Por si te queda alguna duda, has de saber que los auténticos quirománticos tenemos algunas marcas. Si te das cuenta, Danielita, mis dos palmas son idénticas. En ambas, los ríos del Corazón y de la Cabeza se unen en la mitad del camino por un doble puente en forma de equis; si tuvieras las dos palmas iguales a las mías, significaría que podrías penetrar los secretos de la quiromancia, pero ese es un privilegio que pocos tenemos en este mundo. Yo tuve que viajar por todo el planeta y conocer más de cincuenta países para que finalmente en un campamento de la frontera de Tanzania y Mozambique, Pierre Corti, un francés que hacía safaris fotográficos en la meseta del Masai-Mara se diera cuenta de que las palmas de mis dos manos eran idénticas. "Es un caso entre un millón", gritó entusiasmado. Luego me explicó que en el mundo somos unos tres mil privilegiados, pero solo un diez por ciento se da cuenta, y de esos, solo la mitad llega a enterarse de lo que significa. O sea, que somos a lo sumo unos ciento cincuenta los quirománticos autorizados para hacer la interpretación acertada. Yo, que siempre anduve por este mundo quejándome de la mala suerte, resulté ser el ganador de un premio gordo en la lotería genética. Más tarde, una escanografía ratificó lo que ya sabía: en mi cerebro, el hemisferio derecho y el hemisferio izquierdo están conectados como ninguno. La ciencia profana no hizo más que confirmar lo que podés ver en mi palma, y es lo bien que se tocan el Río del Corazón y el Río de la Cabeza: sin interferencias ni mezcolanzas barrocas. Cada cual muy en lo suyo, pero enviándose mensajes con la rapidez que exigen estos tiempos, vos me entendés. Cada cual guardando la compostura, pero dispuestos a cruzar información llegado el momento. Digamos, como dos seres que siguen cada cual su camino, pero que el destino quiere juntar durante un momento de gloria, y luego refundir en la batahola de la vida. Porque para ser un buen quiromántico se necesita cerebro, pero también corazón. De la buena conexión de ambos, surge la intuición; y de la intuición, el olfato para saber por dónde va el agua al molino. Tengo buena mano para la leer la buenaventura, como le decían antes a la quiromancia. Mano de santo, como diría mi tía Delia, la de Tucumán. Lo que vaticino, son pocas cosas, pero se cumplen; especialmente, los vaticinios amorosos Homo sum: humani nihil e me alienum puto. En tratándose de manos, de todo he visto con estos ojos. Pero vinimos a hablar de ti, no de mí. Sírveme, por favor, otro trago. Si se te va la mano, Danielita, no importa. Salud.
A ver, Danielita: estirá el pulgar hacia un lado, lo más que podás, y juntá los demás dedos, así. Impresionante. Tenés uno de los montes de Venus más altos, anchos y poblados que yo haya visto. En toda la zona hay dibujados tres ríos, una gran altiplanicie y cuatro lunares, ubicados en la parte más alta del monte, con vista sobre toda la superficie. Son cuatro fortalezas que vigilan y dominan el reino. Significa que tu vida sexual es la que rige el resto de tus acciones, y es donde debés pagar los tributos que sean necesarios. Luego te explico. Veamos la consistencia de la piel. Qué bárbaro. Apenas se siente el hueso. Carnosidad. Consistencia. La yema de mi pulgar siente que tu carne aquí es blanda, dócil. O sea que, en el fondo, no eres rígida en cuestiones de sensualidad. ¿Sí lo sos? Pues qué extraño, pues tu palma dice que no. A ver, cruzá un poco el pulgar sobre la palma y aflojá. Aflojá. ¿Ves? ¿Lo sentís? Justo aquí, puedo detectar un pequeño nódulo, cercano al Río de la Vida. Eso se traduce en que algunas veces te dará miedo dar rienda suelta a tu sensualidad. Cuando eso ocurra, Daniela, simplemente te rascás con el dedo corazón de la mano derecha media docena de segundos, así como yo lo estoy haciendo, y ya está.
