Las manos dormidas, la boca seca con arena entre los dientes, los hombros encogidos y las piernas dobladas como dos serpentinas eran una señal de que el sol del desierto había sido el mismo del que todos hablaban: demoledor e implacable, como si en vez de calentar, mordiera.

No era un buen comienzo. Era apenas el desalentador final del primer día y solo 22 kilómetros de los 120 en total, que un grupo de 98 atletas de distintas partes del mundo debía correr en cuatro días en el desierto del Sahara. Habíamos llegado el 3 de marzo a Djerba, una ciudad de Túnez, país ubicado al norte de África sobre el mar Mediterráneo. Una región de árabes de leve amabilidad y de natural sangre comerciante, quienes desde la llegada al aeropuerto no habían mostrado mayor entusiasmo de que allí estuviéramos para sumergirnos en un desierto bello e impredecible. Era una aventura planeada años atrás y que finalmente había decidido realizar con el único propósito de cruzar la meta el último día, sin que me desvelaran las consecuencias físicas y, a cambio, intentar cumplir con un sueño que por momentos fue todo lo contrario: una pesadilla. De los 98 atletas, 20 eran mujeres. Todas de piernas como rocas, de espaldas de la rigidez del mármol, de estómagos marcados y espíritus guerreros. Su belleza no nacía en la cara sino en el particular ritmo de su correr y en la manera de devorar caminos polvorientos e interminables. Nacía de enfrentar tormentas secas y de pelear con la frente al sol. De derrotarlo.

De los 78 hombres, en su gran mayoría italianos, dos éramos colombianos. Conmigo había emprendido este viaje Gustavo Carvajal y quien, al igual que todo el grupo, sentía que ir a África no era para finalizar fortalecido de piernas y tobillos, menos para intentar llegar primero. Era un viaje más allá de medir con rigidez los tiempos. Era poner a prueba la capacidad de sacrificio. Era correr por otra tierra muy lejos de esta. Era un asunto espiritual. El lunes 5 de marzo, dos días después de haber llegado a África, el termómetro señalaba 42 grados de temperatura. Empezaban a llegar los últimos corredores de la primera etapa con un trote suave y diagonal como si se tratara de bolas de billar que van de banda en banda. Aún no me recuperaba de los primeros de 22 kilómetros y aunque me sentía tranquilo de haber finalizado, cuando el médico italiano me dio a entender entre gestos que lo que sufría era un fulminante ataque de sol, me sentí derrotado. No era la primera mala noticia de este viaje, pero sí desalentadora en el inicio de la carrera. Cuatro días antes, el avión que nos llevaría desde Miami a Roma vía Londres se había dañado, con el agravante de que las maletas de Gustavo, así como las mías, cargadas de ropa, tenis, reconstituyentes, una armónica, antidepresivos, vitaminas, vendas y aspirinas, tomaron una vía desconocida cuando nos cambiaron de avión y de ruta, y del que nunca nadie dio noticia. Al final, las maletas no llegaron el día que partimos a África en un avión fletado para todo el grupo, lo que significó irnos sin nuestro motivante ejército de pepas y cremas, solo con unos tenis, dos pantalonetas y una camiseta que compramos de afán en el centro de Roma.

Había que abogar por solidaridad. La organización de la carrera y, en general, los otros atletas desconocidos, pero conmovidos por nuestro liviano equipaje que no pasaba de ser un maletín de mano con un libro, un cepillo de dientes y un pañuelo usado, se sensibilizaron al punto de que nos llegaron medias, camisetas, gorras y, lo más importante, un sleeping bag con el que enfrentaríamos las heladas y despejadas noches del desierto.

La rabia de que el equipaje hubiera tomado un rumbo desconocido había pasado. Las angustias eran otras. Esas de cómo enfrentar no solo un universo extenso y desconocido sino el modo como se haría, sin las armas suficientes para lidiar con un desierto del que se pronosticaban tormentas calurosas y de arena para cambiar intempestivamente a lluvias de escarcha y tan frías que los dedos de las manos se convertirían en rígidos tornillos de acero.

