Yo lo miré a José, que estaba subido al techo del camión de Gonzali-to. Pobre, tenía la desilusión pintada en el rostro, mientras en puntas de pie trataba de ver más allá del portón y de la ruta. Pero nada: solamente el camino de tie-rra y, al fon-do, el ruido de los camiones. En ese momento se acercó el Bebé Grafo y, gastador como siem-pre, le gritó: "¡Che, Josesi-to!, ¿qué pasa que no viene el 'maes-tro'? ¿Será que arrugó para evitarse el papelón, vieji-to?". Josesito dejó de mirar la ruta y trató de contestar algo ocurrente, pero la rabia y la impo-tencia lo lanzaron a un tartamudeo penoso. El otro se dio vuelta, con una sonrisa sobradora colgada en la mejilla, y se alejó moviendo la cabe-za, como negando. Al fin, a Josesito se le destrabó la bronca en un concluyente "¡andálaputaquetepa-rió!", pero quedó momentá-neamente exhausto por el esfuer-zo.
Ahí se dio vuelta a mirarme, como implorando una frase que le ordenara de nuevo el universo. "Y ahora qué hacemos, decíme", me lanzó. Para Josesito, yo vengo a ser algo así como un oráculo pito-nístico, una suerte de profeta infalible con facultades místi-cas. Tal vez, pobre, porque soy la única persona que conoce que fue a la facultad. Más por compa-sión que por convencimiento, le contesté con tono tranquilizador: "Quedáte piola, Josesito, ya debe estar llegan-do". No muy satisfecho, volvió a mirar la ruta, murmurando algo sobre promesas incum-plidas.
Aproveché entonces para alejarme y reunirme con el resto de los mucha-chos. Estaban detrás de un arco, alguno vendán-dose, otro calzándose los botines, y un par haciendo jueguitos con una pelota medio ovalada. Menos brutos que Josesito, trataban de que no se les notaran los nervios. Pablo, mientras elongaba, me preguntó como al pasar: "Che, Carli-tos, ¿era seguro que venía, no? Mirá que después del barullo que arma-mos, si nos falla justo ahora...".
Para no desmoralizar a la tropa, me hice el convencido cuando le contesté: "Pero, muchachos, ¿no les dije que lo con-firmé por teléfono con la madre de él, en Buenos Aires?". El Bebé Grafo se acercó de nuevo desde el arco que ocupaban ellos: "Che, Carlos-, ¿me querés decir para qué armaron seme-jante bardo, si al final tu amigui-to ni si-quie-ra va a apor-tar?". En ese momento saltó Cañito, que había termina-do de atarse los cordones, y sin demasiado preámbulo lo mandó a la mierda. Pero el Bebé, cada vez más contento de nuestro nervio-sismo, no le llevó el apunte y me siguió buscan-do a mí: "En serio, Carlitos, me hiciste traer a los muchachos al divino botón, querido. Era más simple que me dijeras mirá, Bebé, no quiero que este año vuelvan a humillar-nos como los últimos nueve años, así que mejor suspendemos el desafío". Y adoptando un tono intimis-ta, me puso una mano en el hombro y, hablándome al oído, agregó: "Dale, Carlitos, ¿en serio pensaste que nos íbamos a tragar que el punto ese iba a venir-se desde Europa para jugar el desafío?". Más calien-te por sus verdades que por sus exageraciones, le con-testé de mal modo: "Y decíme, Bebé, si no se lo tragaron, ¿para qué hicie-ron semejante quilombo para prohibirnos que lo pusiéramos?: que profesionales no sirven, que solamente con los que viven en el barrio. Según vos, ni yo que me mudé al Centro podría haber jugado".
