No respondió. No pestañeó, no se le movió un solo músculo, no intentó siquiera un mínimo gesto. Simplemente miró al hombre, pero sin verlo, como a una ilusión vieja. Erguido, sereno, analizando la sorpresa, midió su asombro con un quietismo alerta que no era otra cosa que su única manera de reprimir la manifestación de su pavura.
-Mi nombre es Rogelio Budman -repitió el hombre-. Usted ya me conoce.

Parecía abarcar todo lo ancho y lo alto de la puerta. Lo miraba fijo a los ojos, con la actitud cortés -o amenazante- de quien espera que lo inviten a pasar de una vez. Serio como un auriga que aguarda a la reina para llevarla de paseo, atento a la respiración de los caballos, celoso del buen tiempo porque el buen tiempo es imprescindible para que las reinas salgan a pasear.

Melchor Gaspar y Baltasar Grispo advirtió cómo su miedo crecía, lenta, irremediablemente. Pero no supo qué hacer. La silueta del visitante se le hizo borrosa primero, nítida después, nuevamente confusa y finalmente todo lo clara que podía ser esa figura de hombre alto, robusto, de ojos tan profundos que no se alcanzaba a distinguirlos y completamente vestido de negro. Con voz aterciopelada había pronunciado ya dos veces ese nombre y ese apellido ominosos.

Pensó en hacerlo entrar, invitarlo a que tomara asiento en el sillón de la sala y se repantigara cómodamente. Le diría que su perro, ahora echado sobre la alfombra de la sala, indiferente a lo que acontecía, era manso, como ciertamente era, y le convidaría algo de beber. Así discutirían ese asunto que los relacionaba desde hacía tanto tiempo. ¿Cuánto?, no lo sabía; quizá desde siempre, ¿acaso la eternidad es factible de mediciones?

El hombre pronunció por tercera vez ese nombre y apellido: Yo soy Rogelio Budman y vine a buscarme, dijo. Y entonces Melchor Gaspar y Baltasar Grispo comprendió que esas palabras definían la situación, una insoslayable responsabilidad, la certidumbre de que de ese encuentro difícilmente resultaría nada bueno para él.

Pero solo registró su miedo, su parálisis súbita, su incapacidad de reaccionar y esa reciente -y creciente- desesperación indisimulable. Se le ocurrió, también, estrellar la puerta contra el marco obedeciendo a ese impulso que lo urgía a negar esa infausta, amenazadora presencia. Pero supo que hubiera sido inútil; comprendió que Rogelio Budman era algo más que la figura que abarcaba ese espacio enfrente de él.

Lo miró intensamente, pero los ojos del visitante le resultaron por completo insondables. Y en el intercambio, Melchor Gaspar y Baltasar Grispo recibió la confirmación de que estaba más solo que nunca, como desnudo y expuesto ante la imagen de Dios.

Con un leve movimiento imperceptible, acomodó sus pies dentro de los zapatos, afirmándolos sobre el suelo como para comprobar que estaba vivo, y despierto, y repasó velozmente la trágica historia de Rogelio Budman, hasta entonces ese desconocido sin cuerpo ni rostro, en realidad apenas un nombre, invento de sus sueños.

A fines del Diecinueve, Rogelio Budman era propietario de un vasto feudo en el entonces recién descubierto, e incipientemente colonizado, Territorio Nacional del Chaco. Vivía solo, en una inmensa casona de techos altísimos, apenas rodeado por una jauría de perros y un centenar de mocobíes que trabajaban el algodón y extraían tanino del quebracho. Su poder era incuestionable y despótico, y tanto se le temía que desde hacía muchos años, por lo menos diez, nadie subía, desde la capital, para cobrar las gabelas.

Su poder había provocado sucesivas migraciones, además de alguna insurrección rápida y cruelmente sofocada por la docena de guardias armados que vigilaban sus tierras, en medio de la selva, en los parajes que todavía se conocen como "El Impenetrable", cerca del límite con las provincias de Formosa y de Salta. Como consecuencia, sobrevinieron el paulatino empobrecimiento del feudo y la desagradable, arrolladora proliferación de millones de ratas que avanzaron por toda la comarca, devastando las míseras viviendas abandonadas, los graneros y hasta las pocas parcelas que aún se cultivaban.

Velozmente -vorazmente-, la invasión comenzó a sentirse en los alrededores de la residencia de Budman, quien una noche escuchó la cruenta pelea que protagonizaron, en el patio, sus dogos y los roedores, algunos de los cuales eran grandes como gatos, pero más feroces. Se acercó a una ventana y admiró la bravura y fidelidad de sus perros, que se debatieron hasta el agotamiento, circunstancia que aprovecharon sus antagonistas para matarlos y devorarlos.

A partir de entonces, Rogelio Budman ya no pudo dormir ni salir en busca de alimentos, y apenas alcanzó a sellar con tablas las puertas y las ventanas de su casa, primero, y de su habitación, después. Pero el hambre y el cansancio acabaron por vencerlo también a él, hasta que vio ingresar a las ratas en su alcoba, victoriosas tras el prolongado asedio, enardecidas, excitadas por una incierta locura asesina al abalanzarse sobre él.