Pero sigamos. En tu mano, el Río de la Cabeza no nace en las estribaciones del Monte de la Luna, sino muy lejos, por aquí, fíjate. Es un río que se sale de madre cada dos pasos. Desordenado. Lleno de cañadas, ciénagas, brazos. Significa que la cabeza es tu enemigo, pero, por fortuna, tu corazón es grande. Con seguridad, la cabeza te da muchos problemas. Eso te sucede porque el valle que recorre es demasiado plano, y entonces el agua se desborda a lado y lado. Danielita, por lo visto, tu pensamiento tiende a divagar con frecuencia, te vas por las ramas. Examinemos la desembocadura. Observá que el Río de la Cabeza se deshace en minúsculos brazos, como el Delta del Nilo. Al final, los dos ríos, el de la Vida y el de la Cabeza, se unen en un mismo ramal. Quiere decir que al término de tu existencia podrás reconciliar el sentimiento y el raciocinio, y reconocerás con mucha placidez que tuviste razón en dejar fluir tu vida con la hondura deseada, cuando actuaste con las manos libres, sin que las torturas de tu pensamiento hicieran interferencia. Pasemos al Río del Corazón. Aunque en esas alturas es un hilo de agua, podemos decir que nace en una de las zonas más enmarañadas de la mano, cruzada por surcos que aquí se entrelazan como formando una estrella. Te aconsejo que, llegado el caso, le hagás caso a tus emociones. Te deparará los mejores momentos. Vivirás una experiencia excepcional. Tu corazón y tu cuerpo te pedirán que abras la compuerta de la pasión, contra lo cual nada podrá hacer tu cabeza. Dicho de otro modo: tu corazón tendrá que manejar la situación con mano fuerte. Non, nisi parendo, vincitur.
Veamos esta simpática media luna que traza el Río del Destino; según eso, eres una mina dispuesta a sacrificarlo todo, a saltar por encima de prejuicios y conveniencias para entregarse a los deleites del momento. Los nuevos quirománticos llamamos a esta línea que casi no se alcanza a ver si no es a contraluz, el Arroyo del Riesgo, y la tienen solo las personas muy osadas. Está muy cerca del Río de la Cabeza, que, en este caso, ejerce de nuevo su nociva influencia. Cómo te dijera. Digamos que tiene un efecto paralizante. En tu caso, el Río del Destino es largo, buen signo de lo dilatada que es tu inteligencia, pero el cauce del río es a veces desaparece. En verdad no es que se extinga, sino que se explaya hasta formar remansos tan extensos, que se confunden con la tierra. Son periodos en que tu juicio, mujer linda, por fin deja de funcionar para darles rienda solo a los dictados de tus impulsos. Una isla en el Río del Destino significa pasión carnal. Y aquí alcanzamos a ver un islote. Pronto vivirás un arrebato pasional, diferente al de tu novio, ese exitoso arquero que ha pedido tu mano. ¿Se llama Ricardo? Nada podrás hacer cuando se te presente la oportunidad; lo único que puedo desearte es que caigás en buenas manos. En seguida vemos una especie de surco incompleto bajo el Anillo de Mercurio. Es la Marca del Sigilo. Ves que corre paralela al Río del Corazón, acompañándolo en su trayecto más difícil. Es un consejo que te da la vida, en cuestión de amores. Podés vivir pasiones simultáneas, pero que tu mano derecha no sepa lo que hace tu izquierda, como quien dice.
Aquí, Danielita, podemos apreciar que entre el Monte de Venus y el Monte de la Luna se forma una llanura; bien en el fondo, hay un camino borroso, ¿lo alcanzás a ver? Es un inerme y escuálido, el pobre, y lucha por encaminarse al Monte del Sol, pero se le atraviesan, no sin crueldad, las aguas más turbulentas del Río de la Cabeza, otra vez el maldito, que a esa altura ya ha recibido nada menos que tres afluentes furiosos provenientes del Monte de Júpiter. El camino no se deja impresionar, y aquí, cuando parece que se adelgazara tanto hasta casi desaparecer, resulta que aparece al otro lado del río, más robusto y con mejor talante; con ganas de medírsele a la Cuesta del Sol sin dejarse intimidar. Lo dicho, Danielita, podrás ser feliz si no pensás tanto las cosas, sino que actuás.
