-Las cosas ocultas pronto pasan a ser peligrosas.
Rafael Llopis, "El cuento de terror".A Graciela no le resultó difícil con vencerme de acompañarla a visitar las últimas ruinas, medio sepultadas bajo la espesura de la selva. Hablé con el guía que nos llevó a Tulum -me explicó después de la comida, mientras tomábamos un ron en la pequeña terraza del cuarto -. Dice que hay unas estelas y una vista del mar aún más espectaculares.
-Eso ya sería mucho -comenté con una risita.
-Nos recoge un taxi, nos lleva a un sitio y después subimos una loma.
-¿Y no necesitaríamos botas o algo por el estilo? -pregunté, consciente de lanzar una última defensa.
Graciela no dijo nada y se limitó a beber del vaso con sorbitos cortos, como si lo catara. Escuché el televisor. José y Mauricio veían un partido, echados en la cama doble. Sonia leía en uno de los sillones y en el cuarto de al lado Ignacio, el esposo de Graciela, acompañaba a su hija de seis años, Juana.
-Ignacio no quiere dejar sola a Juana y sé que tus hijos prefieren quedarse en la playa.
Suspiré. Quería decirle a Graciela que lo que habíamos visto en Tulum, dos días atrás, era un prodigio más que suficiente, pero se adelantó con nuevo ímpetu:
-Solo nos quedan dos días aquí.Tú sabes el esfuerzo que tuvimos que hacer para venir.Dentro de poco, además, el turismo habrá devorado todo esto.No es muy lejos. El guía aseguró que estaríamos de vuelta antes de la seis de la tarde.
Para animarme, agregó que en este último recorrido podía encontrar algo extraordinario que ofrecerles a mis alumnos, un relato que los despertara de su tedio obligado. Estuve de acuerdo, aunque la verdad era que deseaba quedarme por los lados del hotel. Tenía la misma sensación que me dejaba una de esas invitaciones a los encuentros con antiguos compañeros de colegio, aniversarios agotadores donde había que aplaudir chistes ya sin gracia.
Más tarde, mientras me limpiaba la cara, recordé que Graciela contó que los constructores de estas ruinas predijeron con exactitud todos los eclipses solares visibles. Entendí que ese pronóstico, vigente para siempre, lo habían alcanzado no por rigor científico sino por una especie de necesidad fantástica, pues, con los eclipses, ejércitos de seres temibles bajaban a la Tierra y ponían en peligro a la humanidad. Por esa amenaza irremediable, tenían que estar preparados con suficiente antelación.
Así que el taxi nos recogió a la una. Era un modelo viejo y grande y lo conducía un hombre sin mucho cuerpo, que nos saludó y abrió la puerta con un ligero movimiento de cabeza. Graciela y yo nos acomodamos en la silla de atrás, mientras que el guía acompañó al conductor adelante. Sonia se acercó al auto y se despidió con un golpecito en el vidrio de la ventana, le mandé un beso y arrancamos.
Un par de kilómetros después de salir, tomamos por una carretera recta y sin mucho tráfico. Graciela miraba hacia fuera, atenta a la vegetación bajita, un paisaje más o menos árido, donde aparecían, de un momento a otro, largas extensiones de una arena oscura. Los dos hombres intercambiaban de vez en cuando palabras inaudibles, sin dejar de mirar al frente. Imaginé que hablaban del bochorno creciente, de las nubes que se movían en el aire. Recosté la cabeza contra el vidrio y no pude reprimir un bostezo largo. Graciela volteó a mirarme y me rozó la mano. Como sucedía siempre que viajaba en carro, me quedé dormida pronto.
Graciela me despertó con un suave apretón en el hombro. Sentí la boca seca y las manos frías. El sol alumbraba fuerte y vi al guía y al conductor conversar afuera, a unos metros de la parte delantera del taxi. Me llamó la atención que el conductor negara con la cabeza varias veces, con vehemencia, como si escuchara una propuesta inaudita.
-Llegamos -anunció Graciela-. Ahora seguimos a pie.
Descubrí que estábamos en una especie de caserío. Todas las casas eran de un piso y lo único sobresaliente era una valla de cerveza al lado de la carretera. Le pregunté al guía por un baño y señaló una puerta a mi izquierda. El gesto le salió brusco, pero supuse que fue una impresión falsa, deformada por la modorra que traía. Al entrar al sitio encontré a una niña, sentada en una banca, al lado de una nevera con gaseosas. Llevaba un vestido blanco como de tul y con encajes. Me miró sin parpadear y cuando le pregunté por el baño empezó a frotarse nerviosamente las manos. Imaginé que no entendía español y se asustaba.
