La primera vez que Fernandito fue a la cancha tenía menos de un año, a pesar de las protestas de la madre y de los abuelos, su padre se lo cargó un domingo y lo llevó a la platea de Defensores de Belgrano, jugaban contra Atlanta y Fernandito lloró todo el partido, como Defensores perdió y el encuentro fue lo que se dice una lágrima su padre no registró la protesta del hijo y al otro domingo lo llevó de nuevo, así todos los domingos.

El padre de Fernandito se llamaba Armando y era un fanático del fútbol, de joven se había destacado como un gran goleador pero con un gran problema, no festejaba los goles, metía la pelota dentro del arco contrario y emprendía el regreso a su lado de la cancha como si el tiro se hubiera ido afuera, sus compañeros lo perseguían enloquecidos y se le tiraban encima gritando desaforadamente pero él como si nada, el goleador impasible le decían. Su apatía causaba incomodidad en el equipo, pero si le pedían explicaciones de su extraña conducta Armando decía simplemente que festejar no le salía, así como a otros no les sale silbar o mover las orejas a mí no me sale eso de gritar gol y saltar con el puño en alto, decía, mejor eso que no hacer goles, ¿no?

—Pero lo goles se hacen para gritarlos, si no los gritás es como que no te importa el juego.

—Además de que es antideportivo. No gritarles el gol es peor que gritárselo en la cara.

—Claro, es como decirles: fijate qué tan poco cosa sos que te gano y ni lo festejo.

El tema llegó a la comisión directiva del club y se decidió que mientras los otros entrenaban para meter goles Armando debía entrenar cómo festejarlos, a fin de acelerar el tratamiento se designó a un equipo de cuatro profesionales formado por un psiquiatra, una profesora de expresión corporal, el vocalista de Los Tintoreros y un bailarín del Colón. Después de meses de intenso trabajo, Armando finalmente aprendió a festejar los goles con el inconveniente, empero, de que dejó de hacerlos, puesto que igualmente quería demostrar todo lo que había aprendido tomó la costumbre de festejar los goles ajenos como si fueran suyos, un día se sacó la remera y se colgó del alambrado para festejar un gol del equipo contrario, fue el fin de su carrera futbolística.

Su hijo, en cambio, nunca había querido jugar al fútbol de pequeño, él le tiraba la pelota con los pies y Fernandito la devolvía con las manos, se negaba a patearla como si temiera que eso le pudiera doler. Armando probó distintos métodos para despertar su interés, al fin y al cabo había tenido seis hijas sólo por buscar el varoncito y había buscado el varoncito sólo para tener un compañero con quien compartir su pasión, pero Fernandito no respondía a ningún estímulo, si lo ponía delante de la tele a ver un partido se quedaba dormido, si lo llevaba a jugar al parque con otros chicos se sentaba en el medio de la cancha a estudiar las hormigas, de las reglas que le explicaba durante la cena Fernandito sólo había aprendido la forma de hacerse echar lo más rápido posible cuando lo obligaban a jugar en las clases de educación física.

—La idea es que no te pongan tarjeta roja.

—Ah, no había entendido.

Llevarlo a la cancha todos los domingos era la última esperanza de sanarle lo que él llamaba su apatitis, si no tenía un hijo futbolista al menos quería que lo acompañara a ver a los hijos futbolistas de los otros hinchas, de bebé Fernandito no entendía esto y lloraba como un condenado pero a medida que se hizo grande mostró ser un buen hijo y se esforzaba por complacer a su progenitor, comía el choripán que en verdad no le gustaba, se levantaba en los momentos de peligro a pesar de que no los hubiese reconocido como tales y se abrazaba a su padre en los goles.

Lo que Fernandito no parecía dispuesto a hacer bajo ningún aspecto era insultar, los chicos de su edad ya dominaban la jerga y hasta eran capaces de invectivas propias mientras que de él no se sabía ni siquiera si las entendía, en todo caso nadie le había escuchado jamás decir una mala palabra y el tema ya preocupaba a toda la tribuna.

—Vos tenés que llamar a la cosas por su nombre —lo aleccionaban en los entretiempos los otros hinchas—, al referí se le dice hijo de puta, al línea puto de mierda, al oponente puto de mierda hijo de puta.

Los que tenían más paciencia se le sentaban al lado y silabeaban, la-con-cha-de-tu-ma-dre, a ver, ahora decilo vos, había otros que intentaban introducirlo en la materia con argumentos más elevados, pensá si ese tipo sale y le toca el culo a tu novia, ¿qué le dirías, también estaban los que se inclinaban por métodos de disuasión menos pedagógicos: el que no putea es puto, ¿sabías?

No por nada hijo de su padre, las lecciones también funcionaron para Fernandito, aunque a la escandalosamente tardía edad de siete años al fin llegó la tarde de su primer insulto, fue durante un encuentro con el club Atlanta, un oponente se retiraba de la cancha luego de lastimar a un jugador de Defensores y ser expulsado, la gente lo escupía y lo insultaba con especial encono pero en un momento se hizo un pequeño silencio y se pudo escuchar a Fernandito:

—¡Qué feo que sos!

Aunque la gente le festejó el inaudito agravio, a partir de ese día Armando se abstuvo de llevarlo a la cancha, prefería que no dijera nada a que dijera cosas propias de una mujer, para disimular la vergüenza explicaba que Fernandito se le había hecho de Sacachispas, fijate qué desagradecido, los otros los consolaban argumentando que no era tan grave, che, peor hubiera sido que se te hiciera maricón.

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