Habían sido arduas negociaciones, por cierto. El clásico se jugaba todos los años, para mediados de octubre, un año en cada barrio. Lo hacíamos desde pibes, desde los diez años. Una vuelta en mi casa, mi primo Ricardo, que vivía en el barrio de la Textil, se llenó la boca diciendo que ellos tenían un equipo invenci-ble, con camisetas y todo. Por princi-pio más que por convencimiento, salté ofendidísimo retrucándole que noso-tros, los de acá, los de la placita, sí teníamos un equipo de novela. Sellar el desafío fue cuestión de segundos. El viejo de Pablo nos consiguió las camisetas a último momen-to. Eran marro-nes con vivos amarillos y verdes. Un asco, bah. Pero peor hubiese sido no tenerlas. Ese día ganamos 12 a 7 (a los diez años, uno no se preocupa tanto de apretar la salida y el medio-campo, y salen partidos más abiertos, con muchos goles). Tito metió ocho. No sabían cómo pararlo. Creo que fue el primer partido que Tito jugó por algo. A los catorce, se fue a probar al club y lo ficharon ahí nomás, al toque. Igual, siguió viniendo al desa-fío hasta los veinte, cuando se fue a jugar a Europa. Entonces se nos vino la noche. Nosotros éramos todos matungos, pero nos bastaba tirársela a Tito para que inventara algo y nos sacara del paso. A los dieciséis, cuando empezaron a ponerse piernas fuer-tes, convocamos a un referí de la Federa-ción: el chino Takawara (era hijo de japoneses, pero para nosotros, y pese a sus protestas, era chino). Ricardo, que era el capitán de ellos, nos acusaba de coimeros: decía que ganá-bamos porque el chino andaba noviando con la hermana grande del Tanito, y que ella lo mandaba a bombear para nues-tro lado. Algo de razón tal vez tendría, pero lo cierto es que, con Tito, éramos siem-pre banca.
Cuando Tito se fue, la cosa se puso brava. Para colmo, al chino le salió un trabajo en Esquel y se fue a vivir allá (ya felizmente casado con la hermana del Tanito). Con árbitros menos sensibles a nuestras necesida-des, y sin Tito para que la mandara guardar, empezamos a perder como yeguas. Yo me fui a vivir a la Capital, y algún otro se tomó también el buque, pero, para octubre, la cita siempre fue de fierro. Ahí me di cuenta del verdadero valor de mis amigos. Desde la partida de Tito, perdimos al hilo seis años, empata-mos una vez, y perdi-mos otros tres consecutivos. Tuvimos que ser muy hombres para salir de la cancha año tras año con la canasta llena y estar siempre dispuestos a volver. Para colmo, para la época en que empezamos a perder, a algunos de nosotros, y también de ellos, se nos ocurrió llevar a las novias a hacer hinchada en los desafíos. Perder es terrible, pero perder con las minas miran-do era intolera-ble. Por lo menos, hace cuatro años, y gracias a un incidente menor entre las nuestras y las de ellos, prohi-bimos de común acuer-do la presencia de mujeres en el públi-co. Bah, directamente prohibimos el público. A mí se me ocu-rrió argüir que la pre-sión de afuera hacía más duros los encontro-nazos y exacerbaba las pasiones más bajas de los protagonis-tas. Y ellos, con el agrande de sus victo-rias inape-lables, nos dijeron que bueno, que de acuerdo, pero que al árbitro lo ponían ellos. Al final, acordamos hacer los parti-dos a puertas cerradas, y afrontamos la cuestión arbitral con un complejo sistema de elección de referís por ternas rotati-vas según el año, que aunque nos privó de ayudas interesantes, nos evitó bombeos innecesarios.
Igual, seguimos perdiendo. El año pasado, tras una nueva humillación, los muchachos me pidieron que hiciera "algo". No fueron muy explícitos, pero yo lo adiviné en sus caras. Por eso este año, cuando Tito me llamó para mi cumpleaños, me animé a pedirle la gauchada. Primero se mató de la risa de que le saliera con semejante cosa, pero, cuando le di las cifras finales de la estadística actualizada, se puso serio: 22 jugados, 10 ganados, 3 empatados, 9 perdi-dos. La conclusión era evidente: uno más y el colapso, la vergüenza, el oprobio sin límite de que los muertos esos nos empataran la estadísti-ca. Me dijo que lo llamara en tres días. Cuando volvi-mos a hablar me dijo que bueno, que no había problema, que le iba a decir a su vieja que fingiera un ataque al cora-zón para que lo dejaran venir desde Europa rapidito. Después ultimé los deta-lles con doña Hilda. Quedamos en hacerlo de canuto, por su-puesto, porque si se enteraban allá de que venía a la Argentina, en plena tempo-rada, para un desafío de barrio, se armaba la podrida.
