Tengo que comenzar con una confesión: no me gusta el fútbol. Pertenezco a ese minoritario, extraño, sufrido e incomprendido grupo de desadaptados que no le ven mayor gracia al deporte más popular del mundo. Me aburren los partidos y todo lo que los rodea. Eso debería ser suficiente. A algunos no les gusta el críquet, otros detestan el hockey y muchos se burlan del golf, y no hay problema. Nadie los juzga, simplemente no les gusta un deporte. Con el fútbol la cosa es a otro precio.
Ahora, no lo odio. Culpar al fútbol de lo que, en ocasiones, se hace con él, vendría a ser como culpar a la energía atómica por lo que a veces se hace con ella. Es tonto odiar un deporte. Mi problema con el fútbol es que no entiendo toda la bulla que hay alrededor de él.
Muchos pensarán que nunca he visto un partido y que por eso no lo entiendo. No es cierto, he visto muchos -tal vez demasiados- partidos. Y, bueno, la verdad es que no hay mucho que entender. Son dos equipos, cada uno de once jugadores y todos quieren hacer y no dejarse hacer gol. Eso es todo, lo demás son detalles. Quizá la única regla complicada que tiene el deporte es el fuera de lugar, y no hay que tener un doctorado en lógica para entenderla.
En todo caso quería estar seguro de que el fútbol no es gran cosa antes de hacer esta confesión por escrito. Pero tenía que comprobarlo de primera mano. Entonces decidí ir a un partido en el estadio. Nunca antes en mi vida lo había hecho. Siempre había visto fútbol desde la cómoda distancia que da la televisión. Pero tenía que hacerlo en el lugar donde la experiencia es más intensa: desde las barras bravas.
Un domingo cualquiera
El domingo 24 de octubre se enfrentaban, en el estadio Nemesio Camacho El Campín, el Independiente Santa Fe y el América de Cali. No sabía mucho más acerca del partido. Tal vez que los dos equipos están entre los mejores del país y que era un partido fundamental para la clasificación de ambos. Lo escogí casi al azar: un partido cualquiera, en un domingo cualquiera. Así mismo escogí la barra donde me sentaría. Iría a la gradería Sur, donde está La Guardia, la barra brava que apoya al Santa Fe. Como es de suponer, me da exactamente lo mismo cualquier equipo: Santa Fe, América, Millonarios o Cortuluá.
Antes de llegar al estadio, Andrés, un hincha del Santa Fe que se había ofrecido a acompañarme, me advierte que no podemos bajarnos en la entrada Norte. Si lo hacemos los hinchas del América lo reconocerían y "nos destrozarían". Esta primera advertencia es suficiente para asustarme, aún más, y hacerme dudar sobre mi experimento futbolístico.
Mi difícil relación con el fútbol comenzó desde muy temprano. A los seis o siete años yo era uno de esos niños de pelo largo y pantalones escoceses cortos. Un principito. A esa edad todos los niños le pedían al Niño Dios balones, guayos y uniformes de la Selección Colombia. Yo prefería los muñecos o el disfraz de Supermán. Aún hoy no entiendo cómo alguien, por más niño e ingenuo que sea, puede preferir disfrazarse de René Higuita a disfrazarse de Supermán. En el colegio era peor. Los recreos, las horas libres y las clases de educación física eran una pesadilla. Cuando los dos niños que mejor jugaban escogían equipo (porque siempre hay dos niños detestables que juegan tan bien que pueden "mandar" el juego) me dejaban de último o no me escogían. Era tan humillante que preferían al cojito o al gordo de gafas. Los peores años son entre los 9 y los 14. Está científicamente comprobado que en esa edad el ser humano alcanza su mayor grado de crueldad. Hoy día me sirve de consuelo: si sobreviví esa época sin jugar fútbol, puedo sobrevivir casi cualquier cosa.
