A estas alturas de la vida ya nada puede lastimarme, me dijo. Y creo que sonrió, porque la cara se le puso más fea. Juro no haber visto en la vida algo más horrible. Después de biengastar un par de horas entre las estanterías atestadas de la librería Panamericana, donde suelo encontrar tesoros baratísimos de bibliómano, iba por la avenida Chile de regreso a mi chimenea, y a la altura de la Porciúncula, donde San Francisco levita y de cuyas naves emana ese olor denso de un incensario bien movido, lo tropecé con la punta de mi zapato. ¡Ay! ¡Imbécil! Fíjese por dónde camina.
La penumbra me disculpaba, la fatigada bombilla de la esquina pasadas las diez. Me detuve. Lo que yo veía era un amasijo de harapos que no podía prometer en su interior ninguna figura corporal. Pero una voz chirriante emergía de entre los trapos que se iban alzando. Por un agujero, que alguna vez fue el cuello de una camisa de zaraza, salió una cabeza que tenía un mazacote de pelo de piedra negra, dos ojos grises como huevos brotados de unos párpados incapaces de contenerlos, la nariz que era solo dos orificios separados por un tabique sutil que vibraba con sus palabras, que salían sibilantes de una boca de labios gruesos y reventados. El mentón, inexistente, seguía la misma línea del cuello, a perderse en el tronco, del que le deberían haber desaparecido las piernas. Perdón, buen hombre, atiné a balbucir como si estuviera trabajando en alguna novela gótica. ¿Lo he lastimado?
A estas alturas de la vida ya nada puede lastimarme, me dijo. Y creo que sonrió, porque la cara se le puso más fea. Yo llevaba debajo de mi sobaco unos macabros cuentos de Poe, y de Baudelaire Les fleurs du mal, en una edición húmeda que me olió fétida después de pagarla. De Edgar Allan pensaba escribir una biografía y de Charles tomaría el tono. Y me encontraba frente a frente con una criatura que habría nacido del topetazo de estos dos monstruos.
Con el agravante de que apestaba. A carne descompuesta, a lo mismo que el florilegio.
Lo conozco a usted y le ruego que no continúe su camino sin escucharme, aventuró la piltrafa. Me llevé la mano al bolsillo en busca de un puñado de monedas, pero surgió de entre los trapos un brazo flaco con una manita para impedírmelo. No requiero de compasión ni de caridad, sino de atención.
Aquí donde me ve, yo fui alguien igual a usted. Antes de que mi enfermedad progresara. Andaba bien vestido, mirando de frente. No me cambiaba por nadie. En la soledad de mi biblioteca enfrentaba todos los misterios. Si alguien tuvo grandes amigos ese fui yo. Derrochaba en fruslerías el dinero que ganaba con mi talento. Desnudé mujeres espléndidas. Conocí la ceca y la meca. Y me considero mejor escritor que todos ustedes. ¿Se imagina cómo pude caer tan bajo, ya no en la escala social, sino en la escala de la biología?
Me imagino que se dedicó al basuco. No, señor, está equivocado. Ha de saber que los libros, sobre la mayoría de los cuales, cuando están en estanterías por mucho tiempo, se deposita el ácaro de la sarna, son también portadores de las más virulentas larvas de enfermedades activadas desde tiempos medioevales, que atacan a la vez cuerpo y alma. Yo tuve la desgracia de contraer, entre otras disfunciones, el mal de Hansen, y ese extraño bacilo pudrió mi piel, me atacó ojos, músculos y testículos. Y suprimió mi sensibilidad al dolor, al calor y al frío. Otro mal me corroyó los pulmones, otro me adelgazó la sangre y otro me perturbó la barriga. Los miembros inferiores comenzaron a enflaquecer hasta la casi desaparición. La columna vertebral fue adquiriendo una consistencia babosa. La cara, los rasgos de un monstruo. La proctitis me tapó el culo y defeco hacia adentro por las llagas intestinales. No pudiendo soportar mis hedores, me expulsaron de Agua de Dios.
Santo Cielo, le dije. Yo también vivo metido en mi biblioteca, repleta de libros antiguos y curiosos. Y hasta ahora nada he notado. Ah, poeta maldito, tranquilo, es que tal vez usted no ha padecido, como yo, del mal de la envidia, que aniquiló mis defensas. Mire esta mano que le estiro y piense que maneja la pluma mejor que usted. Pero no tengo ni siquiera para la dosis de Ripanficina.
Le alargué un billete de cincuenta mil pesos y marché despavorido. Creí reconocer a un rival antiguo. En la caneca de Granahorrar arrojé los dos tomos infectos. Y subí a un taxi porque me empezó a doler la barriga.

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