A mi primo Ricardo igual se lo dije. No quería que se armara el tole tole el mismo día del partido. Hice bien, porque estuvimos dos semanas que sí que no, hasta que al final acep-ta-ron. No querían saber nada, pero bastó que el Tanito, en la última reunión, me murmurara a gritos un "dejá, Carlos, son una manga de cagones". Ahí nomás el Bebé Grafo, calentón como siempre, agarró viaje y dijo que sí, que estaba bien, que como el año pasado, el sábado 23 a las diez en el sindicato, que él reser-vaba la cancha, que nos iban a romper el traste como siempre, etcétera. Ricardo trató de hacerlo callar para encon-trar un resquicio que le permitiera seguir negociando. Pero fue inú-til. La palabra estaba dada, y el Tanito y el Bebé se amenaza-ban mutuamente con las torturas futbolísticas más aterradoras, mientras yo sonreía con cara de monaguillo.
Cuando el resto de los nuestros se enteró de la noti-cia, el plantel enfrentó la prueba con el optimismo rotundo que yo creía extingui-do para siempre. El sábado a las nueve llegaron todos juntos en el camión de Gonzalito. El único que se retra-só un poco fue Alberto, el arquero, que como la mujer estaba empezando el trabajo de parto esa mañana, se demoró entre que la llevó a la clínica y pudo convencerla de que se quedara con la vieja de ella. Ellos llegaron al rato, y se fueron a cam-biar detrás del arco que nosotros dejamos libre. Pero cuando faltaban diez minutos para la hora acordada, y Tito no daba señales de vida, se vino el Bebé por primera vez a buscar camorra. Por suerte, me avivé de hacerme el ofendido: le dije que el partido era a las diez y media y no a las diez, que qué se creía y que no jodiera. Lo miré al Tanito, que me cazó al vuelo y confirmó mi versión de los hechos. El Bebé negó una vez y otra, y lo llamó a Ricardo en su defensa. Por supuesto, Ricar-do se nos vino al humo gritando que la hora era a las diez y que nos dejáramos de joder. Ante la complejidad que iba adqui-riendo la cosa, con el Tanito juramos por nuestras madres y nues-tros hijos, por Dios y por la Patria, que la hora era diez y media, que en el café habíamos dicho diez y media, y que por teléfono habíamos confirmado diez y media, y que todavía faltaba más de media hora para las diez y media, y que se dejaran de romper con pavadas. Ante semejantes exhibiciones de convicción patriótico-religiosa, al final se fueron de nuevo a patear al otro arco, esperando que se hicie-ra la hora. Después, con el Tanito nos dimos ánimo mutuamente, tratando de persua-dirnos de que un par de juramen-tos tirados al voleo no podían ser demasiado perju-diciales para nuestras familias y nuestra salvación eterna.
Fue cuando lo mandé a Josesito a pararse arriba del camión, a ver si lo veía venir por el portón de la ruta, más por matar un poco la ansiedad que porque pensase seriamente en que fuese a venir. Es que para esa altura yo ya estaba con-vencido, en secreto, de que Tito nos había fallado. Había queda-do en venir el viernes a la mañana, y en llamarme cuando llegara a lo de su vieja. El martes marchaba todo sobre ruedas. En la radio comentaron que Tito se venía para Buenos Aires por problemas familiares, después del partido que jugaba el miér-coles por no sé qué copa. Pero el jueves, y también por la radio, me enteré de que su equipo, como había ganado, volvía a jugar el domingo, así que en el club le habían pedido que se quedara. Ese día hablé con doña Hilda, y me dijo que ella ya no podía hacer nada: si se suponía que estaba en terapia intensiva, no podía llamarlo para recordarle que tomara el avión del vier-nes.
El viernes les prohibí en casa que tocaran el teléfono: Tito podía llamar en cualquier momento. Pero Tito no aportó. A la noche, en la radio confirmaron que Tito jugaba el domin-go. No tuve ánimo ni para calentarme. Me ganó, en cam-bio, una tristeza infinita. En esos años, las veces que había venido Tito me había encantado comprobar que no se había engrupido ni por la plata ni por salir en los diarios. Se había casado con una tana, buena piba, y tenía dos chicos bárbaros. Yo le había arreglado la sucesión del viejo, sin cobrarle un mango, claro. Él siempre se acorda-ba de los cum-pleaños y llamaba puntual-mente. Cuando venía, se caía por mi casa con regalos, para mis viejos y mi mujer, como cual-quiera de los muchachos. Por eso, porque yo nunca le había pedido nada, me dolía tanto que me hubiese fallado justo para el desafío. Esa noche decidí que, si des-pués me llamaba para decirme que el partido de allá era dema-siado impor-tante y que por eso no había podido cum-plir, yo le iba a decir que no se hiciera problema. Pero lo tenía decidi-do: chau, Tito, moríte en paz. Aunque no lo hiciera por mí, no podía cagar impunemen-te a todos los muchachos. No podía dejar-nos así, que perdiéra-mos de nuevo y que nos empataran la estadística.
