El primero venía con un ojo golpeado y mi papá, que era bastante conocedor de estos asuntos, por poco lo devuelve. Y eso que para entonces mi papá estaba viejo, apenas podía ver por detrás de sus cataratas. Yo estaba muy nervioso y apenas miraba lo que pasaba a la distancia, sin meterme mucho.
Aparte, porque si me metía mi papá iba a pensar que estaba desconcentrándome, y me hubiera gritado delante de todo el mundo. Era estricto con estas cosas.
Cuando le daba por gritarme le temblaba la verruga esa que tenía en la frente y se le descolgaba un mechón de pelo que él sabía pegarse muy bien con la gomina. Llevaba siete meses diciéndome que lo más importante era estar concentrado, más cuando vas a pisar la arenera por primera vez y hay público mirándote y pendiente de ti. Por eso estaba más bien a la distancia, y ni miraba mientras mi papá le decía al señor del camión que ese viejo estaba bien cuando salió del ancianato, que se había pegado en el ojo en el camión, en alguna curva o algo. Que le tenía que responder.
Yo sé que a mi papá esas cosas lo molestaban mucho porque una vez también nos pasó que había llegado un viejo sangrando por la frente, y estaba muy débil y casi no era capaz de pararse en la arenera.
Se paraba, pero se caía. Y les tocaba a mi hermana o a mi primo Miguel ir a pararlo. Pero se le doblaban las rodillas y se iba para el piso. Y ahí el espectáculo sí se ve feo, se ve cruel.
Porque los viejos llegan bien débiles por los años, pero si están heridos ahí sí que todo se complica. Nadie les saca faena. Mi primo Miguel, que se las sabe todas porque desde que tenía seis años andaba persiguiendo viejos en la pradera, enfrentándolos y sacándoles gusto, dice que cuando las cosas están así, y el viejo viene rasgado en los párpados, que es la herida más común, o con las rodillas engarrotadas, nadie le saca nada. Uno puede pararse frente al viejo, zarandearlo con lentitud, amasarlo en la fusta o en las cuerdas, clavarle el arpón en el costado e irlo doblegando poco a poco.
Pero sacarle una faena, que la gente se entregue, que mi primo se compenetre con el viejo y lo ponga a correr con ritmo y suavidad, y le saque vida cuando ya nadie cree que tenga más, eso sí no se logra. Un anciano herido nunca da tanto.
Yo he visto a mi primo ante mucho ejemplar. Una vez lo vi frente a un caucásico de unos 93 años. Un ejemplar polaco. El viejo era el viejo más débil que yo había visto. Encima, no veía nada, tenía como una costra azul sobre los ojos. Una mierda el pobre viejo. Ya casi no andaba, tenía los huesos carcomidos. Carcomidos de verdad, porque en la enfermería que tiene la arenera, a donde luego los llevan o a donde termina uno si sale herido, yo vi cómo lo abría el médico y me mostraba los huesos. Estaban llenos de huecos, parecían un coral. Eran puro polvo. Con esos huesos, solo alguien como mi primo Miguel era capaz de sacarle algo. Y hay que ver lo que le sacó.
Esa vez, ante el polaco, entendí lo que era la belleza, como decía mi papá. Entendí de qué se trata todo esto. Es que son seres humanos muy viejos los que llegan, como vamos a serlo nosotros, si es que la vida nos deja. Llegan ya semimuertos. Medio enfermos. Sin nada de vida. Y uno los monta a la arenera, y empieza a asediarlos primero con la cuadrilla: los insulta, los rodea, los vuelve a insultar. En este punto el viejo no reacciona duro. Es muy difícil encontrar un viejo que con unos insultos te ataque. Al contrario: ves que le tiemblan los ojos y los labios, pero sabes que eso es más por cobardía que por coraje. O por miedo, porque en esta fase sienten miedo, hay que decirlo todo.
Pero eso pasa pronto. El que sabe de esto sabe cuánto demorarse en la fase de los insultos. Los insultos son apenas para calentar al viejo; para ir rompiéndole la costra esa de su vejez, y ayudarle a que empiece a encontrar al hombre que perdió hace años por allá abajo, detrás de todo ese cascarón, por debajo de toda esa tembladera.