Era la hora del almuerzo, luego de los primeros 22 kilómetros desde Chenini, un pueblo de arquitectura árabe, por un empinado camino cubierto de rocas y arena. La salida había sido el lunes 5 de marzo a las 10:30 de la mañana, cuando el sol extendía un infernal abrazo sobre nuestras cabezas con rayos que daban la sensación de derretir todo a su paso. La nuca, las manos y las piernas eran las más vulnerables. El corazón cedía, no menos la voluntad y el espíritu. Pero todo era parte del pacto que había hecho cuando decidí inscribirme en una ultramaratón con dos mundos tan adversos, como el recorrer la belleza inmóvil de un desierto único, pero al mismo tiempo de la forma como se hacía, con el dolor en cada zancada, sintiendo cómo la fuerza daba señas de perder una batalla que apenas comenzaba.

Fue una mala primera etapa. Aunque era el primer día, para mí y otros muchos fue el peor de esta aventura. Había salido con los pulmones y el corazón hinchados de una particular energía, creyendo tener las piernas de un caballo y el espíritu de un soldado que gana su última guerra.

Pero todo fue una alucinación que por poco me hace claudicar antes de tiempo esta historia. De los primeros 22 kilómetros sufrí los últimos 20. No era el único, pero sí uno de los que el sol más había aplastado. No fue suficiente toda el agua que cargué en mi espalda. Eran dos litros, que aniquilé en los primeros seis kilómetros. Una sed distinta que no conocía, como sentir cemento entre la garganta y no saliva. Así corrí cinco kilómetros más hasta coronar el único punto de hidratación donde podría recargar mi morral, hecho para llevar agua y esas horribles, pero energéticas, barras de salvación llenas de azúcar que deberían lidiar con mi desfallecimiento en el camino.

Las rápidas piernas del comienzo y el espíritu que en vano creí tener estaban exprimidos. Solo restaba llegar al campamento Guiseppe, que luego de dos horas de correr se veía en una esquina lejana del Sahara. Eran las 12:30 del día, mientras la temperatura subía hasta el cielo. Apenas el inicio de un sueño de características distintas a lo que uno desea en la vida real. Fascinante, así por momentos fuera doloroso.

Después de 2 horas y 34 minutos llegué al campamento, que tenía las similitudes naturales de los oasis que únicamente había visto en cine o en televisión. De arena fina el piso, con algunas palmas espigadas y habitado por tiendas árabes, que son como tapetes extendidos en cuatro palos y las cuales serían nuestro sitio de dormir, crucé la primera de cinco metas en cuatro días sin la sonrisa del que cumple una larga jornada, sino con la preocupación de si sería capaz de salir a la mañana siguiente, cuando tendríamos una etapa de veinte kilómetros de día y otra de siete por la noche.

Ver esa tienda árabe fue ver el cielo. El equipaje previamente había sido llevado en camiones parecidos a los que corren en el París-Dakar y puesto en el centro del campamento para que cada uno lo recogiera. Desde la noche anterior fuimos divididos por grupos para dormir durante toda la semana. Junto a Gustavo, mi tienda la conformaban Sharon, una gringa maravillosa y estricta que nos dotó de todo tipo de bebidas y barras energéticas que consumiríamos como buitres en los caminos y dunas; Ciliciano, un italiano de 45 años de un humor particular, de corazón noble y generoso, y Claudia, una alemana que no parecía alemana. Esta era divertida, relajada y con gracia. Se trataba de una tienda cálida en donde no había puertas y solo el lugar suficiente para un maletín y el sleeping bag. Un espacio lejos de toda intimidad y en el que entrada la noche roncábamos al mismo tiempo, sin que importara quién lo hacía más duro o más feo. No existía pudor. Si tocaba ir al baño, que era el propio desierto, bastaba con pedir papel para hacerlo. Era un baño comunal, pero lo suficientemente grande para no enfrentar vergüenzas. Las mujeres se quitaban la camisa como si estuvieran en su casa y no rondaban ojos que las miraran de otra manera. Los dientes se lavaban con agua que sobraba del almuerzo, nadie se peinaba ni cargaba con espejos por tendencias vanidosas y las improvisadas duchas que llevaban los camiones eran para después de correr. En la noche o al frío amanecer, no había valiente que se atreviera a dejarse tocar por una gota.