Al fin y al cabo, en el primer desafío, cuando era un flaquito escuálido por el que nadie daba dos mangos, y que nos venía so-brando (porque en esa época jugábamos en la canchita del corra-lón, que era de seis y un arquero), yo igual le dije vení, pibe, jugá adelante, que sos chiquito y si sos ligero capaz que la embocás. Por eso me dolía tanto que se abriera, y porque cuando se fue a probar al club, como no se animaba a ir solo, fuimos con Pablo y el Tanito; los cuatro, para que no se asusta-ra. Porque él decía y yo para qué voy a ir, si no conoz-co a nadie adentro, si no tengo palanca, y yo que dale, que no seas boludo, que vamos todos juntos así te da menos miedo. Y ahí nos fuimos, y el pobre de Pablo se tuvo que bancar que el técnico de las inferiores le dijera a los cinco minutos ¡salí, perro, a qué carajo viniste!, y el Tanito y yo tuvimos que pararlo a Tito que quiso que nos fuéramos todos ahí mismo, y decirle que volviera que el tipo lo miraba seguido. Nosotros dos, con el Tanito, duramos un tiempo y pico, pero después nos cambiaron y el guanaco ese nos dijo ta' bien, pibes, cual-quier cosa les hago avisar por el flaquito aquel que juega de nue-ve, nos dijo señalándolo a Tito que seguía en la cancha. Pero no nos importó, porque eso quería decir que sí, que Tito entraba, que Tito se quedaba, y nos dio tanta alegría que hasta a Pablo se le pasó la calentura, primero porque Tito había entrado, y segundo porque, como yo andaba con las llaves de mi casa, en la playa de estacionamiento pudi-mos rayarle la puerta del rastro-jero al infeliz del técni-co. Y después, cuando le hicieron el primer contrato profesional, a los 18, y lo acostaron con los premios, lo acompañé yo a ver a un aboga-do de Agremia-dos y ya no lo madrugaron más, y cuando lo ven-dieron afuera yo todavía no estaba recibido, pero me banqué a pie firme la pelea con los gallegos que se lo vinie-ron a llevar, y siempre sin pedir-le un mango. Ah, y con el Tanito, aparte, cuando nos encarga-mos de su vieja cuando el viejo, don Aldo, se murió y él estaba jugando en Alemania; porque el Tanito, que seguía viviendo en el barrio, se encar-gó de que no le faltara nada, y que los muchachos se dieran una vuelta de vez en cuando para darle una mano con la pintu-ra, cambiarle una bombita quemada, llamarle al atmosfé-rico cuando se le tapara el pozo, qué sé yo, tantas cosas.
Nunca lo hicimos por nada, nos bastó el orgullo de saber-lo del barrio, de saberlo amigo, de ver de vez en cuando un gol suyo, de encontrarnos para las fiestas. Lo hicimos por ser amigos, y cuando él, medio emocionado, nos decía muchachos, cómo cuernos se lo puedo pagar, nosotros que no, que dejá de hinchar, que para qué somos amigos, y el único que se animaba a pedirle algo era Josesito, que lo miraba serio y le decía mirá, Tito, vos sa-bés que sos mi hermano, pero jamás de los jamases se te ocurra jugar en San Lorenzo, por más guita que te pongan no vayás, por lo que más quieras porque me muero de la rabia, entendeme, Tito, a cualquier otro sí, Tito, pero a San Lorenzo por Dios te pido no vayás ni muerto, Tito. Y Tito que no, que quedáte tranquilo, Josesito, aunque me paguen fortunas a San Lorenzo no voy por respeto a vos y a Huracán, te juro. Por eso me dolía tanto verlo justo a Josesito, de-frau-da-do, parado en puntas de pie sobre el techo del camión de reparto; y a los otros probán-dolo a Alberto desde afuera del área, con las medias bajas, pateando sin ganas, y mirándo-me de vez en cuando de reojo, como buscando respuestas.
