Había una vez, en un país no tan lejano, una hermosa mujer que vivía en lo alto de un rascacielos. Desde la imponente torre, la agraciada doncella miraba con desdén la agitada cotidianidad de esa ciudad que bullía a sus pies. Encumbrada en su grandioso pedestal, no tenía tiempo para ocuparse de los trajines propios de las personas corrientes.

Estudiar, trabajar, viajar, comer, dormir, reír, llorar, vivir, morir, soñar, amar. Rapunzel no sabía conjugar esos verbos. Para la abnegada dama su existencia se resumía en un solo vocablo sin pasado, presente ni futuro: esperar.

Para eso la habían criado desde niña. Rapunzel debía esperar pacientemente la llegada del príncipe azul, un hombre que aparecería de la nada para salvarla y darle sentido a su insípida vida. Toda su educación se vería recompensada el día en que un buen partido se fijara en ella. Porque una mujer está incompleta si no está con un hombre, le habían dicho.

Como todas las noches, Rapunzel se vistió con sus mejores trajes y comenzó el necesario, y a la vez tedioso, ritual de cuidado capilar. En la estrepitosa ciudad de los rascacielos no es fácil encontrar príncipes azules y, mucho menos, que estén dispuestos a sortear infinidad de obstáculos para llegar hasta el piso más alto de la torre y rescatar a una mujer enclaustrada. La competencia tampoco es fácil. Desde su ventana Rapunzel ha contado el número de edificios y de ventanas que se suman, multiplican y triplican en la ciudad. ¿Cuántas princesas están en vela cada noche esperando a ser rescatadas? Algunas se destacan por la belleza de su rostro, la profundidad de su mirada, la voluptuosidad de su cuerpo, el ritmo de sus caderas y la dulzura de su voz. Rapunzel se ha examinado juiciosamente en el espejo para evaluar sus fortalezas y debilidades, y ha llegado a la conclusión de que es una mujer "muy completa". No es ni alta ni baja, su piel es suave y firme, sus ojos joviales y cristalinos, su nariz pequeña y ligeramente achatada, sus pechos medianos pero jugosos y su trasero robusto y torneado. Pero su fuerte indiscutible es su legendaria cabellera. Esas largas madejas doradas, brillantes y sedosas que cuida con una veneración casi mística y que le han generado la envidia de las demás princesas.

Día de por medio Rapunzel se lava la cabeza con un champú para cabellos rubios que resalta su color y no altera su PH natural, conservando un exquisito balance entre seco y graso. Cuando todavía está húmedo, se aplica acondicionador para desenredar las hebras y una mascarilla de sábila y aguacate para darle brillo y reparar los daños causados por el uso continuo del secador. Una vez por semana se hace enjuagues de manzanilla para avivar las iluminaciones y cada quince días se embadurna una mezcla de barro milagroso y ampolletas de aceite caliente que prometen acabar con la nefasta horquilla y eliminar el insufrible frizz que ataca su cabello en los días calurosos.

Esta noche Rapunzel lleva el pelo recogido en una empinada moña y todavía no ha decidido el peinado que usará hoy. Ayer fue una cola de caballo, antes de ayer usó unas hebillas de plata, el domingo lo cepilló de medio lado y la semana pasada prefirió el estilo rizado. Desde que le dijeron que su destino era esperar, sus días transcurren entre la monotonía de peinillas, pinzas, geles, rulos y siliconas aguardando el tan anhelado grito callejero: "Rapunzel, niña hechicera, échame tu cabellera".

Pero en la ciudad de los rascacielos parece que los hombres ya no tienen deseos de gritar. Rapunzel abre la ventana y observa la urbe con un dejo de soberbia y rencor. ¿Dónde está el príncipe azul que le prometieron? Ella se ha portado como la niña bien que le dijeron que debía ser, y su varonil recompensa nada que llega. Rapunzel deja escapar un suspiro y repara en la nueva valla publicitaria que acaban de colocar en el techo del edificio de enfrente. Es un anuncio de una agencia de viajes con varias fotografías de lugares turísticos que se pueden visitar a precios bastante accesibles y en módicas cuotas mensuales. Le llama la atención la imagen de una mujer navegando en un velero. A Rapunzel siempre le ha gustado el mar. No se lo ha dicho a nadie pero le gustaría aprender a bucear y poder nadar entre corales dejándose embrujar por las maravillas del mundo submarino. Si tiene suerte, es probable que su príncipe azul le permita hacer ese sueño realidad.

—Será otra vez la trenza —exclama resignada mientras regresa pausadamente al tocador. Ese peinado es el que permite más agarre y menos rozamiento. Porque una cosa es tener un cabello limpio, sedoso y brillante y otra muy distinta tener una melena de acero que permita soportar el peso de un hombre de 75 kilos. Rapunzel se suelta la interminable maraña y con total parsimonia se da a la tarea de separar el cabello en mechones. El protocolo señala que antes de cualquier peinado es preciso realizar un masaje circular en el cuero cabelludo que reactive la circulación sanguínea y distensione las terminales nerviosas de la nuca y la coronilla. El cabello debe estar seco, preferiblemente al aire libre o con una toalla suave, y en caso de emplear secador se recomienda orientar el aire caliente de arriba hacia abajo para no levantar las escamas del pelo. Acto seguido, se procede a desenredarlo sin prisa y con cariño con un cepillo de cerdas naturales. Una persona tiene alrededor de 150.000 cabellos y es normal perder entre cincuenta y cien diarios. Un pelo tiene una vida útil de cinco años desde que nace y crece hasta que se cae, siendo el período de los quince a los treinta la etapa capilar más productiva de las mujeres. Rapunzel ha recopilado esta información a lo largo de años y años de visitas a la peluquería y gracias a una minuciosa consulta de catálogos de Recamier, Wella, Schwarzkopf y Capill France. Hoy sabe de memoria que debe despuntarlo en luna menguante, que debe lavarlo con agua fría para darle brillo y que las tijeras de filo dulce son para cortes normales y las de filo navaja son ideales para los desfilados.

