Algo incomprensible ha sucedido. Tulita llega a pensar en una cierta estrella desobediente y en la flecha del tiempo. Cosas así, vagas, inciertas. El hecho es que cumple setenta años y quiere celebrarlo. Y así lo hace. Celebra con una pantagruélica fiesta su septuagenaria juventud. Y esto no es un decir, porque conserva encantos que atraen a más de un hombre. Algo hay en ella de pícaro, de seductor, de frescura quinceañera que inquieta la sensualidad de los hombres siempre prestos y regalados. Tulita siente, a eso de la medianoche, necesidades impostergables. La primera necesidad es de tipo existencial: una urgencia de soledad, de estar un instante consigo misma para recogerse y evitar que el vapor venenoso de los halagos masculinos fragmenten su alma premoderna. La segunda necesidad es de una naturaleza más biológica e impostergable, como se comprenderá, habida cuenta de la enorme cantidad de cerveza que ha almacenado entre pecho y espalda. Camina por el potrero aspirando el aroma dulzón del pasto cocuy y de las guayabas maduras. Escoge un guayabo frondoso y se sienta a orinar en la oscuridad. Mientras mantiene altos los faldones espesos tejidos en telar guambiano escucha un sonido como de cremallera que se abre con rapidez. Es algo que Tulita siente físicamente en su alma de mujer aunque intenta darle una interpretación mágica, la única que se le ocurre en esa hora, en ese lugar y en esa ridícula posición. Piensa que algún tejido se ha rasgado dentro de su vientre, pero no percibe dolor alguno, así que se olvida de todo y lo adjudica a su miedo a la oscuridad. Lo que se ha desencadenado con el rasposo sonido de la cremallera es extraordinario. Tulita comienza, desde que se levanta con los zapatos nuevos salpicados y medio tiesa por la posición en cuclillas que ha adoptado para orinar, a disminuir de edad. De manera que se devuelve lentamente, como un tren que arranca en subida, desde sus setenta años cumplidos hacia los sesenta y nueve. Pronto se da cuenta de lo que le sucede y no sabe si concederle más importancia a la ansiedad de su alma o a la felicidad de su cuerpo. Pero no tiene mucho tiempo para preocuparse porque en esos días precisamente hace su arribo al Apocalipsis Dorado Julio Verne, un hermoso mozalbete que apenas se aproxima a los veinte años. Con solo verla pintando crepúsculos en el muelle del Danubio Azul, Julio queda, como se dice en el argot sentimental, patidifuso, perdidamente enamorado de esa abuela tropical. ¿Por qué un muchacho de veinte años se enamora de una anciana de setenta? Respuesta de Paul: Piensa en esto, hija: el amor es la única eternidad que nos queda. Muy bonita frase, padre, pero ¿es verdad? ¿O solo sirve para ocultar algo más insidioso?