Estaba desilusionado. No solo por el mal tiempo que logré en la primera jornada, sino porque no tenía fuerzas ni la voluntad suficientes para pensar en el segundo día. Eran un poco más de las dos de la tarde y mientras estaba casi muerto en la tienda tratando de recuperar el aliento, la gente empezaba a llevar sus cubiertos para la mejor de todas las horas y tiendas del campamento, y en donde los cocineros italianos eran lo dulce de la jornada. Eran unas mesas comunales en las que se comía muy bien y todo lo que uno quisiera.

Fue allí cuando mi condición empeoró. El médico, acosado por casos similares de ataque de sol, me acostó en una banca de esa tienda. Al tomar la presión, mi corazón no reflejaba una mañana de carreras empinadas y angustias, sino extrañamente el ritmo de un hombre que hubiera gastado las horas entregado a la lectura o durmiendo. No sé si era una buena o mala noticia. No sentía el corazón latir sino caminar. Solo quería regresar a mi tienda a dormir sin importar que pudiera perderme de la mejor pasta del mundo, con jamones y quesos. No podía mantener los ojos abiertos.

No almorcé. No tenía apetito y únicamente pensaba en recuperar la fuerza. Fue una siesta colectiva. En mi caso, porque no existía otra alternativa y en el de otros, por rigor, por una estricta disciplina que incluía dormir así no se tuviera sueño, con el propósito de reencontrar el ánimo que se había perdido en el camino.

Dormir me alivió. A eso de las cinco de la tarde me desperté con el hambre de un rinoceronte, pero sabiendo que tocaría esperar hasta las siete de la noche para la cena. Era una buena noticia sentirme recuperado, aún con una tos que no me abandonaba y que heredé desde que partí de Colombia. Las noches en el desierto eran pacíficas y calladas. A pocos metros de distancia se podía oír lo que hablaban en una u otra tienda, el cielo era claro y frío, y una luna amarilla se sentía más grande que el Sol en un mundo despoblado. Llega el momento de la comida, siempre con vino rojo incluido y con ella la energía que se había escapado. Llega la hora de ir a la 'cama', no más allá de las ocho de la noche, la hora de navegar de pies y cabeza dentro de la bolsa de dormir para pelear con el frío y de acomodarse en una tienda sin puertas y piso de arena. Llega la hora de roncar en coro y de soñar con los 20 kilómetros de la mañana siguiente.

Pero no todos dormían como focas. Cualquier mosca astuta era suficiente para despertarme. Cualquier susurro. Más si venía de mi vecino italiano, que con el paso de los días comprendí que tenía serios amores con la gringa bella y maravillosa. Una historia de amor que no pudieron mantener en secreto en una tienda donde eran difíciles las declaraciones al oído. Una tienda en la que dormíamos pegados, en la que sin conocernos de años atrás todos sabíamos de todos y en donde recién levantados éramos horribles, con lagañas en los ojos y agrieras de tomar tanto líquido hidratante desconocido.

El martes 6 de marzo el amanecer fue rojo y helado. Un día largo por los veinte kilómetros de la mañana y los siete de la noche, un duro abrebocas para el día siguiente, en que tendríamos la jornada más larga de todas, 42 kilómetros de una maratón olímpica. El desayuno era muy italiano. No había huevos, calentado o jugo de naranja. Pan con jamón y cereal sin leche era lo que se comía por la mañana. Y tocaba comer o de lo contrario sería un suicidio anunciado.

Los veinte kilómetros de ese 6 de marzo empezaron en el campo Guiseppe, una hora más temprano, a las 9:30. Una vez más inicié con el paso de un potro brioso. Me sentía bien y sabía que el terreno era plano, solo con algunos bajos de arena blanda donde sería difícil mantener el ritmo. Sabía, además, que podría encontrar agua apenas hasta el kilómetro 14. La mañana era calurosa. Unos 32 grados cuando se dio la partida. Los primeros diez se fueron en relativa calma, aunque tomaba agua más rápido de la cuenta. En mi morralcito, cargado con dos litros y por estricta orden de la carrera, llevaba un pito por si me salía del camino y llegaba a perderme, una navaja para combatir una cobra, una manta que igual funcionaría para el sol o el frío y tenía el tamaño de un pañuelo y un encendedor para emitir señales de humo si el desvío tomaba dimensiones inesperadas.