Con la ayuda de un peine, la joven divide la melena en tres gajos de proporciones similares y, tras un enérgico cepillado, comienza a entretejerlos. Sus dedos, ágiles y habilidosos, se mueven con la rapidez de un flautista y la trenza va surgiendo de su cabeza con la cadencia de una serpiente que desciende de su nido. Hace años que Rapunzel decidió apostarle a lo seguro y solo se hace peinados y cortes que la favorecen. Atrás quedaron aquellos días de rebeldía en los que se cortó un copete en la frente, se mandó hacer la permanente y se decoloró media cabeza para tinturársela de verde.

A medida que teje la trenza, Rapunzel se pregunta si esta noche habrá suerte. A decir verdad, en el pasado varios hombres han gritado bajo su ventana: "Rapunzel, niña hechicera, échame tu cabellera" y ella, enamorada del amor y enceguecida por acabar con la soltería, ha lanzado la trenza para que suban por ella. La sola imagen le trae dolorosos recuerdos. ¿A quién se le ocurrió decir que por amor uno debe permitir que lo jalen de los pelos? Palabras más, palabras menos, eso es una mechoneada. Ahora que lo piensa, la escena tiene un tinte salvaje, se le antoja un tanto cavernícola eso de agarrar a la mujer de la melena y arrastrarla hasta la cueva.

Rapunzel ha visto desfilar bajo su ventana a tres galanes que, vistos desde la distancia del tiempo, parecen más sapos que príncipes. El primero resultó ser un pelmazo, el hijo de un adinerado hombre de negocios que prometía un flamante futuro en la banca de inversión, pero que terminó siendo un holgazán, mantenido y sin ambición que se la pasaba pegado a la falda de su madre. El segundo, a simple vista, era encantador. Trataba a Rapunzel como una reina, la tenía entre las nubes y se deshacía en elogios y cumplidos. Sin embargo, el reinado terminaba cuando el galán se tomaba un par de copas de más y la bajaba de su trono a punta de insultos, gritos, burlas y humillaciones. El tercero, era un príncipe en todo el sentido de la palabra. Era inteligente, guapo, de buena familia, simpático, trabajador, atlético y muy amoroso. De hecho, bastante amoroso como pudo comprobar Rapunzel a los pocos meses de estar saliendo juntos cuando descubrió que las constantes llegadas a la madrugada de su príncipe no obedecían a razones laborales sino al gusto oculto de su prometido por trepar a otras torres y enredarse en los brazos de otras doncellas.

Rapunzel terminó de peinarse y con un ágil movimiento de muñeca ató la punta de la trenza con una banda elástica. Con la ayuda de un espejo de mano revisó que el tejido hubiera quedado derecho y bien apretado. Para fijar el peinado y darle resistencia, la joven se roció la cabeza con una gruesa capa de laca y cuando repasaba la zona de la frente descubrió con horror la presencia de una cana. No era la primera. La academia capilar recomienda no arrancar la cana para evitar que la brusca remoción genere la futura aparición de otras tantas. En estos casos se aconseja aplicar un tinte o un champú tono sobre tono que permita ocultar el aterrador filamento blanco, con aspecto de alambre, que se yergue como una antenita de vinil dejando en evidencia el escalofriante paso de los años.

Rapunzel hizo caso omiso de las advertencias y con mucho cuidado agarró la pinza para depilar las cejas y se arrancó de un tajo la prueba reina que delataba ese presentimiento que venía teniendo desde hacía algún tiempo: ya no era una niña sino una mujer hecha y derecha. ¿Cuánto tiempo más tenía que esperar? ¿Cuántos años más tenía que desperdiciar al lado de una ventana aguardando a que un hombre le diera la felicidad? ¿Acaso ella misma no podía decidir sobre su destino?

Resignada, la mujer se levantó del tocador y arrastró la silla hasta la ventana. Afuera, la ciudad vibraba de emoción mientras ella tenía que quedarse sentada esperando el tan anhelado: "Rapunzel, niña hechicera, échame tu cabellera". Para sobrellevar las horas muertas, decidió despuntar con las tijeras un par de horquillas que sobresalían de su trenza. Levantó el rostro y miró de nuevo la valla publicitaria de la agencia de viajes con la mujer en el velero. ¿Y si a su príncipe azul no le gusta el mar? Eso significaría que nunca navegaría en un barco y jamás aprendería a bucear.

Rapunzel se puso de pie y descargó su pesada e interminable trenza sobre el marco de la ventana. A lo lejos, las bocinas de los autos inundaban las calles y en el cielo un avión rasgaba el firmamento dejando rugir sus turbinas.

Con la mano izquierda, Rapunzel arrojó temblorosa su kilométrica melena por la ventana mientras la mujer del velero la miraba con gracia. En la mano derecha las tijeras resplandecían bajo la luz de la luna a medida que se acercaban a la altura de la nuca.

El tijeretazo fue brutal y contundente. Definitivo. La trenza se rompió como una cadena y cayó al vacío. Colorín, colorado, Rapunzel se había liberado.

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