Entonces hay que saber pasar pronto de los insultos al zarandeo. Mi primo Miguel no es amigo de demorarse mucho en el zarandeo. Dice que eso ahoga al viejo. Y que si uno lo hace muy fuerte, y no le ha logrado recuperar el vigor al viejo, lo puede dañar: le puede dañar un omoplato, por ejemplo, o partir la cabeza del fémur, que es una lesión común entre ancianos, y el viejo ya no te va a responder. Se va a quebrar del miedo. No va a ser capaz de reaccionar. Y ahí se te acaba lo que tenía por entregarte, no vas a hacer nada con él: es un anciano herido en plena arenera, no un viejo al que le sacaste vida de donde ya no tenía. Mi papá lo explicaba mucho mejor que yo.
Mi papá sabía hablar muy bien. Decía que nuestro arte consiste en rebullir al joven que todo anciano tiene por dentro; en encontrarle el vigor que perdió para que muera lindo.
Recibes un viejo medio muerto, un vegetal casi. Y con unos pases logras sacarle el último impulso de vida, un chorrión que ni el mismo viejo sabía que tenía por dentro. Si en el fondo los mismos ancianos lo deben agradecer. Mi papá decía que uno es como se muere, o algo así. Que el momento más importante de uno es cuando se muere. Y entonces quién dice: ¿es mejor morirse en una cama oxidada, abandonado por todo el mundo, lleno de dolores y de miedos, cagado y con una enfermera que te tenga que limpiar el culo, o morir así, en el combate, revitalizado, con gallardía y dignidad, como decía mi primo Miguel, y como si tuvieras 20 años y fueras un soldado valiente y no un viejo de mierda?
En todo caso, eso es después que les va saliendo a flote el joven arisco. Pero en estos primeros momentos, que todavía no ha salido, hay que tener cuidado, porque el viejo es débil y sobrepasarte con él puede ser dañar un ejemplar que tenía mucho para dar, mucha juventud por debajo.
Por eso mi primo Miguel no se demora mucho en el zarandeo. Apenas deja que su cuadrilla lo haga por unos pocos segundos. Casi pasa del insulto a la fusta.
Y de ahí a todo lo demás, las cuerdas, la venda, y así, hasta el arpón. Y luego a las manos para darle muerte.
El manejo del arpón es lo más difícil. Es a lo que le tengo más miedo. Y es lo que más he entrenado. Porque lo de las manos lo domino: ya sé ubicar fácil la médula, ya sé cómo torcerla para que el viejo no sufra y quede desgonzado en mis manos y lo pueda mostrar al público. Pero lo que me cuesta es lo de los arpones. Con los arpones uno les va trabajando lentamente la adrenalina que hace años que no sacan. Todo lo que has hecho antes es humillarlos para que esa humillación se les convierta en vida ahora, con los arpones. Ahí es que les sale toda esa humillación hecha furia, rabia, belleza. Esa es la idea, al menos. Ahí el viejo te persigue, te corre. Y tú tienes que compenetrarte con él, con suavidad. Que te corra pero que no te alcance: que casi te toque con los dedos, y tú corres, serpenteas, y el viejo va detrás de ti como si fuera tu vagón, y la gente se revienta de tanto aplaudir.
Pero eso es luego del arpón. Con el arpón uno los chuza en el costillar sin que la herida se les vaya hondo. Porque se te va hondo y los matas. Eso es lo que mi papá llama la sutileza de nuestro arte. Mi papá decía que el hombre del común no sabe de heridas, que siempre que hiere es para matar y no para revivir a la gente, que en cambio los que nos dedicamos a esto entendemos que las heridas nunca pueden ser iguales. Hay grados. Es lo primero que le dicen a uno en las clases de teoría. Y de allí ya sabe uno hasta dónde meter el arpón para que rasgue sin matar. Para que duela sin desgastar. Para que estimule, no para que canse. Porque tiene que ser una herida que en vez de quitarle vida al viejo, se la devuelva. Y en eso consiste todo. Si entiendes eso, entiendes todo y consigues la verdad, como decía mi papá.
Claro que yo no pensaba en nada de esto cuando estaban bajando al primer viejo del camión. Yo apenas trataba de oír qué discutía mi papá con el del camión, y trataba de ver a la distancia qué tan dañado traía el ojo el viejo.
Era un moreno de unos 76 años, bien brioso, y tenía el párpado rasgado y con sangre, y yo me dije: así no me le paro a este viejo. Así no lo saco a la arenera. Es mi debut y no voy a hacer de esto una carnicería: quiero que a mi primer viejo lo pueda recordar hasta que me muera.
Hasta que me muera. Y ojalá me muera yo también de viejo y en la arenera, dando espectáculo, muriéndome macho y arisco: peleando por la vida y no acurrucado y en un catre. Yo también. Que la vida me permita morir como iba a morir el moreno.