En el kilómetro 12, el calor asfixiante y la falta de agua me hicieron bajar el paso del potro al de un manso perro que guía por las calles a su amo ciego. Era un trotecito insignificante con el que pretendía llegar a donde un grupo de voluntarias italianas repartía agua, gajos de naranja y pastillas de sal para recuperar la pérdida. El agua nunca me supo tan bien. Destapaba botellas de un litro y medio como quien destapa cerveza en una cancha de tejo. Tomaba dejando que se me empaparan los tenis, que con la arena y el sol terminaron por convertirse en estatuas de barro, duras y secas, poco motivante para las plantas de mis pies, que ya para ese momento se sostenían sobre dos ampollas. Quince minutos de descanso fueron como quince siglos. Al frente tenía aún seis kilómetros más por recorrer. Veía un camino sin final y en donde debería lidiar con pantanos de arena. Pero el paso del comienzo regresó así como el vigor del potro brioso. En el camino me encontré a Gustavo que, inexplicablemente, decidió correr sin camisa, algo que nadie entendía, no con esas temperaturas que sobrepasaban los 43 grados y daban la sensación de convertir en mermelada a las piedras. Así llegamos, luego de dos horas y diez minutos. Con un paso envidiable. Con el ánimo que no tuvimos el primer día y la felicidad de llegar a un campamento de arena blanca y a unas duchas heladas, que cuando uno se metía en ellas nos salía humo desde las orejas hasta los tobillos.

Fue una reconfortante jornada. El ánimo estaba en Marte y era hora de almorzar. Estábamos en uno de los sitios más bellos que jamás hubiera visto. Colinas de arena nos rodeaban, dunas que únicamente vi en revistas de viajes exóticos e imposibles, serían el sitio donde dormiríamos.

Almorzamos como romanos. Teníamos pocas horas para una siesta obligatoria, porque a las ocho de la noche se daría otra partida para correr siete kilómetros, pero esta vez con el sereno de una noche que daba señales de ser fría.

Lo fue. La noche era helada y había una luna que invadía el desierto. Nos soltaban en grupos de a dos corredores, que equipados con potentes linternas pegadas a sus cabezas no tenían problema para ver un camino que estaba señalizado con algunas luces para no desviarse o caerse. No era el caso de Gustavo y el mío. Nuestras modernas linternas estaban guardadas en las maletas que nunca llegaron y que para ese momento estarían en algún aeropuerto de Europa.

Pero Sharon, la gringa, era como la mamá de la tienda. Como pudo, nos consiguió una linterna que debimos compartir y que tenía características tan particulares como una tenue luz amarilla y seductora, pero no eficaz para enfrentar el circuito de siete kilómetros.La Luna no fue sinónimo de claridad. Todos los corredores, sin embargo, llevaban en su espalada una barra de luz líquida y fosforescente que finalmente se convirtió en nuestra guía. Fueron rápidos kilómetros los que corrimos sin ver mucho por dónde se iba, pero al mismo tiempo sin percances serios que interfirieran con la jornada del día siguiente. En 38 minutos devoramos los kilómetros. No hubo coraje para bañarse. Nadie lo hizo. Había un apetito de gorilas, en cambio, y una inevitable necesidad por ir a sumergirse en la bolsa de dormir. La cena fue pasta italiana, naturalmente. A las nueve de la noche todos dormían menos los integrantes de mi tienda. Claudia había sacado de su morral una botella de vodka que nadie esperaba. Nadie alegó. Al contrario. Tomamos a pico de botella, sabiendo que no era el mejor reconstituyente para los 42 kilómetros. Pero estábamos en el Sahara. Suficiente.