Primer viaje

Este es el primer viaje en el tiempo de Julio Verne mozalbete y Tulita Santana abuela: miran a su alrededor y Verne le dice: te dedicas a pintar viajeros, te paras en el muelle a pintar lo efímero: los crepúsculos. No hay dos crepúsculos iguales ni dos viajeros iguales. Te paras todas las tardes en el muelle del río Danubio Azul y miras el horizonte como si quisieras copiar su movilidad, su naturaleza fugaz. ¿Cómo no adivinar que deseas viajar? ¿Cómo no saber que tienes un yo camaleón como el río? Sé que te apetece viajar. Te invito a viajar al galpón, a la gran cama sedosa de maíz desgranado donde han aprendido a hacer el amor a las carreras generaciones de muchachos afanosos. Si viajamos hacia el futuro tú serás cada vez más joven y yo seré cada vez más adulto. Si viajamos hacia el pasado tú serás cada vez más adulta y yo seré cada vez más niño. Hacia el futuro, dice Tulita sin dudar. Viajan y se miran, miran sus cuerpos dispares que se transforman lentamente y se acarician, acarician cada vez un cuerpo diferente, un cuerpo río, un cuerpo más denso, más intenso, más vigoroso, más terso con el regreso de los aceites. Ríen, se sorprenden y disfrutan esa forma de la poligamia entre dos. Conversan y su conversación se adensa, se aviva, se ahonda, Julio aprende a conversar sobre lo femenino, descubre lo masculino que creía conocer, crece en posibilidades, en matices, en intuiciones, desde el conocimiento cerril y abrupto del mozalbete de veinte años hacia la sutileza, hacia la complejidad, hacia el saber indeciso del hombre de treinta y cinco años. Tulita en cambio viaja hacia el límite de lo posible: los cincuenta y cinco años. Más allá estallaría su yo en un lamentable Big Bang del ser. A los cincuenta y cinco sabe lo mismo que a los setenta, es decir casi nada. Solo que hay más avidez en su palabra, en su argumento. Cuando se detienen en el borde de lo posible Julio y Tulita conversan sobre sus biografías, sobre sus proyectos, sobre el viaje, sobre la vejez, con lucidez y vehemencia aunque, claro, equivocadamente. La ilusión sensual del cuerpo está allí, en sus manos entrelazadas, como en un nido tibio, pero la conversación es ahora un deseo más intenso. Julio imagina el placer prohibido que le ofrece a una Tulita abuela, el regalo de vitalidad, la seda de su cuerpo, el milagro que invierte su flecha del tiempo. Y, claro, disfruta Julio el dar, el ofrecer un placer al que ella ya había renunciado, tal vez sea el último antes de su muerte, el adivinar lo que sentiría si fuera a su funeral al saber que ella vuelve a la tierra con sus carnes todavía temblorosas del placer que le ha dado. Eso imagina y se llena de energía. La abuela Tulita resulta un nido de emociones violentas, de hondas contravenciones. Disfruta el placer de desenvolver los pliegues de su piel, de seguir con sus dedos los caminos de la edad en su cuerpo, de tomar en sus manos el decaimiento de sus senos que aprenden nuevamente a palpitar, de acariciar su vientre cansado que resucita y se pone alerta, vigilante como un vigía que despierta asustado. Entra en ella y ya no quiere pensar más. Cierra los ojos. Han hecho un experimento con la edad, un experimento con el tiempo, un experimento con la intensidad, con la permanencia, mientras viajan en lo efímero, un experimento con la identidad, con el yo fragmentado durante los quince años comprimidos de este primer viaje, cada uno ha amado a más de cien Tulitas o a más de cien Julios diferentes, un vertiginoso experimento con la infidelidad. Se sienten sólidos en su multiplicidad. Se abrazan. Hacen una vez más el amor en su sedosa cama de maíz desgranado.

Segundo viaje

Cuando Julio Verne y Tulita Santana emprenden el segundo viaje de amor, Julio ha cumplido treinta y cinco años y Tulita ha alcanzado los cincuenta y cinco. Tulita es médica y psicoanalista de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis, freudiana ortodoxa. Tiene su consultorio en la primera planta del Paraíso Mozartiano, con diván, por supuesto. El viaje de estos dos enamorados es el viaje de dos adultos, es un viaje asaltado por las responsabilidades, la ejecución de proyectos, la seriedad y la trascendencia, la ética y el sentido de la vida. Tulita le propone a Julio un doble viaje. El primer viaje es la construcción institucional: trabajar para el Paraíso Mozartiano. El Paraíso ha pasado por tres etapas: la etapa prostibularia de los primeros años en que Isadora Arias, fundadora, gerente y alma del paraíso, comienza a formar la discoteca clásica, la etapa romántica en que el Paraíso se llena de artistas de todas las layas y hay teatro, cine, danza, recitales poéticos, y la etapa utópica en que el Paraíso se transforma en Organización No Gubernamental y tiene como meta transformar la cultura de la sociedad urbana: el prostíbulo educador. Cuando Julio y Tulita llegan para colaborar con Isadora Arias, el Paraíso Mozartiano está haciendo el tránsito entre la etapa romántica y la etapa utópica. Verne participa vigorosamente en este cambio de piel y las conversaciones con Tulita se centran en el diseño y la construcción de la utopía. Hablan profusamente de proyectos específicos, núcleos de conflictos, cronogramas, histogramas, perts, contratos, objetivos, mecanismos, políticas globales, horizontes temporales, términos de referencia, planeación estratégica, caminos de transformación de la vida de la ciudad. La sexualidad y el amor van bien, ahí, entre presupuestos y tasas de rendimiento, incorporados en el proyecto del Paraíso Mozartiano. El segundo viaje que Tulita le propone a Julio es el viaje psicoanalítico, el viaje hacia el inconsciente, hacia el centro del ser, hacia la búsqueda del otro que se esconde en la oscuridad de su pecho, como si se tratara de una película de ciencia ficción. Esa historia fantástica es lo que más le atrae del padre Freud. Julio habla interminablemente de su padre todopoderoso y de sus padres espirituales, de las bodas execrables de su prima Caroline, de la escritura como rebeldía, de su misoginia, de Edipo Rey, claro, y por encima de todos los temas hablan de sexo con Tulita, siempre el sexo, la represión, la libido, el sexo a todas horas como una obsesión profesional, el asunto del pene, la naturaleza señorial de las relaciones de género, la represión otra vez, el sexo, el sexo, la vagina dentada, la teta buena y la teta mala, incansablemente el sexo hasta la saciedad, hasta la sobresaturación, hasta la desesperación: el sexo como una cárcel mental. Y un día caluroso de agosto, mientras las cadmias perfuman despiadadamente la ciudad, Julio despierta odiando tanta exacerbada cháchara sobre el sexo y decide no hablar más del tema. A pesar de la acción siempre presente esta es la etapa introvertida, reflexiva, de Verne. Por eso mientras escribe la versión tropical del Viaje al centro de la Tierra en su pieza del Paraíso Mozartiano se le ocurre la idea maravillosa de las lecciones de abismo. En ese viaje de construcción social y de buceo en las profundidades del ser iban y venían los dos enamorados hasta que un día despertaron asustados y Julio tenía cuarenta y cinco años y Tulita estaba cumpliendo treinta. Julio le llevó el desayuno a la cama vestido de mucama con cofia y bata blanca, le trajo un enorme ramo de rosas y la llevó a conocer el mar. Son aburridas y como abstractas las historias de amor entre adultos ¿no, padre? Sí, hija, pero ya comprenderás que esos viajes abstractos son los que redimen tu ser.