Veamos qué más ocurre en esta linda mano. En este lado tenemos una quebrada que se desprende decidida desde el Monte de Júpiter hacia el Río del Corazón, pero parece arrepentirse a tiempo; saca la mano, como dirías vos, y detiene su curso en la zona que antes llamaban el Anillo de Salomón y ahora nosotros denominamos Bahía de Noroeste. Esta quebradita es prudente y sabe que más le vale, pues de otro modo hubiera sido la culpable eterna de un descalabro en tu vida. Su frenazo a tiempo te evitó una herida en el alma: un boquete por donde se te hubiera salido todo el sentimiento a borbotones, inundando con sus ramales la bahía y echando a perder la limpia placidez que desde aquí se alcanza a notar. Gracias a la ponderación de la quebrada, ésta es la zona más despejada de tu palma, sin accidentes a la vista y con la altura ideal para contemplar sin preocupaciones el alboroto que hacen abajo, a la distancia, las desembocadura del Río de la Vida.
Debo felicitarte, Danielita: esta liniecita, perdón, este hilito de agua, con aires de insignificante, es nada menos que el Río de la Lascivia, que los antiguos quirománticos llamaban la línea de la lujuria; muy bien delineada, por cierto. Se da en muy pocos casos. Aquí veo que el río hace una giro abajo y se encamina entusiasta hacia el Monte de Venus. Eres en verdad privilegiada. Mil felicitaciones. Pertenecés al grupo de las predilectas de la fortuna. La dirección hacia el Monte de Venus significa que, cuando llegue el momento, podrías hacer de los placeres corporales una religión. Para eso necesitás que te acompañe un sacerdote, un iniciador, que es lo que podemos distinguir justo aquí, en esta minúscula peca que se anuncia en la subida al costado sur del Monte de Apolo. En esto también eres afortunada. Pocos Montes de Apolo tienen su oráculo propio como el tuyo. Ven y te explico: oráculo es alguien que oye los dioses, y lo transmite a los humanos. Tú encontrarás en tu vida a alguien que se te adentrará por el oído y al que darás albergue en tu interior y se convertirá en tu guía, y en el que podrás confiar ciegamente. Es alguien diferente a Ricardo. A propósito:. Ricardo estará regresando de la gira de su equipo en el exterior en un mes, ¿cierto? Danielita, amor, si quieres, podemos destapar una nueva botella, que ésta ya se está acabando
Lo que te venía diciendo, Danielita, es que la topografía de tu mano te revela como una persona que siente de veras las palabras; a ti el amor no te entra por los ojos ni por el tacto, mucho menos por el olfato, sino por el oído. Te podés derretir cuando las palabras te llegan y derrumban todas las barreras que tú misma has erigido para defenderte de un mundo que te causa desconfianza. Quisieras que las palabras fueran como la música de trompetas que utilizó Josué para echar por tierra las murallas de Jericó. Tus murallas, Danielita, las echará por tierra el hombre que con imaginación, brillantez e inteligencia logre convencerte. Pero volvamos a tu linda mano. Date cuenta en las quebradas que bajan del Monte de Mercurio, corriendo a unirse en una sola antes de tocar la parte más ancha del Río del Corazón. Eso te hace receptiva a las personas que se aproximan y llegan a ti para enriquecer tu mundo y nutrirlo de experiencias sensoriales de gran poder. Digamos, Danielita, que son visitantes que encajan a plenitud con los intereses de tu mundo, así no lo sepas con plena certeza en el momento de aproximación. Son como visitantes que no podrás detener, pues tienen una misión, que es la de saltar de mano en mano, si se me permite la expresión, ayudándole al prójimo a conocer los caminos de la vida. Como yo, Danielita. Dicho sea sin pretensiones.