Cuando se hicieron las diez y media, Ricardo y el Bebé se vinieron de nuevo al humo. Les salí al encuentro con Pablo y el Tanito para que los demás no escucharan. "Es la hora, Carlos", me dijo Ricardo. Y a mí me pareció verle un brillo satisfecho en los ojos. "¿Lo juegan o nos lo dan derecho por ganado?", preguntó, procaz, el Bebé. El Tanito lo miró con furia, pero la impotencia y el desencanto lo disuadieron de putearlo.
"Andá ubicando a los tuyos, y llamálo al árbitro para el sorteo", le dije. Desde el medio-campo, le hice señas a Josesi-to de que se bajara del camión y se vinie-ra para la cancha. Para colmo, pensé, jugábamos con uno menos. Éramos diez, y preferí jugar sin suplentes que llamar a algún extraño. En eso, ellos también eran de fierro. No jugaba nunca ninguno que no hubiese estado en los primeros desafíos. Cuando Adrián me avisó en la semana que no iba a poder jugar por el desgarro, le dije que no se hiciera proble-ma. Hasta me alegré porque me evitaba decidir cuál de todos nosotros tendría que quedarse afuera. Tito me venía justo para completar los once.
Para colmo, perdimos en el sorteo. Tuvimos que cambiar de arco. Hice señas a los muchachos de que se trajeran los bolsos para ponerlos en el que iba a ser el nuestro en el primer tiempo. Yo sabía que era una precaución inne-cesaria. Con ellos nos conocíamos desde hacía veinte años, pero me pareció oportuno darles a enten-der que, a nuestro criterio, eran una manga de potenciales delin-cuen-tes. Cuando me pasaron por el costado, cargados de bultos, Alejo y Damián, los melli-zos que siempre jugaron de centrales, les recordé que se turnaran para pegarle al once de ellos, pero lo más lejos del área que fuera posi-ble. Alejo me hizo una inclinación de cabeza y me dijo un "quedáte pancho, Carli-tos". En ese momento me acordé del partido de dos años antes. Iban 43 del segundo tiempo y en un centro a la olla, él y el tarado de su hermano se quedaron mirándose como vacas, como di-cién-dose "saltá vos". El que saltó fue el petiso Galán, el ocho de ellos: un metro cincuen-ta y cinco, entre los dos mastodontes de uno noventa. Uno a cero y a cobrar. Espantoso.
Cuando nos acomodamos, fuimos hasta el medio con Josesi-to para sacar. Con la tristeza que tenía, pensé, no me iba a tocar una pelota cohe-rente en todo el partido. De diez lo tenía parado a Pablo. Si a los dieciséis el técnico aquél lo sacó por perro, a los treinta y cuatro, con pancita de casado antiguo, era todo menos un canto a la esperanza. El Bebé, muy respetuoso, le pidió permiso al árbitro para saludarnos antes del puntapié inicial (siempre había tenido la teoría de que olfear a los jueces le permitía luego hacer-se perdonar un par de infracciones). Cuando nos tuvo a tiro, y con su mejor sonrisa, nos envenenó la vida con un "pobres muchachos, cómo los cagó el Tito, qué bárbaro", y se alejó campante.