Tercer viaje

Cuando Tulita y Julio se reencuentran en el Paraíso Mozartiano ella tiene treinta años y él cuarenta y cinco. Es un hombre hermoso, alto, con una barba fuerte y entrecana. Lo que se llama un hombre interesante, misterioso, que ofrece en silencio frutos prohibidos. Ha terminado de leer en el Salón Nautilus su novela La herencia de Langevol. Todos han aplaudido largamente. Todos (¿o casi todos

) en el Paraíso Mozartiano están orgullosos de que un escritor famoso escriba allí versiones sentimentales de un buen número de sus obras más conocidas. Isadora Arias, dueña y gerente del Paraíso Mozartiano, ofrece un almuerzo para agasajar a Julio Verne el domingo siguiente y allí, sentada en la larga mesa de roble, siente Tulita la mirada de Julio como dos banderillas que la llaman. Toda la tarde está Tulita, incómoda y obsesionada, con las benditas banderillas que horadan su espalda. Hasta que al anochecer no aguanta más el asedio de los ojos de Verne y sube a su cuarto, toma la cámara y se dedica a sacarle fotos al mirón. Cada fogonazo del flash lo pone más nervioso. Lo fotografía de frente, por la espalda, de costado, de manera ostentosa y desafiante. Ojo por ojo, de manera literal. Hasta que Julio Verne tiene que hablar aunque sea de forma envarada ¿me enseñas el arte de la fotografía? De esta manera visual recomienzan un amor en el que ella, muchacha posmoderna de treinta años, es la maestra en el arte de mirar, de ver más agudamente, de un Verne de cuarenta y cinco, más hábil con la palabra escrita que con las artes visuales. Es un amor entre la lengua y el ojo, le dice ella alguna vez, con su orgánica manera de hablar. Las malas lenguas dicen que de este aprendizaje surgen las largas y hermosas descripciones obsesivamente precisas en las novelas de Verne y la galería de retratos fotográficos de los personajes, de la vida cotidiana y de las grandes fiestas del Paraíso Mozartiano. Tulita le enseña a Verne otra habilidad más: le enseña a bailar. Verne tiene una cintura de cemento y Tulita le unta deliciosos ungüentos hasta que afloja y termina ágil como cintura de contorsionista. Verne se vuelve un afiebrado de la salsa, del mapalé, de los bailes negros. Pero esta habilidad, este placer corporal nunca se refleja en sus obras europeas. Teme la vergüenza, la burla de sus paisanos. Las novelas caleñas de Verne, en cambio, son como una bulliciosa noche de bailes sudorosos con las hembras del Paraíso Mozartiano. Verne dice con una sonrisa de ironía en los labios estrechos que después de una de esas noches tórridas su cuerpo huele a canela, a pimienta, a sal de ajo, a comino, a orégano, a cilantro salvaje, a orines de caballo. Y una mañana cuando se despiertan sudando, con el cuerpo fermentado por un rayo de sol, eructando burbujas como una totuma de chicha, Tulita tiene veinte años y Julio es un hombre de cincuenta.