Eché un vistazo alrededor y me acerqué despacio a una puerta azul. El inodoro estaba casi pegado a la pared y del lavamanos, debajo de una ventana medio abierta, caía una gota. Traté de no pisar el charco y saqué uno de los kleenex que llevaba en el bolsillo. Después, mientras me echaba algo de agua en las manos, miré por el resquicio de la ventana. Entonces me encontré con una escena incomprensible: a unos diez metros de distancia, en una especie de patio con cabañas en ladrillo y cemento, con las dimensiones de las casas de muñecas, vi la figura de un hombre de espaldas, desnudo de la cintura para arriba, los hombros abultados, las piernas abiertas, los brazos cruzados adelante. Parecía vigilar desafiante a unas figuras imprecisas al fondo. Me moví un poco a la derecha y descubrí que se trataba de mujeres agachadas, que recogían algo invisible del piso. De las que alcancé a ver, casi todas llevaban camiseta y shorts y el pelo suelto. No se miraban entre sí e incluso algunas avanzaban con lentitud a gatas y sin levantar los ojos, absortas en esa tarea anormal.
El silencio que las acompañaba me estremeció. Quise ver hasta dónde llegaba el patio y cuántas más eran, pero cuando intenté abrir un poco más la ventana, las mujeres quedaron inmóviles y movieron los ojos en mi dirección. Alcancé a echarme para atrás antes de que el hombre volteara a mirar. De inmediato oí una voz baja y molesta. Después vinieron carreras cortas y varios quejidos, como los espasmos de un llanto. Quise saltar hasta la salida, pero estaba clavada a la pared. Unos golpecitos en la puerta y la voz de Graciela me sacaron de la inmovilidad.
-Tenemos que volver -le dije tomándola del brazo. Cuando cruzamos el salón, vi que la niña ya no estaba.
-¿Qué pasa? -preguntó Graciela.
-Acabo de ver algo. no sé.
-¿Algo cómo qué?
-Tenemos que alejarnos de aquí.
-Pero.
-Dile al guía que no me siento bien, que tenemos que regresar.
-Está bien, está bien, tranquilízate -contestó Graciela, tratando de zafarse. Me di cuenta de que la aferraba con fuerza, como si quisiera levantarla del piso.
Me subí al taxi y esperé. Vi a Graciela acercarse al guía. El hombre la escuchó sin dejar de mirarme y cuando ella terminó de hablar asintió con una sonrisita y levantó los hombros. Llamó al conductor. ¿Sabrían algo sobre las mujeres en el patio?
¿Y qué era exactamente lo que yo había presenciado al otro lado de la ventana? Volví a ver la escena pero no supe si podría describírsela a Graciela. Dudé si se había tratado de una alucinación, si le había adjudicado un carácter espantoso y apresurado a un episodio familiar, a los incidentes de un juego inofensivo. Pero no. Comprendí entonces que el terror me lo transmitió el gesto narcotizado de las mujeres, el deambular como de zombies amedrentados, el mutismo de esclavas sin lengua.
-El guía se queda -anunció Graciela cuando se acomodó a mi lado-. Quiere hacer una ofrenda.
Me tomó la mano. La sentí tan fría y sudorosa como la mía. Sonreímos al tiempo. Graciela estaba pálida y me subió un temblor en las piernas que desconocía. Cuando arrancamos de vuelta, no quise mirar hacia atrás y cerré los ojos.
-Después te cuento -le dije a Graciela, bajando la voz.
El taxi avanzó más lento que antes y no supe en qué momento me volví a dormir, pero cuando abrí los ojos el taxi se encontraba estacionado a un borde de la carretera. Con una especie de impacto en la sien descubrí que estaba sola. Salí de un salto y empecé a buscar a Graciela. Dudé si en efecto grité el nombre varias veces o si el llamado que me llegó como respuesta, desde la niebla y la oscuridad crecientes, lo escuché solo en la cabeza. En una de las vueltas alrededor del auto, descubrí entre los matorrales un pañuelo y la carterita que se ajustaba a la cintura para guardar los documentos y la plata. Estaba vacía. Mecánicamente subí de nuevo al taxi y cerré las puertas con seguro.
Entre los espasmos y las lágrimas vi que las llaves aún estaban puestas en el arranque. Alcancé a pensar que soñaba una broma, que reproducía un delirio ajeno. Salí de la cuneta, ignorando si aceleraba en la dirección correcta, si el llamado de Graciela era o no cada vez más audible, si la figura que se estrelló contra el taxi era el conductor, o el guía o el hombre del patio, o alguna criatura nacida quizás de un eclipse que nadie había previsto.

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