Siempre, en ese punto, Melchor Gaspar y Baltasar Grispo se despertaba angustiado, oyendo esa voz -¿la de Rogelio Budman?; ahora sabía que sí- que lo llamaba. Algunas veces era solo un gemido; otras, escalofriantes, un largo y agónico lamento sin pausas que parecía penetrar en todas las habitaciones de la casa, en las alacenas, en los roperos, en los aparadores, en los adornos de las repisas, en la vajilla y hasta en las porcelanas de los baños, como buscando una caja de resonancia gigantesca, multiplicada hasta el infinito.

Ese sueño se repetía, con ligeras variaciones, casi todas las noches. Era como el producto de una patología incurable, una paranoia acechante e inconfesada. Melchor Gaspar y Baltasar Grispo no tenía amigos ni parientes; y de haberlos tenido, no les hubiera confiado la existencia de ese sombrío, puntual habitante de sus sueños. El secreto que siempre se conserva aun frente a los seres queridos -esa inevitable condición que alcanzan ciertas personas y que Melchor Gaspar y Baltasar Grispo desconocía- habría sido, en su caso, ese sueño persistente, incisivo, letal.

Unos años atrás, preocupado por las consecuencias que podían resultar de la historia de ese tal Rogelio Budman, y urgido, por lo menos, por comprenderla, se había dedicado al estudio de horóscopos y cartas astrológicas, a la frecuentación de manuales de interpretación de los sueños y de lenguajes metafísicos, al análisis del comportamiento de los péndulos radioestésicos y a la lectura de gruesos e incomprensibles volúmenes de esoterismo, neurología y psicología. De todo ello solo recordaba, con incalificable insistencia, una cita del médico y polígrafo entrerriano Federico Fernández Bueno cuyo significado no conseguía develar: "La mente es laberíntica; por eso muchas veces atribuimos a la imaginación hechos que fueron materia de los sueños que ya no recordamos".

Otro recurso -de los muchos que intentó para liberarse de la tragedia de Rogelio Budman- consistió en exigirse una vigilia dolorosa: procuraba cansarse, para lo cual se entregaba a actividades manuales inconvenientes para su edad, o caminaba y leía hasta el agotamiento, a veces hasta el punto de quedarse dormido en el baño, o en el sillón del comedor, junto a la ventana, o en la cocina mientras calentaba un enésimo mate cocido. Pero todo era inútil: Rogelio Budman y su feudo, su crueldad y sus perros; y la miseria, el hambre y la voracidad desesperada y desesperante de esas ratas feroces, enloquecidas, superaban los obstáculos que su tenacidad procuraba oponerles. El sueño se repetía puntualmente, contumaz, calcado. Y él sabía, mientras se mantenía despierto, que si llegaba a dormirse solo ese sueño era posible pues lo aguardaba como una amenaza palpitante.

Melchor Gaspar y Baltasar Grispo interrumpió sus pensamientos cuando se dio cuenta de que se había aferrado a la jamba de la puerta con tanta fuerza que se estaba lastimando los dedos. No temía perder el equilibrio, ni peligraba su verticalidad, pero necesitaba herirse para sentirse vivo. Las yemas de sus dedos lucían una blancura de papel, vacías de sangre, mientras él se preguntaba si no habría alcanzado, finalmente, alguna dimensión de la locura. O si esa negra figura que decía llamarse nada más ni nada menos que Rogelio Budman no sería otra cosa que la carnalización de un sueño horroroso y entonces lo que ahora sucedía era simplemente que soñaba en la vigilia.
Supo que estaba despierto porque acababa de acomodar sus pies dentro de los zapatos. Sentía el persistente y frío hormigueo en las manos. Advertía el incontenible temblor de sus brazos, de su cuerpo a punto de ser sometido por esa presencia que sin ingresar a su casa igualmente lo atropellaba, insultante, y hasta le producía dolores viscerales. Y además estaba ese olor azufroso, crecientemente aborrecible, que despedía ese intruso y degradaba el aire.

Abandonando sus cavilaciones, Melchor Gaspar y Baltasar Grispo reconoció que estaba perdido.
-Qué quiere -preguntó, con una voz que parecía hablada contra un ventilador en funcionamiento, quebradiza y sibilante.
El hombre apenas abrió los labios:
-Vengo a buscarme en sus sueños. Yo también estoy harto de soñar con Melchor Gaspar y Baltasar Grispo, un hombre solitario y miserable que finalmente es devorado por las ratas.

Melchor Gaspar y Baltasar Grispo sintió que su respiración se aceleraba. Trémulo e inseguro, comenzó a cerrar la puerta y giró. Al hacerlo, miró su mano fugazmente. O el tiempo se había detenido o su reloj delataba que solo había transcurrido medio minuto. El tiempo suficiente para que apenas darse vuelta el espanto reinara a sus espaldas, en el amplio comedor. Su perro yacía en el centro de la habitación con la panza abierta; algunas tripas se esparcían, repugnantes, sobre las baldosas, y eran devoradas por decenas, centenares, quizá millones de ratas.

Cuando la primera de ellas giró y pareció mirarlo y después, tranquilamente, avanzó hacia él, Melchor Gaspar y Baltasar Grispo terminó de cerrar la puerta. Luego se desplomó sobre el sillón, miró a las demás ratas y las dejó hacer.
Resistencia, septiembre de 2005.

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