El sol es ahora menos inclemente. Sopla la brisa, ladra el perro dormilón, se espanta la gallina latosa. El ruido es ensordecedor. Desquicia. Los niños se desordenan cada vez más. Corren, gritan, sacan la lengua. Parecen tener la energía suficiente para saltar durante tres días seguidos. De pronto, uno de ellos se desprende del grupo y se viene para donde yo estoy. Tiene la cara amoratada por el trajín, chorrea sudor. Me cuenta, con la voz entrecortada por la agitación, que se llama Bryan, que tiene ocho años y es hijo de José Luis.
-Oiga, señor, ¿esa grabadora graba lo que uno dice?
-Sí, claro.
-Yo quiero grabar algo sobre mi abuelo.
El chico se frena, mira a su padre y a su abuela. Se nota que busca aprobación. Como no ve la señal por ninguna parte, se mordisquea el dedo índice, agacha la cabeza, sonríe apenado.
-¿Qué quieres decir? -insisto.
Pero el muchachito no se pasa de la raya ni un milímetro. Duda otra vez. Sonríe. En ese momento su padre le arroja el salvavidas.
-¡Ajá, di lo que quieres decir!
Entonces, como impulsado por un resorte, Bryan acerca el rostro a la grabadora, se pone las manos alrededor de la boca en forma de bocina y habla con un tono fuerte.
-¡Mi abuelo a veces se porta bien y a veces se porta mal!
Cuando termina de hablar permanece acurrucado con la vista fija en la grabadora.
-¿Qué hace cuando se porta bien?
De nuevo, arma una bocina con las manos y levanta el tono para responder.
-Cuando se porta bien compra Bom Bom Bun y me da a mí y le da a Brenda.
-¿Y cuando se porta mal?
-Le pega una lluvia de puños a la ropa que está ahí colgada y dice: "¡No jodaaa, yo soy el campeón mundial Kid Pambeléeeee!".
En esta última frase se esforzó por remedar el vozarrón de su abuelo. Además, trató de copiar sus ademanes. Por eso, respondió lanzando puñetazos en el aire, como si él también les estuviera pegando a las camisas tendidas en la cuerda del patio. Después hundió el rostro en el vientre de mamá Carlina y se quedó quieto.
-El problema de mi papá es ese -dice ahora Rubén-. Él no quiere aceptar que ya no es campeón mundial. A nosotros nos han dicho los médicos y varios conocidos de él, que eso es lo que le hace más daño.

Son muchas las personas que, en efecto, dan fe de ese delirio. Como Orlando García, el gran lanzador del béisbol colombiano. En 1987, los dos ex deportistas coincidieron en la sucursal de Hogares Crea en Barranquilla, con el propósito de curarse de la adicción a las drogas. Desde el principio -cuenta García- el líder del grupo les dejó en claro que allí no serían tratados como celebridades sino como seres enfermos. Por eso les pidió borrar el pasado y empezar de cero. "Usted, por ejemplo", añadió, "aquí no se llama Pambelé sino Antonio. ¡Pambelé fue el boxeador y lo dejamos allá afuera, porque aquí adentro nos importa una mierda! ¡Aquí no queremos nombres sino hombres!".
Al principio, Pambelé se pasaba la norma por la faja. Era displicente si le llamaban Antonio, recitaba cada rato, en voz alta, los pormenores de su gloria; actuaba como lo que siempre ha creído ser: el campeón. Un día los compañeros lo sentaron en el banquillo de los acusados y lo acribillaron en una terapia de confrontación de quince minutos.
-¡Qué vas a ser tú campeón mundial ni qué nada!
-¡Olvídate del tango, que ya Gardel murió!
-¡No creas que eres mejor que nosotros! ¡Recuerda que estás aquí por soplador!
-¡Hablando basura y permitiste que tu vieja quedara otra vez en la calle!
-¡Tú no eres más que un pobre negro hijueputa, cabezón y maluco!
El periodista Eugenio Baena cuenta que ha sido testigo, por lo menos dos veces, de cómo Pambelé, en momentos de desvarío, confunde el pasado con el presente. "Yo estuve con él en el Madison Square Garden, cuando peleó contra Miguel Montilla. Eso fue en 1979. Hace como dos años me lo encontré en la Plaza de los Coches y me preguntó que cuándo había regresado de Nueva York".
Baena recuerda que en ese momento, como vio que se acercaba un grupo de turistas extranjeros, Pambelé tiró varias combinaciones de golpes en el aire, acentuadas por su respiración. Movió la cintura, echó la cabeza hacia atrás, como esquivando un leñazo, y al final sacó un violento uppercut de izquierda que con seguridad le quebró la quijada a su rival imaginario.