Mi papá le peleaba al camionero y le decía que ese viejo así no servía para nada, que se lo pagara o que hablaba con el ancianato para que entonces a los viejos los trajera otra persona.
Total que quitaron al viejo, lo sentaron a un lado y el pobre viejo se agarraba el ojo. Suéltelo que se lo va a infectar, le dijo mi papá, y llamó al encargado de la enfermería para que se lo llevara.
Entonces vi enterito todo el lote bajarse del camión. Eran unos siete viejos más. Uno negro grande, pero muy joven. No tendría 65 años, y era muy peligroso, porque venía con las manos amarradas. Seguro era un terminal, o algo así, porque el convenio con el ancianato es que los manden ya mayores, mucho mayores, porque esa es la gracia. A ese negro no iba a ser yo quien se le iba a meter. Ni bruto que fuera.
El mayoral los iba halando de un lazo del que todos venían amarrados por el cuello, los iba metiendo al lote, y los viejos se iban sentando en el piso. Y ahí lo vi y dije: ese es el mío.
No se lo conté inmediatamente a mi papá, pero ya sabía que ese iba a ser el de mi estreno. Era un viejo bajito, calvo, caucásico. Tenía manchas en la piel, sobre todo en las extremidades. No le noté cojera ni nada semejante. Pesaría unos 73 kilos. Después supe, cuando sacaron el cartel, que me había pasado por un kilo y que tenía 81 años.
Sacarle vida al negro de 65 años no era arte, porque todavía la tenía, y bastante. Pero este viejo estaba en el límite. Era el perfecto para una faena. Así me lo había soñado.
El tipo del camión aceptó devolverse con el viejo que mi papá había rechazado, y lo metió de vuelta a la carpa: yo lo vi subirse por la rampa, con el ojo con sangre seca, y sentarse ahí mismo, sobre las latas cagadas.
Huele mal a veces todo este oficio, pero uno se acostumbra. Huele mal, porque los seres humanos olemos mal cuando estamos viejos, y porque los seres humanos soltamos los esfínteres cuando estamos viejos, y este oficio se hace con viejos. Y claro: un viaje de estos, del ancianato a esta arenera, siempre dura sus tres horas. Se alcanzan a cagar bastante los pobres viejos apiñados ahí atrás, todos zarandeados por las vueltas de la carretera. A veces se pelean entre ellos y se dañan los unos a los otros. Pero generalmente el problema no es tanto ese, porque a los briosos los echan con las manos amarradas, como al negro, sino que se lesionan cuando hay un timonazo o así: no se tienen, tienen esos músculos sin nada de fuerzas.
Lo vi de pie, blanco, encorvado, canoso, bello. Con esas manchas extrañas en las orejas y bajo los párpados y alrededor de la boca. Se sentó con los demás en el lote y lo seguí viendo: buena osamenta, aparentemente buena visión, ya sordo, me imagino, porque se les arrimaba mucho a los otros viejos cuando le hablaban.
Mi papá ordenó que me metiera ya para que me vistieran, que la gente ya estaba llegando y que debía estar listo y concentrado pronto.
Juro que mientras me vestían, tenía la cara del viejo presente, con esas manchas que daban el efecto de que tuviera un camuflaje, y me imaginaba todo lo que le haría: veía con mucha claridad que lo iba a insultar cerca a las graderías, no más de tres o cuatro veces, no se fuera a morir de un infarto; veía que le iba a decir a Jairo y a José, solo a ellos dos, de mi cuadrilla, que se acercaran para que lo zarandeáramos entre los tres. Veía que les iba a pedir a ambos que se retiraran, y que me iba a llevar al viejo con suaves empujones, al centro de la arenera, para que todos vieran la faena. Le iba a sacar allí mismo el arpón y le iba a decir: "Ea, viejo, ea, ea". Me imaginaba la cara de susto cuando yo sacara el arpón, de pánico cuando me le acercara, de horror ante el primer puyazo, siempre en el costado derecho, en el costillar; y luego rápidamente el segundo, en el hombro derecho, así como un rayón, como un relámpago, como dice mi papá, hacerle esas dos heridas, y ahí mismo dar dos pasos atrás, para que el viejo capte lo que le está pasando y el miedo empiece a surtirse de adrenalina. Y ahí, otra vez: ea, ea, viejo, y lanzársele otra vez para darle el tercer pinchazo en la espalda.
Si el viejo no se caía ahí, si tenía esa nobleza, la faena era mía. Si se caía, iba a pedir ahí mismo la fusta para írmele de frente y obligarlo a que se pusiera de pie.
