Este barranquillero es Wilson Ramírez, tiene 35 años y tres hijos, y el extraño oficio de recibir 600 mil pesos cada noche para que la gente lo pueda insultar. Salta a la cancha, y recibe un temporal de madrazos que a fuerza de tanto escuchar ya no percibe. Su mamá se murió hace cinco meses de una gastritis aguda; tenía 82 años y fue empleada de servicio durante toda la vida. Desde el año 93, pita partidos de fútbol profesional. Le salen cuatro trabajos al mes. Restados los descuentos, se gana dos millones de pesos mensuales. No tiene ningún tipo de seguridad social. El día que esté viejo, y no pueda correr 50 metros en 7,5 segundos, como lo exigen las pruebas arbitrales, terminará viviendo de la electricidad. Porque cuando no está pitando es un electricista honrado.

Son las 7:19 y Wilson entra en un taxi por la puerta de maratón del estadio. Viene del hotel Baviera con sus dos jueces de línea, Carlos Gil y Darío González. Cada uno de ellos se va a ganar 300 mil pesos por el partido de esta noche.
Aquí, detrás de estas paredes, el fútbol no tiene nada de espectacular: los árbitros llegan como si fueran empleados de cualquier cosa, saludan a quien les abre la puerta y se meten en estos camerinos que guardan una humildad decorosa, semejante a la de ellos mismos.

Las paredes son de un tono crema lánguido. Hay dos orinales, dos inodoros y dos duchas a las que se les nota la pobreza pero no el abandono. La luz es blanca. Y allá, al fondo, hay un túnel desvencijado, agrietado, lleno de
charcos, por el que tienen que descender al infierno de un estadio lleno de gente que, sin misericordia alguna, y hagan lo que hagan, los va a insultar. Porque, pase lo que pase, los árbitros siempre juegan de visitantes.

Son las 7:21 y Wilson abre su maleta. Tiene dos uniformes (uno amarillo y otro negro); una toalla del hotel; un par de chanclas. Tres bebidas hidratantes. Y los guayos, y su escudo de árbitro. Enfundadas en un estuche de cuero, lleva una tarjeta roja y otra amarilla, un pito y una moneda, que puestas así, en plan profesional, reciben un trato algo sagrado.

Un vendedor ambulante entra al camerino y le regala un tinto bien cargado. Detrás del vendedor entra el comisario de la cancha, lo saluda con un abrazo y le entrega la planilla con los nombres y números de los jugadores. También entra el cuarto árbitro. A él le pagarán 50 mil pesos por asistir a los jueces desde el borde de la cancha. De él son amigos. Pero la escena tiene de curioso que todo está templado por la tensión. Los árbitros hablan en voz alta, comentan el frío, preguntan por la familia, pero las voces, en el fondo, tienen algo de murmullo.

¿Qué hace que un ser humano decida ser árbitro? ¿Cómo llega una persona a optar por un puesto en el que está bien que más de 50 mil personas le nombren la madre en coro? Wilson dice que la culpa de todo la tiene su tobillo. Desde que se lo lesionó, y no pudo volver a jugar fútbol, decidió meterse de árbitro para que su vida siguiera siendo perseguir un balón.
Apretados en este camerino, mientras se van cambiando, todos hablan un poco. Y de lo mismo: de fútbol. De que quisieron ser futbolistas. Y también se quejan del salario. De los impuestos que les descuentan. Y hablan también de cada uno: Carlos es taxista en Barrancabermeja. Darío es técnico de construcciones en Manizales. Cada uno tiene un hijo, y la ilusión de que sea futbolista.

Son las 7:24 y lo que más impresiona de esta caverna en la que se cambian los jueces, es que ahora nadie habla. Se debaten entre la concentración y los nervios. A ratos se oye el ruido del walkie–talkie del comisario, como un trueno en medio de las baldosas. Una cosa curiosa: ninguno se ha puesto todavía el uniforme de árbitro. Todos se quedan en calzoncillos negros y camisetas negras. Como si también fueran árbitros por dentro.