Pero justo ahí, justo en ese momento, mientras yo le hablaba a Josesito y el árbitro levantaba el brazo y miraba a cada arquero para dar a entender que estaba todo en orden, y Alber-to levantaba el brazo desde nuestro arco, me di cuenta de que pasaba algo. Porque el referí dio dos silbatazos corti-tos, pero no para arrancar, sino para llamar la atención de Ricardo (que siempre es el arquero de ellos). Aunque lo tenía lejos, lo vi pálido, con la boca entreabierta, y empecé a sentir una espe-cie de tumulto en los intestinos mientras temía que no fuera lo que yo pensaba que era, temía que lo que yo veía en las caras de ellos, ahí delan-te de mí, no fuese asom-bro, mez-clado con bron-ca, mezclado con incredulidad; que no fuese verdad que el Bebé estuviera dándose vuelta hacia Ricardo, como pi-diendo ayuda; que no fuera cierto que el otro siguie-ra con la vista clavada en un punto todavía lejano, todavía a la altura del portón de la ruta, todavía adivinando sin ver del todo a ese tipo lanzado a la carrera con un bolsi-to sobre el hombro gritando aguanten, aguanten que ya llego, aguanten que ya vine, y como en un sueño el Tanito gritando de la ale-gría, y llamándolo a Josesi-to, que vamos que acá llegó, cara-jo, que quién dijo que no venía, y los mellizos también empe-zan-do a gritar, que por fin, que qué nervios que nos hiciste comer, guacho, y yo empezando a caminar hacia el lateral, como un autómata entre canteros de margaritas, aún indeciso entre cruzarle la cara de un bife por los nervios y abrazarlo de contento, y Tito por fin salien-do del tumulto de los abrazos posterga-dos, y viniendo hasta donde yo estaba plantado en el cuadradito de pasto en el que me había quedado como sin pilas, y mirándome son-riendo, avergonzado, como pidiéndome discul-pas, como cuando le dije vení, pibe, jugá de nueve, capaz que la embocás; y yo ya sin bronca, con la flojera de los nervios acumulados toda junta sobre los hombros, y él dicién-dome perdoná, Carlos, me tuve que hacer llamar a la concentra-ción por mi tía Juanita, pero conseguí pasaje para la noche, y llegué hace un rato, y perdonáme por los nervios que te hice chupar, te juro que no te lo hago más, Carlitos, perdonáme, y yo dicién-dole calláte, boludo, calláte, con la garganta hecha un nudo, y abrazándolo para que no me viera los ojos, porque llorar, vaya y pase, pero llorar delante de los amigos jamás; y el mundo haciendo click y volviendo a encastrar justito en su lugar, el cosmos desde el caos, los amigos cumpliendo, cerran-do círcu-los abiertos en la eternidad, cuando uno tiene catorce y dice 'ta bien, te acompañamos, así no te da miedo.
Como Tito llegó cambiado, tiró el bolso detrás del arco y se vino para el mediocampo, para sacar conmigo. Cuando le falta-ban diez metros, le toqué el balón para que lo sintiera, para que se acostumbrara, para que no entrara frío (lo último que falta ahora, pensé, es que se nos lesione en el arranque). Se agachó un poquito, flexionando la zurda más que la dies-tra. Cuando le llegó la bola, la levantó diez centímetros, y la vino hamacando a esa altura del piso, con caricias suaves y rítmicas. Cuando llegó al medio, al lado mío, la empaló con la zurda y la dejó dormir un segundo en el hombro derecho. Ense-guida se la sacudió con un movimiento breve del hombro, como quien espanta un mosquito, y la recibió con la zurda dando un paso atrás: la bola murió por fin a diez centímetros del botín derecho.
Recién ahí levanté los ojos, y me encontré con el rostro desencajado del Bebé, que miraba sin querer creer, pero cre-yendo. El petiso Galán, parado de ocho, tenía cara de velorio a la madrugada. Ellos estaban mudos, como atontados. Ahí enten-dí que les habíamos ganado. Así. Sin jugar. Por fin, diez años después íbamos a ganarles. Los tipos estaban perdidos, casi con ganas de que terminara pronto ese suplicio chino. Cuando vi esos ademanes tensos, esos rostros ateri-dos que se miraban unos a otros ya sin esperanza, ya sin ilusión ninguna de poder escapar a su destino trágico, me di cuenta de que lo que venía era un trámite, un asunto concluido.
Mientras el árbitro volvía a mirar a cada arquero, para ini-ciar de una vez por todas ese desafío memorable, Josesito, casi en puntas de pie junto a la raya del mediocam-po, le sonrió al Bebé, que todavía lo miraba a Tito con algo de pudor y algo de pánico: "¿Y, viste, 'jodemil...? ¿No que no venía? ¿no que no?", mientras sacudía la cabeza hacia donde estaba Tito, como exhibiéndolo, como sacándole lustre, como diciéndole al rival moríte, moríte de envidia, infeliz.
Pitó el arbitro y Tito me la tocó al pie. El petiso Galán se me vino al humo, pero devolví el pase justo a tiempo. Tito la recibió, la protegió poniendo el cuerpo, montándola apenas sobre el empeine derecho. El petiso se volvió hacia él como una tromba, y el Bebé trató de apretarlo del otro lado. Con dos trancos, salió entre medio de ambos. Levantó la cabe-za, hizo la pausa, y después tocó suave, a ras del piso, en diago-nal, a espaldas del seis de ellos, buscándolo a Gonzalito que arrancó bien habilitado.

*Fútbol
Alejandro Ortiz
Óleo sobre lienzo I 127 cm x 127 cm
2003

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