En media hora todos dormíamos, excepto Sharon y el italiano que pasaban la noche hablando de amor en voz baja. Eran normales esos susurros. Ya no me desvelaban.

A las 8:30 de la mañana del miércoles 7 de marzo fue la salida del primer grupo para ir del campamento Laaraj a Aouinett Essbat, exactamente a 42 kilómetros. Los últimos diez serían con la arena hasta los tobillos. Nos habían dividido de acuerdo con los tiempos acumulados, los más lentos, nosotros, saldríamos de primeros.

No había sol, pero sí calor. Unas nubes aliadas cubrían la mañana, para una jornada que, entre mis cálculos, terminaría en cinco horas. Salí con paso escamoso para una distancia tan larga. No aprendía la lección. Los primeros 21 kilómetros fueron de tono pacífico. No tuve una sed violenta, en buena parte porque supe regular el agua que llevaba. Las ampollas ya se habían estallado.

Llegué a la mitad de la carrera sin profundos contratiempos. Me reabastecí de agua, me comí un bulto de naranjas y descansé alrededor de 20 minutos. Sabía que contaba con la fuerza medida para la otra mitad, algo que no fue cierto. En el kilómetro 35 entré en un mundo en el que corría tan suave que no sentía las piernas, estaba tan cansado que ni fuerza de levantar los brazos tenía.

Me quedaba algo de dignidad, sin embargo. Había sido como las otras una corrida solitaria, sin que gente o animales se vieran en el camino, solo escorpiones. Llegué después de cinco horas y 38 minutos y de haber corrido en tres días algo más de 100 kilómetros en unas condiciones extrañas, muy duras, pero bellas.

Tenía un cruce de sensaciones. Nunca corrí tanto tiempo ni nada parecido enfrenté en la vida. Estaba en paz de finalizar la etapa más larga, aún con un paso que por instantes daba la sensación de ser filmado en cámara lenta. Quedaba una etapa más y la más bella de todas, decían los italianos. No se equivocaron. Se correrían 24 kilómetros, los últimos 14 por entre un universo de dunas.

La tarde de ese miércoles fue en calma. Una tarde de lectura y de descanso que finalizó con un cielo en el que había una guerra de colores y tonos. En la noche, el frío, los amores ocultos de mi tienda y la buena comida regresaban. Estaba emocionado de sentir que solo faltaba un día más para terminar esta aventura larga y maravillosa. Esa noche sí dormí como una foca. El jueves 8 de marzo por fin amaneció lluvioso. La lluvia es frecuente en el Sahara en los primeros días de ese mes sin que signifique que haga frío, a no ser de que se trate de una tormenta. Esa misma, que luego de salir del campamento Aouinet Essbat a las 9:30 de la mañana, tuve que enfrentar diez kilómetros más adelante. En realidad, fueron dos tormentas. La primera de arena y por la cual poco se podían abrir los ojos. Si la boca no estaba bien cerrada, la arena se sentía entre los dientes como cuando se comen uvas pasas con maní. Fueron 45 minutos de una tormenta severa que hacía muy difícil saber por dónde se iba, unas banderas clavadas en las cimas de las dunas eran la única señal.

Pero la segunda fue peor. Como no tenía guantes, una lluvia que era una escarcha pesada que caía en ráfagas, me congeló las manos al punto de que corrí con los tenis desamarrados porque los dedos no tenían movilidad para darles vueltas a los cordones. Llevaba algo más de tres horas y a dos kilómetros veía el campamento y el oasis Ksar Ghilane, la última parada de esta historia. Los dos kilómetros más largos que he corrido. Fueron como dos décadas y dos matrimonios.Finalmente, y luego de tres horas y 35 minutos, llegué con Gustavo, a quien me había encontrado en una de las tormentas. Crucé la meta como quien entra al cielo. Todo había terminado, menos el amor de la gringa por el italiano. Ese aún galopa. Sentía la emoción de cumplir con los propósitos del comienzo, que no eran más que una aventura solitaria por descubrir un desierto único y misterioso, medir las fuerzas y lidiar con el espíritu. No era más que eso. Estar a los pies de África. Nada más.

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