Cuando uno sufre de esta particular limitación, uno de sus peores enemigos es el profesor de deportes. Por lo general se trata de un personajillo gris, de bigote, que odia su trabajo. Es muy probable que en algún momento de su vida este individuo tratara de entrar a un equipo de fútbol profesional, pero nunca lo logró por falta de talento. Entonces, le tocó resignarse a dar clases de gimnasia a unos niños de colegio. Este resentido adora a los que juegan bien fútbol, porque ve en ellos lo que hubiera podido ser, y detesta a los que no lo hacen bien. Las pocas veces que me tocó jugar fue por culpa de este profesor. Siempre obligado, claro, y sujeto a las burlas y a las protestas de todos los demás del curso. Me acuerdo de partidos en los que nunca toqué la bola. Por lo general me ponían de defensa y me quedaba charlando con el portero. Cuando el balón se acercaba sólo podía cerrar los ojos y lanzar una patada: a veces le pegaba al balón, otras al aire y de vez en cuando a un jugador. Yo era de los pocos estudiantes que además de perder matemáticas, geografía y español, también perdían gimnasia. Claro que en los últimos años de colegio es más fácil sobrevivir. Uno siempre puede refugiarse con los intelectuales que prefieren leer, los rechazados que nadie invita a jugar, o el cojito, que ya a esa altura casi no se puede mover. Pero ahí está el estigma que me acompañará hasta el final de mi vida: soy el tipo que nunca jugó fútbol.
Llegamos a la entrada cuando falta una hora para el comienzo del partido. No tenemos que hacer la fila, bastante larga por cierto, porque vamos directo a la entrada de prensa. La persona encargada de recibirnos me dice que el ambiente está bastante pesado y que puede haber problemas más tarde. Me sugiere que vea el partido desde Occidental, donde todo es más calmado. Si quiero ir a Sur, me advierte, debo hacerlo bajo mi propia responsabilidad. Lo dudo un poco, pero sigo con el plan original.

Malos muchachos
A las cinco y media entramos a la gradería sur de El Campín. Lo primero que veo es la cancha, de un verde irreal que no parece pasto. Está comenzando a anochecer y las luces del estadio apenas se están prendiendo. Los de La Guardia saltan tanto que el piso se mueve. Los tambores y los gritos no me dejan oír nada. La mezcla de la luz, el movimiento y el ruido hacen que todo parezca un sueño. O una simpática pesadilla en mi caso. Albert Camus decía que no hay lugar en el mundo donde un hombre pueda sentirse más contento que en un estadio. Por alguna razón empiezo a dudar de su lucidez. Los de la barra me miran con sorpresa, es evidente que estoy ahí por primera vez. Algunos, incluso, se sonríen.
A medida que se acerca la hora del partido, los hinchas se ponen más ansiosos. El olor a marihuana me marea un poco. Es casi imposible hablar, solo se oyen los coros que repiten, hasta el agotamiento, mis compañeros de tribuna. Pero hay algo bastante particular: todas las canciones son en argentino. Los barristas parecen recién llegados de Buenos Aires y las letras están plagadas de "vos", "sos" y "tenés". Tengo la impresión de que cada vez más los hinchas son universales: todos se visten igual, hablan, oyen y cantan lo mismo.
Me acerco a uno que parece amigable y le pregunto por el partido. "Vamos a ganar. Este año seguro quedamos campeones", me dice. Otra de las cosas que siempre me ha llamado la atención: los fanáticos solo hablan en primera persona del plural. Dicen "ganamos", "perdimos" o "nos golearon". Pero no se han dado cuenta que ellos en realidad no hacen parte de nada. El equipo son unos señores en uniforme que reciben un sueldo. Son "ellos" los que juegan, no "nosotros". Con la Selección Colombia la situación llega al límite y los fanáticos se comportan como si cuando juega la selección, en realidad jugara el país. Pero no, la selección Colombia no es Colombia, nada más es un equipo que representa al país en unos torneos. ¿Por qué nadie dice "ganamos" cuando la Selección Colombia de gimnasia rítmica gana una competencia en unos panamericanos? El fútbol no es una guerra, es solo un deporte.
Pero al menos comprendo a los que se sienten parte de un equipo de su ciudad o de su país. ¿ Y los que son hinchas de un equipo de otro país? Encuentro un poco tristes a quienes nunca han salido de su ciudad, pero que no se pierden y apoyan a muerte a un equipo de Inglaterra, Argentina o España. Típico esnobismo futbolístico.