Pero pongamos que no, que el viejo es noble y que puedo posponer la fusta: las heridas deben tener cada una un hilito de sangre, y el viejo debe empezar a gritar ya no de horror sino de rabia. Si eso pasa, le caigo con el arpón en la tetilla: pero con picardía, metiéndome y saliéndome de su alcance con un mismo movimiento.
Allí el viejo se revienta de la rabia, eso es seguro, porque ya está picoteado, ya pierde el miedo, y deja de pensar en que le hacen daño y empieza a pensar en cómo hacer daño él. Mejor dicho, ahí ya se le sale el instinto de la defensa, de atacar para defenderse. Y empieza el correteo, a perseguirme, y yo para eso sí soy bueno: si eso pasa, ahí la plaza es mía.
Pongamos que el viejo aguanta, entonces, y le da rabia y empieza la faena de ataque: pido las cuerdas, dejo que me corretee, me le volteo y le pongo la cuerda por encima, que baje hasta los tobillos y ahí la cierro.
Estaba pensando en cómo seguir ahí, si de una vez arrastrarlo con suavidad, o si irlo llevando a tirones. Yo creo que lo arrastro una vuelta, pido la fusta, le doy tres veces, máximo cuatro, porque el viejo a estas alturas se me puede morir si le doy más, y ahí sí lo suelto: si todo sale bien, el viejo a estas alturas debe estar furioso, la humillación ya se le volvió pánico, el pánico ya se le volvió rabia, la rabia ya se le volvió orgullo, y está en el punto justo: todo se ha hecho para cuajar dentro de él este estado, este momento de ánimo, y ahí el viejo empieza a atacar con la dignidad que quitan los años. Si es así, les hago una seña a José o a Jairo para que le boten el garfio, que es un palo largo que tiene un garfio en la punta; yo boto la fusta, y quedamos el viejo y yo. El viejo armado y furioso, viviendo su estado de rabia, hecho un viejo salvaje, irracional, desaprendido, como si hubiera crecido en la selva: y yo, sin más armas que mis manos. Y ese es el momento de esplendor, como decía mi papá: el anciano salvaje y el hombre que lo provoca, que lo cerca, que lo vence sin armas; el viejo inundado de juventud, tan vital como cuando tenía 20 años; entregado a sus instintos más elementales, a lo básico, para defenderse con un arma. Ahí los dos, en la llanura de la plaza: el viejo correteándome, y yo sabiéndolo llevar, provocándolo, dejando que crea que me va a alcanzar y entonces dando un par de pasos más, y así: el viejo salvaje detrás de mí, compenetrado con el ritmo del trote que yo le ponga, el sol en las graderías, la gente feliz.
Estaba pensando en todo eso o, para decirlo en palabras de mi papá, estaba concentrado, cuando Jairo me preguntó cuál color de traje quería. Regresé a la realidad. Oí el murmullo de la gente que llenaba las gradas. Antes de que me acabaran de vestir, papá entró.
-¿Le gustó alguno? -me preguntó, serio como era.
-Sí, papá -le dije-. Vi uno bajito, manchado. Caucásico.
-Ese es el vasco. Lo trajeron de España. Tiene vitiligo. Ojo con el fémur izquierdo, ya lo operaron una vez.
Papá me dio la bendición. Antes de salir del cuarto, se volteó:
-Es un ejemplar bellísimo. Fue muy costoso traerlo. Sáquele todo lo que tiene.
Yo creo que eso influyó para lo que pasó después. Que entrara papá, que me dijera esas palabras que al final me pusieron nervioso. Ahora que lo veo desde acá, creo que eso influyó de verdad.
Cuando el zumbido de la gente en las graderías era insoportable, y yo ya estaba vestido, todo pasó muy rápido. Salía por el corredor oscuro, veía la luz del ruedo al final, me temblaban un poco las piernas a cada paso, y caminaba automáticamente, como si caminara otra persona, y no era capaz de pensar en nada de lo que había pensado mil veces, el manejo del arpón, el insulto, nada: todo lo tenía revuelto, y sentía cosquillas en la barriga, no sé si de miedo, de ansiedad o de qué.
Cuando pisé la plaza y la gente me aplaudió y sentí la luz en los ojos, no puedo decir que me tranquilicé, pero sí me sentí mejor. Como que recuperaba la conciencia y me decía: bueno, a lo que viniste, te llegó tu momento.
Es de esas cosas en las que uno entiende para qué se ha preparado. En que todas las cosas de la vida toman sentido.
Fue rápido el momento de quiebre, pero pasó esto: pasó que yo salí, que la gente de las gradas se ponía de pie, porque la expectativa de la tarde era mi estreno; me aplaudían, me tiraban gritos de ánimo, todo.
