Cuando se piensa en artes marciales se piensa en Oriente. En Bruce Lee. En ojos rasgados, cinturones negros, puños que rompen tablas como si se trataran de galletas y cabezas sin cascos que se estrellan contra varias filas de ladrillos. La capoeira es otro cuento. Cuando se habla de este arte marcial brasileño muchas cosas pueden pasar por nuestra cabeza, y no sólo la samba, las garotas, las playas y las infaltables caipirinhas… La capoeira es, además de acrobática y sutil, la segunda atracción más importante en Brasil después del fútbol. Debido a ese auge, decidimos asistir a una sesión en donde, al ritmo de berimbau, pandeiro, atabaque y bajo el canto del instructor, todos caímos seducidos para jogar a la capoeira. Esta es la bitácora de una hora de ejercicio que reúne la danza, la defensa personal, la acrobacia y mucha armonía. 5:50 p.m. Llegar a la Academia del Grupo de Capoeira Abolição no es fácil. No tanto por los trancones de la hora, sino porque la sede queda escondida en una calle falsa sobre la diagonal 127 en el norte de Bogotá. Tal es la confusión, que en lugar de practicar capoeira usted puede terminar de bombero en una estación de gasolina. 6:05 p.m. Como en toda práctica física, la sesión se inicia con un calentamiento suave. Estiramiento de músculos —tanto de brazos como de piernas— con un trote nos ponemos al calor y a punto para lo que se viene. La expectativa aumenta en todo los alumnos. Nosotros ya estamos como si hubiéramos corrido la maratón de Nueva York. 6:15 p.m. Después del calentamiento y de bebernos todo el agua que nos ofrecen, comenzamos con la práctica de los movimientos básicos. Cada uno de los ‘capoeristas’ se agacha y apoya su cuerpo en tres puntos: pierna atrás, pierna adelante y brazo al lado; el otro brazo queda doblado protegiendo la cara. Se llama Ginga. 6:20 p.m. Nos balanceamos de izquierda a derecha y derecha a izquierda. “La Ginga es para confundir al adversario”, grita el instructor. Y tiene toda la razón, si nosotros quedamos perdidos, el adversario lo quedará aun más. 6:25 p.m. Seguimos con el Au. Un movimiento que no es otra cosa sino la mismísima ‘vuelta canela’ de la infancia. La confianza vuelve a nuestros cuerpos. Si todo es así, seguro que terminaremos como capoeiristas de vieja data. Como para que nos den la corda branca que, como el cinturón negro en otras artes marciales, identifica al Grande Mestre. 6:30 p.m. La práctica de movimientos básicos termina con la Media lua y el Salto de macaco. Brincos y saltos que nos regresan a tiempos del preescolar. Esto de la capoeira no es tan difícil como pensábamos. Después de media hora de ejercicio, el nivel de confianza es igual al nivel de transpiración. La fase previa ha terminado. Llegó el tiempo de la música… 6:35 p.m. Hacen su entrada el berimbau, el pandeiro y el atabaque, instrumentos que conforman la orquesta de capoeira. El berimbau es una especie de caña, unida de sus extremos por una cuerda que lo hacen ver como un arco para lanzar flechas. En su base tiene un mate que funciona como caja de resonancia. Este instrumento lo toca el Mestre, o guía, al tiempo que empieza un canto que narra leyendas de grande capoeiristas. “O Capoeira é muito mais que um simple lutador que da pernadas. Ele é um artista que tem alma, coração e poesia…” 6:40 p.m. Ahora sí, el verdadero ritual ha comenzado. El pandeiro —casi que una pandereta sin serlo— y el atabaque —tambor africano— son tocados por dos de los alumnos. Todos los demás capoeiristas hacemos un círculo llamado roda y seguimos —intentamos, en el caso nuestro— el ritmo con la palmas de las manos. A medida que el canto continúa, un capoeirista toca a otro, como una forma de reto, para salir al centro y ‘enfrentarse’. Por momentos nos recordó el Break Dance de los 80. 6:45 p.m. Mientras continúa el canto del instructor y nosotros rogamos para que nadie nos toque, en el centro de la roda los participantes desarrollan movimientos improvisados de ataque y defensa, lo que ellos denominan jogo. Brincos y juegos basados en los tres desplazamientos básicos. Movimientos acrobáticos que nos llevan a pensar que si lo intentamos, seguro que del salón salimos de urgencia para que nos reconstruyan en algún hospital. 6:50 p.m. Y claro, como en todo, cuando uno no quiere es cuando le toca, somos tocados. Miramos a derecha e izquierda. No sabemos qué pasa. ¿Salimos o no salimos? Creemos que con lo poco que practicamos, nuestra salida será un desastre total. Lo peor de todo es que quien nos ha retado es una mujer. Al tiempo que el instructor sigue cantando, él mismo nos hace una seña con la cabeza. Toca entrar y moverse. Defensa y ataque, tratando de hacer un ginga, seguido de un au y haber si nos sale un salto de macaco o una media lua. ¡NO! Definitivamente no. 7:05 p.m. La música y el canto se detienen. La roda se vuelve un par de filas que miran de frente al instructor y, como todo ritual, levantan la mano, gritan algo en portugués, se llevan el puño al corazón y dan por terminada la sesión del Grupo de Capoeira Abolição. Definitivamente con una clase no alcanzamos a convertirnos en el tigre que todos llevamos dentro. Quizá lo tengamos muy escondido y para descubrirlo necesitemos un par de clases más… Habrá que intentarlo en otra ocasión. Por ahora necesitamos una ducha caliente y nuestra cama para hacer lo que mejor sabemos, sacar el oso que llevamos dentro y dedicarnos a hibernar todo el fin de semana. Recuadro al ritmo del berimbau, los capoeristas hacen movimientos acrobáticos que se basan en tres pasos básicos: la ginga, el au y la media lua., Estar en una sesión de capoeira se parece, por momentos, al break dance de los 80,

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