De un momento a otro anuncian la salida del Santa Fe. Una lluvia de papel picado y de serpentinas comienza a caer. Los himnos se hacen más fuertes y las banderas se agitan furiosamente. El equipo aparece en la cancha y comienza el delirio. Me refugio bajo una de las inmensas banderas que atraviesa la gradería. Nadie ve el calentamiento ni se da cuenta de que una versión patética del himno de Bogotá suena al fondo.
Suena el "pitazo inicial". Es el momento de mayor euforia, algunos se suben a las barandas, los demás cantan o saltan. Los más preocupados se dan la bendición mientras que los más entusiastas queman luces de bengala. Desde su inicio, en la década de los 70 en los estadios de Inglaterra, las barras bravas han estado asociadas con la violencia. Pero yo no veo nada violento. Sí, es una celebración intensa, pero una celebración al fin y al cabo. A mi lado un muchacho de unos quince años está totalmente entregado: sin camisa ondea una bandera y no para, ni un solo segundo, de gritar. Nadie se fija en mí y por primera vez me siento cómodo. Aplaudo tímidamente.

La pasión del fútbol es el gol
La única advertencia que me hace Andrés es que si el Santa Fe hace gol tengo que correr hacia adelante. Que nada más importa, solo correr. Si no lo hago podría ser derribado por una estampida de barristas furibundos. Los primeros 20 minutos del partido estoy aterrorizado. Cada vez que el Santa Fe se acerca al arco contrario ruego para que falle.
Permanezco casi inmóvil, sin mirar a nadie a los ojos y sólo aplaudiendo de vez en cuando. Uno de ellos me dice, en tono de reproche: "Bueno, ¿a qué vinimos?". Para evitarme problemas empiezo a saltar y a simular emoción. Otro de mis vecinos me dice -no sé si en broma- que huelo a clasiquero. Sé que es un insulto, pero no tengo la menor idea de qué significa. Andrés me explica que un clasiquero es el que sólo va a los partidos importantes, a los clásicos. Soy un hincha hipócrita, traicionero e interesado.
Pero es que no puede ser de otra forma. Nunca he entendido muy bien cómo es eso de ser un verdadero hincha. El diccionario lo define como "partidario entusiasta de un equipo deportivo", pero al parecer es mucho más que simple entusiasmo. Es una condición hereditaria o genética. Son hinchas de Millonarios o del River Plate por un designio del Dios del fútbol -claro, porque están convencidos de que hay uno-. No lo deciden, sólo pasa. Entre ellos, además, siempre hay uno, que sabe todos los datos posibles. Sabe cuántos goles lleva Ronaldo, sabe los cinco primeros puestos del campeonato mexicano, sabe cuánto pagó el Roma por una contratación. Uno siempre se encuentra a estos personajes discutiendo sobre eso (la única cosa peor que jugar fútbol es hablar sobre fútbol) mientras ven cualquier partido. Por lo general, sus discusiones giran sobre temas fundamentales como quién es mejor jugador, Beckham o Zidane, o qué equipo es mejor, si Nacional o Envigado.
Al minuto 29 llega el momento temido: un gol del Santa Fe. Ni siquiera lo veo, solo salgo corriendo como si no hubiera un mañana. Termino en otra esquina, agarrado de un tubo y a punto de caer al vacío. Sin embargo, la celebración dura poco porque el árbitro anula el gol. De inmediato empieza una andanada de insultos contra el pobre hombre que sólo hace su trabajo. Ser árbitro debe ser uno de los trabajos más denigrantes del mundo. Cuando hace muy bien su trabajo nadie lo nota. Al otro día ningún periodista deportivo lo clasifica como la figura de la cancha. Pero, si se llega a equivocar, aunque sea un poco, se gana miles de enemigos. De inmediato le llueven insultos, monedas o piedras. Y lo peor de todo es que les toca ponerse ese horrible uniforme negro. En todo caso la adrenalina de la celebración me llena de valor y grito, sin mucha convicción "árbitro malparido".