Me acuerdo bien que me fui a un tablón, pedí una botella de agua e hice un buche. Moví la cabeza de un lado al otro para aflojar los músculos del cuello, y me quedé mirando fijamente la puerta del nacimiento, que es por donde entran los viejos a la arenera.
Y ahí lo vi asomar: con esas manchas raras, esa joroba pequeña, caminando con pasos muy cortos, medio doblado y con una mano en la cadera.
Yo le admiré la belleza y la gente de las gradas hizo lo mismo, porque todos aplaudían durísimo: sabían que era un ejemplar perfecto para mi estreno, sabían que iban a ver un espectáculo hermosísimo.
El viejo caminó desorientado, con susto, hasta el centro de la arenera. Le temblaba la boca, eso sí lo vi.
Entonces pasó lo que le dio la vuelta a la historia: no habría dado más de tres o cuatro pasos cuando hizo una mueca extrañísima, le empezó a salir una babaza por la boca, se llevó la mano al pecho y ahí mismo, delante de todos, se desplomó al piso y empezó a convulsionar.
Me acuerdo que mi papá le gritó al médico que entrara, y que cuando el médico entró el viejo ya no tenía esa epilepsia rara que le había dado, ya estaba quieto totalmente.
Algo le había dado. Como un infarto, o algo. Pero el caso es que el viejo estaba ahí tirado en la arenera, todo muerto.
Me quedé metido en la tabla todavía, y nunca antes me había sentido tan asustado.
Me acuerdo que mi papá reaccionó y ordenó que trajeran otro ejemplar. Me alcanzó a preguntar si había visto otro que me gustara y yo apenas le dije que cualquiera menos el negro, que el negro brioso no.
Asintió y se fue a traerme otro ejemplar del lote.
Yo supe en persona hasta aquí. De acá en adelante me lo han contado varias veces, con muchos detalles, porque pregunté mil veces lo mismo, y cada vez pedía más detalles. Ahora ya no pregunto. Ahora estoy más tranquilo.
El punto es que cuando mi papá llegó al lote, encontró a todos los viejos arrumados, los unos sobre los otros, completamente desgonzados.
El mayoral del lote, que era el encargado de cuidarlos, le dijo en ese momento lo que nos ha dicho a todos cada vez que le pedimos que nos vuelva a contar cómo pasaron las cosas. Le dijo que los viejos empezaron a quejarse, echaron casi al tiempo una babaza verde por la boca, una espuma, y les entró una tembladera, y allí mismo se desgonzaron y se cayeron: los seis viejos al tiempo, todos muertos. Hasta el negro: ese también. Todos muertos.
De forma que cuando mi papá fue allí, al lote, a escogerme un anciano de reemplazo, vio a todos esos viejos muertos, caídos sobre su propia mierda, doblados entre el aserrín que les ponen en el piso para que no les dé frío.
Yo no sabía nada en ese momento. Yo estaba en la tabla de la arenera esperando a que me soltaran otro anciano; mirando hacia la puerta, tomando aire y repasando insultos, zarandeo, arpón, cuerdas y fusta: todo. Estaba concentrado, mejor dicho.
No sé cuánto habrá pasado hasta que me llegó la noticia. No mucho, me imagino. Pero para mí fue eterno, porque estar allí, pensando en qué iba a pasar, mirando cómo la gente de las gradas se iba desesperando y empezaba a gritar que qué pasa, que suelten al primer viejo, no era fácil.
Entonces la gente se calmó de un momento a otro porque la puerta de nacimiento, donde salen los viejos, se abrió. Yo apenas me acomodé mejor los zapatos y me eché la bendición. Por eso no lo pude ver de entrada, sino cuando me reacomodé ya listo para saltar a la arenera.
Lo vi de frente, mirándome a los ojos. Listo para que yo saltara a insultarlo.
Y yo hice eso, qué más podía hacer: era mi estreno, en mí estaba que esta tradición de la familia no parara. Claro: ahora algunos tratan de juzgarme. Pero yo sé que eso era lo que él quería: que hiciera lo que hice. Que saltara a la arenera. Que lo mirara de frente: frente a frente para verlo como lo vi; ver que le temblaba la verruga, que se le desprendía el mechón de pelo de la frente, que caminaba hasta el centro de la arenera para que yo me le acercara con Jairo y José y lo insultáramos; que se quedaba ahí, mirándome, para que yo le hiciera fluir la rabia, la juventud, el arte, la belleza, la muerte.

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