteban desde que llegamos a Roma fue un viernes en que él dijo que se había escapado del entrenamiento para verme. Nos encontramos a la entrada de San Pedro. Le pregunté si había en El Vaticano un equipo femenino de fútbol, y si yo podría apuntarme. Él me preguntó cómo se me ocurría que hubiera en la iglesia mujeres futbolistas si ni siquiera había confesoras. Me quedé junto al baldaquino, viendo la pluma gigantesca del mosaico mientras él subía a lo más alto de la cúpula, dizque para pegar la calcomanía de su equipo de fútbol allá arriba. No sé qué habrá ido a pegar en realidad, porque nunca volvió a donde yo me quedé esperándolo.
En el otoño del 2000 me llamó por última vez y me contó que el Papa había asistido a un partido en el Estadio Olímpico de Roma para inaugurar el Jubileo de los Deportistas, y que antes del partido había rezado el Ángelus. Lo leí en el periódico y supe que era cierto. Luego dijo que el equipo de El Vaticano ya era el campeón secreto de Europa, y que pronto sería el campeón manifiesto. Pero llegó el mundial del 2002, y yo no vi que jugara ninguna selección vaticana. Ya estaba claro que algunas cosas de las que mi primo decía eran mentiras, y yo no sabía qué creerle. Ni sabía tampoco para qué me había convencido de que lo acompañara en el viaje a Roma, si no íbamos a vernos siquiera. Habrá sido por pura maldad. O por pura bondad, pues la verdad es que yo en Roma estoy cada vez más contenta hablándole a usted.

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