Para Tulita no hay problema. Ella lo ama y esta situación no cambia nada. Al contrario, es un aliciente más. Para Tulita, Julio Verne es el hombre que la ha amado desde que tenía setenta años, el hombre que la ha amado durante su edad madura cuando tenía la desgracia insufrible de ser psicoanalista y que la sigue amando ahora cuando es una muchacha que ha olvidado ya buena parte de su experiencia de abuela. Ahora comprende que es tres mujeres en una. Solo sabe que ama a Julio. Nada más importa. Lo amará hasta que llegue el momento de desnacer y más allá, si es posible. Julio es el hombre de su vida que, como es natural, envejece y madura. Julio mira el cuerpo desnudo de Tulita, observa el sudor que corre por su espalda. Siente su piel cada vez más aceitada, sus músculos más tensos, más ignorantes. Siente su cuerpo cada vez más ansioso por descubrirse, observa sus movimientos cada vez más bruscos, sus excesos de energía, su tendencia a recibir sin dar, su sexualidad dibujada a brochazos de brocha gorda. Adivina que Tulita gana en inexperiencia. Desea ese cuerpo que sabe cada vez menos. Le hace el amor y encuentra que la amante que calzaba con sus deseos como un guante de seda tiene ahora senos magros, estrechos y erguidos, ambos senos buenos eso sí, y lo espera quieta, inactiva, como una flor que ofrece su belleza a los insectos. Julio y Tulita se abrazan y se quedan dormidos hasta el mediodía.



Y al mediodía, cuando despiertan, sucede algo muy natural: Tulita tiene nueve años y Julio cincuenta y cinco. Tulita se da vuelta y busca el cuerpo de Julio, se abraza a él, se sube en él y comienza a hacer el amor. Julio descubre su cuerpo de niña, su deseo de niña, su tímido olor a niña, su sexualidad leve y curiosa, asustada: la zona oscura entre la paternidad y el amor erótico. Algo lo aterra y lo fascina, como un abismo. Hacer el amor con Tulita que acaba de apagar las nueve velas de su cumpleaños es una lección de abismo. Cuando Tulita grita de placer Julio no resiste la tensión en que se debaten su deseo y su ética y huye en calzoncillos, con los pantalones en las manos, hacia el anonimato de la ciudad. Por la noche, cuando regresa, Tulita le dice: Si yo hice el amor contigo cuando tenía setenta años y a ti te faltaban todavía dos años para tener veinte ¿por qué razón no vas a hacer el amor conmigo hasta que yo lo desee ahora que tú llegas a los setenta y yo bajo de los diez? Y así corrieron cuatro años más.



Tulita tiene cinco años y él ya ha cruzado los setenta. Le canta canciones de cuna y llegan al origen de la costumbre de contarse historias, de inventar historias sobre una nariz, una zanahoria y un canario mientras Tulita se prepara para el sueño: Tulita hace que Julio la peine elaborada y prolongadamente antes de dormirse y le explica: quiero estar muy hermosa si te apareces en mis sueños. Tulita le cuenta que tiene sueños terribles: toros de lidia suben por las paredes y la van a cornear. Julio la lleva a la cocina y traen aceite y lo untan en los frisos de la ventana: como los toros tienen cascos se resbalarán y se caerán al suelo dando bramidos. Así matan el huevo de las pesadillas. Cuando llegan al puro principio de las historias compartidas, Tulita ha perdido el uso de la palabra y comienza a decir gugú y a orinarse en la cama, la ataca el sarampión y le dan fiebres gripales con frecuencia. Hasta que una noche Julio se da cuenta de que Tulita tiene una semana de nacida y comienza a sufrir, a pensar en esa manera de perderla que será su desnacimiento, su regreso a la madre, al embarazo de la bailaora que la concibió con su esposo innominado o tal vez con Amancio Senior durante las desordenadas noches de la Comuna Fourier en el Apocalipsis Dorado. Le da el último beso y toma su manita untada ya de los jugos del desnacimiento mientras ella regresa al seno materno, primero las piernas y por último la cabeza. Nunca podrá olvidar su última mirada de amor. Su desnacimiento ha sido como una muerte, como un entierro para un viaje hacia la nada, hacia la noche de amor de un mestizo y una bailaora, hacia su orgasmo pletórico de gritos y jugos lúbricos, hacia el coito agresivo y pasional, hacia los primeros besos, hacia el momento en que ellos están separados y van al encuentro, momento en que ya Tulita no existe sino como potencia ya realizada y que no tendrá otra oportunidad, como destino cumplido, como viento del futuro lejano ya en este mundo rojo del pasado-pasado.

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