Ahora debés poner tu palma en la mía. Un buen quiromántico también se conoce porque mide la temperatura y los niveles de humedad. Es la parte más difícil, pues ya no me basta lo que leo, sino en lo que palpo. La palma de la mano es como la tierra misma; no sólo tiene montes, valles y ríos, sino que la misma superficie, además de los surcos, posee consistencia, temperatura, niveles de sequedad, grados de humedad. Hay manos de piel seca y delgada, como pergaminos. Tu piel conserva la sequedad ideal, Danielita. Tibieza en toda la palma, y algunas gotas de justa humedad entre el Río de la Lujuria y el Río del Corazón, resbalando hacia el sur. Significa que estás a punto de abrirte, estás accediendo a la posibilidad de albergar un mundo que quiere meterse en tu interior para revelarte dimensiones que por ahora sólo presientes pero luego serán certezas entrañables, íntimas. A propósito: habrás notado cómo tu mano y la mía parecen entenderse a la perfección; no sólo encajan, sino que algunas partes se buscan y se reconocen. Tu Monte de Venus queda muy bien cubierto por el centro de mi mano. Nuestras manos ya se han hecho amigas.
Danielita, dulzura: la parte más sensible de tu mano, y a la que hay qué descubrir, está en la yema de alguno de estos tres dedos, que es lo que vamos a explorar; conforman un material muy fino, que sólo admite contactos delicados. Digamos que son como lagunas a punto del desborde y sobre las que solo podría caer la delicadeza de una nube muy ligera. Debo utilizar mi boca para percibir la aureola, la electricidad, la capacidad receptiva de tus dedos, que son como especies de antenas por las que se pueden escapar todas las buenas energías de tu cuerpo. Probemos, mujer linda. Relájate. Tocaré tus yemas con la punta de mi lengua, dejaré una capa de mi saliva, soplaré con suavidad. Así. De esa manera puedo para probar con mis labios la reacción de tus dedos, medir la temperatura. Necesito catar cada punta de tus dedos, mordisquearlas para medir su consistencia. Debo detenerme en el dedo pulgar, mi boca debe bajar hasta la primera falange, que es donde tiene asiento la voluntad, a la que debo dar la vuelta completa con mi lengua. Así. Y luego retirarme con la boca cerrada. Como quien chupa un caramelo. Ahora con el dedo índice. Bajemos hasta la segunda falange, que es la de la razón. Por último, debilitemos con mordiscos las dos primeras falanges del meñique, que es donde viven agazapadas la prudencia y la reflexión. Ahora contactaré con mi boca el centro de tu mano, besaré el anillo de Saturno, para luego hundir mis labios en tu hermosa Llanura de Marte. Fijate cómo tu piel entera me responde y tus dedos se crispan como una araña que recoge sus patas. Llego hasta el Monte de la Luna. Mi boca se desliza, cuesta abajo hasta la planicie central, y empiezo a recorrer el inicio de tu enmarañado Monte de Venus. Paseo de arriba abajo, me dejo resbalar hasta el vértice interno; refugio mi lengua en este par de pliegues, busco un albergue más escondido. Todo esto me dice que dentro de ti hay una mujer que quisiera ser descubierta. Veo que tu boca se abre y que tus párpados caen. Así, Danielita. Dejá que fluya tu emoción, no la reprimás.
Relajate, Danielita. Estarás de acuerdo conmigo de que es hora de dejar que tu cuerpo reciba todos mis homenajes. Quiero que soltés tus amarras. Estás en buenas manos, te repito. Ex abundantia cordis os loquitur. Uno habla de lo que está en el corazón, y el mío me dice que mis palabras son bien recibidas. Solo debés dejarte llevar por lo que tu cuerpo te dice. No pensés en nada, porque echarías a perder todo, y este es un momento único en tu vida. No podemos ser indignos del instante. De lo único que hay que arrepentirse en esta vida es de lo que no hacemos. ¿Ricardo? Ricardo nunca se enterará sencillamente porque tú no se lo contarás.
Desnudémonos para recorrer el resto de tu geografía con la demora de los viajeros sin prisas. Desde el primer momento en que te vi, Danielita, supe que eras hembra placentera. Que se me paralice la mano derecha si no es cierto. Pero es hora de callarnos y dejar que la piel y los deseos se entiendan. Danielita, vida mía, pasemos a tu dormitorio, pongámonos más cómodos. Finis coronat opus. Como te había dicho al comienzo, te sorprenderás con todo lo que somos capaces de hacer con estos cuerpos. No pensés en lo que puede ocurrir después. Una vez marcado el gol, el resto no importa: se lo podemos asignar a la mano de Dios.

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