Hay un angustioso contraste entre el silencio del camerino y el murmullo de afuera. Darío improvisa un altar sobre el mueble en el que dejó la ropa. Saca una Biblia y la deja al lado de una imagen. Wilson monta un altar más osado, al lado del lavamanos. Un reguero de santos recostados contra un baldosín que puestos en fila parecen un dique contra los nervios.

Son las 7:32 y empiezan a calentar. Darío trota en un espacio mínimo. No se cansa de dar vueltas en círculos, por entre los casilleros. Carlos estira contra uno de los armarios. Y Wilson se baja al túnel, y trota y estira, y apenas mira la luz del final como una amenaza. Sólo se oyen los jadeos y los guayos contra el piso. Y la tensión es terrible.

Son las 7:55 y los tres se reúnen de nuevo. Mientras se ponen la camiseta del uniforme, y se embadurnan los muslos, hablan de los últimos manuales de árbitros que han leído. Detrás de la fachada de la conversación, palpita ese montón de nervios que se sienten por todo el camerino, más ahora que el ambiente está impregnado de linimento muscular.

A las 8:09 entran tres recogebolas que alivian la tensión. Por lo menos pasa algo. Con ellos, también entra Jorge Buitrago, el utilero del Santa Fe. Les entrega siete balones. Y Wilson los examina con un rigor casi médico, y toma los tres que están mejor calibrados.

Y a las 8:11 se oye un megáfono afuera. Es el locutor de El Campín, que lee la alineación de los dos equipos. Cuando dice el nombre de los árbitros, se oye un chiflido tenue pero general.

Y como si no lo oyera, Wilson les pide a sus asistentes que se acerquen porque el asunto ya se vino encima. Les da una breve charla técnica: “En los tiros libres yo cuido la barrera, y ustedes quedan pendientes del último hombre; si pasa algo, el que esté más cerca llega a ayudarme a separar; demórense con la bandera levantada, para alcanzar a mirar”. Al cuarto árbitro: “cuando falten dos minutos, te hago señas con los dedos para que sepas cuánto hay de reposición”. Es una charla extraña. El lenguaje tiende a ser técnico, casi cifrado: “Tú te quedas siempre con el penúltimo. Si me agarran lejos en un contragolpe, dan un paso atrás y yo entiendo que no hay penal”.

Y de la fase técnica pasan a la espiritual con el mismo énfasis. Se toman las manos. Vestidos de luto y mirando hacia arriba, tienen algo que es más de curas que de árbitros. Sobre todo, ahora que Wilson pronuncia con voz grave la palabra de Dios, y la extiende sobre sus compañeros como si fuera un paraguas.

Son las 8: 17 y Wilson se para frente a sus cartas de santos. Y se peina. Y luego pone una mano sobre la Virgen del Carmen, cierra los ojos y eleva la frente hacia el techo. Parece un monje en pantaloneta. Los demás lo están esperando en la puerta. Y cuando Wilson llega, los cuatro descienden al túnel. Al final está la luz del infierno. Nadie habla. Suenan los pasos. Pisan los charcos. Y se detienen justo en la boca de la luz, antes de que el estadio se los trague. Sólo habla Wilson: “A lo que vinimos, todos concentrados. Dios nos va a ayudar”.

Y a las 8:18 salen a la cancha, en medio de un vendaval de chiflidos. “Árbitros hijueputas”, grita alguien desde Oriental. “Localistas malparidos”, les dice otra voz de mujer. Y todavía no han hecho nada, ni han pitado nada, ni se han equivocado en nada.

Es la costumbre de masacrar árbitros. Los tres atraviesan ese pantano de insultos, y se separan una vez llegan al centro de la cancha. Se desperdigan como si fueran tres sombras. Y se les nota que en medio de toda esa multitud, sienten una soledad infinita.

Hay algo que despeja dudas cuando uno está cerca de los árbitros, pisando el pasto de la cancha al lado de ellos. Es que los insultos sí se oyen. Siempre hay un madrazo que atraviesa esa caldera de voces y llega diáfano al oído. Los insultos son como dardos. Darío dice después que al estadio va gente que se levanta a trabajar

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