El partido se vuelve muy aburrido a partir de la anulación del gol. Como pasa a la larga con todos los partidos de este juego monótono. El balón va y viene sin mayor emoción. Ambos equipos juegan bastante mal. Juan me dice que Léider Preciado, un gordito torpe que tiene el número 23, es uno de los mejores del país. Me sorprende y me enternece un poco. Pero prefiero esta impotencia tercermundista a la supuesta perfección de los equipos europeos. Sobre todo la del Real Madrid. El equipo madrileño es tan perfecto y tan genial que es inevitablemente detestable. Su única gracia es que tiene suficiente plata para contratar a los mejores del mundo. Ir por el Real Madrid es como ir por los Estados Unidos en la guerra de Irak. Además es pura farándula: ya no contratan a los mejores sino a los más famosos. No me extrañaría que llevaran a jugar en la próxima temporada a Tom Hanks o a Brad Pitt. No importa si no saben jugar, por ahí están Owen o Ronaldo para ayudarlos.
Algo similar sucede con la Selección de Brasil. Todos sus jugadores son seguros de sí mismos y muy pedantes. ¿Qué significa eso del "juego lindo"? ¿A quién están tratando de engañar? Los brasileros hacen exactamente lo mismo que todos: persiguen una pelota durante 90 minutos. Algunos dirán que mi ignorancia es atrevida, pero he visto partidos de Brasil y partidos de la liga peruana y no encuentro ninguna diferencia. Y ya que estamos hablando de los pentacampeones: ¿por qué los jugadores tienen derecho a ponerse el apodo en la camiseta? ¿Por qué no escogen uno de los doscientos apellidos que tienen y se lo ponen en la espalda? Se acaba el primer tiempo. El marcador es 0 a 0. Decido que ya es suficiente. El ambiente es cada vez más pesado y no aguanto más euforia. El destino me lleva a Occidental general.

Preguntas sin respuesta
El segundo tiempo comienza casi al mismo tiempo que un aguacero impresionante. Desde la comodidad de Occidental se ve mejor el partido, pero no se vive el mismo carnaval. El público está sentado y de vez en cuando se oye un tibio "hijueputa". Si fuera un fanático de verdad no lo dudaría: vería siempre el partido desde Sur. Allí se vive el fútbol con una pasión casi religiosa, mientras que en Occidental todo es muy correcto.
En la primera parte del segundo tiempo dos jugadores del Santa Fe son expulsados. El partido se vuelve aún más malo. El frío es insoportable. América hace dos goles en 15 minutos y la gente se empieza a ir. Aunque quiero quedarme para ver si algo emocionante sucede, la lluvia me obliga a irme. Fracasé, no pude ver ni siquiera un partido entero.
Y, peor aún, no pude responder a otras preguntas: ¿Por qué los jugadores de fútbol responden, siempre, a cualquier pregunta de la misma forma: "Vamos a ver cómo se dan las cosas. Lo importante es sumar. En el campo son once contra once"?, ¿por qué los comentaristas tienen derecho a inventar un idioma?, ¿por qué las pocas veces que Colombia gana toca ir al parque de la 93 a matarse a punta de aguardiente y a lanzar maizena?, ¿por qué hay gente que puede pasar un domingo entero viendo fútbol?, ¿por qué los colombianos tenemos que ir por Brasil en los mundiales?, ¿por qué cuando un colombaino conoce a un argentino le recuerda, con tono jocoso, el 5 a 0?, ¿no es hora de olvidar ese partido?, ¿hasta cuándo el fútbol colombiano va a vivir de pequeños triunfos (el escorpión de Higuita, el 1 a 1 con Alemania, etc...)?
Son preguntas sueltas y espero poderlas contestar algún día. En realidad, mi fracasada experiencia me sirvió para entender sólo una cosa. El amor por el fútbol es genuino y ciego, y en tanto que amor se debe respetar.
Me voy, resignado, bajo la lluvia. En el fondo estoy triste porque perdimos (claro, la primera persona del plural). Perdimos, me repito. Entonces eso es lo que siente un hincha. Ir a un partido es pasar de la euforia a la decepción y terminar en la resignación. Es casi como una fiesta. Eso sí, una fiesta a la que nadie me ha invitado.

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