Los turistas, que se habían detenido para ver la inesperada exhibición, aplaudieron. Los comerciantes del Portal de los Dulces rieron a carcajadas. Lo rodearon. Alguien gritó: "¡Buena esa, campeón!". Otro dijo: "¡Mataste a ese pobre man!". Pambelé levantó el puño derecho hacia el cielo. Lo agitó en el aire, como si estuviera agradeciendo con un pañuelo los cumplidos del público. Luego se dirigió otra vez al periodista.
-Doctor Baena: dígale a esta gente cómo dejó la nieve esa de Nueva York. Yo me vine primero que usted porque el frío me acobarda. Además, voy a vender el Mercedes Benz deportivo.

Más adelante, cuando por fin encuentre a Pambelé, comprobaré cuán atinadas son todas estas voces que, en el camino, me lo van retratando como un rehén de su pasado. Oyéndolo hablar durante horas en diferentes cafeterías del centro de Bogotá, concluiré que es un hombre encandilado por su propia gloria. El fogonazo de sus recuerdos es tan vasto que no le permite ver lo que ocurre más allá. Es un resplandor que lo persigue de manera obsesiva, recurrente, en la vigilia y en el sueño. Pambelé es incapaz de precisarte, por ejemplo, qué camisa se puso hace dos días o cuál era el apellido de Rosita, su primera novia. Si le preguntas cuántos nietos tiene, tartamudea. Si le pides que te diga quién es su sobrino mayor, bosteza. No sabe dónde botó el papelito en el que, hace 10 minutos, le anotaste tu número telefónico. Pero en cambio evoca con pelos y señales los detalles de sus 21 peleas por el título mundial: el día y la hora, los hoteles en los cuales se alojó, lo que se comió y lo que se bebió, los titulares de los periódicos, los colores de cada pantaloneta suya y de los rivales, el olor de los camerinos. Tú le mencionas un nombre -Nicolino Locche, pongamos por caso- y en seguida te recita la película completa: Gimnasio Maracay, diez mil espectadores, sábado 17 de marzo de 1973, nueve de la noche. Locche con la ceja rota en el segundo round. Locche con una hemorragia brutal en el quinto. Locche llorando porque en el noveno su esquina tiró la toalla, en señal de rendición. ¡Nocaut técnico, señores! ¡No hay quien pueda con Pambelé! ¡Tenemos campeón para rato!
Se sabe cada pelea de memoria. Te puede decir en qué punto exacto del ring derribó al oponente, con qué clase de golpe lo fulminó, quiénes llegaron a su esquina para felicitarlo, en qué restaurante fue la cena de celebración, con qué tipo de vino fue el brindis. Tú sólo tienes que darle un nombre, y listo. Él cuenta entonces que a Chang Kil Lee lo tumbó con la derecha y a Víctor Millón Ortiz, con la zurda. Que a Héctor Thompson lo noqueó con un directo a la mandíbula y a Norman Sekgapane, con un gancho al hígado. Cuando le toca hablar de Esteban de Jesús, suspira profundo y dice: "Pobrecito, después murió de sida". Si le mencionas a Pepermint Frazer, su respuesta es más larga, pues a ese rival le arrebató el título, el 28 de octubre de 1972, en el Gimnasio Nuevo Panamá. En la revancha -agrega a continuación- lo noqueó más rápido. Él todavía conserva, sí señor, la foto que sacó El Tiempo en primera página, al día siguiente de ese combate: aparece Peppermint gateando, los ojos vidriosos, el protector bucal tirado en el piso, bajo el siguiente epígrafe: "¡Porque sé que de este golpe ya no voy a levantarme!".
De su vida como campeón, a Pambelé no se le escapa nada, ni lo grande ni lo pequeño, ni lo sufrido ni lo bailado. Él recuerda, por ejemplo, en qué aerolínea viajó a Panamá cuando iba a pelear contra Lion Furuyama; a qué hora aterrizó en Seúl cuando iba a defender el título ante Kwang Min Kim y quiénes eran sus acompañantes en cada uno de esos vuelos. Luego te informa que el día que se enfrentó a Wilfredo Benítez, en San Juan de Puerto Rico, comió pescado en un restaurante español. Que la tarde que le ganó a Benny Huertas, en Cali, comió churrasco en un asadero argentino. Y todo eso te lo cuenta sin titubeos. En uno que otro caso, incluso, te da el color y la moda de la camisa que tenía puesta durante la cena.
¿Anécdotas? ¡Ufff, un montón! En Tokio terminó con las manos hinchadas de tanto pegarle a Yasuaki Kadota. En todos los rounds lo tiraba a la lona una o dos veces. Cada caída era más aparatosa que la anterior. Kadota no parecía al borde del nocaut sino de la muerte. Sin embargo, siempre que lo derribaban se levantaba del suelo con un entusiasmo irritante, digno de mejor causa. Otra vez le atizaban un porrazo que lo acostaba con las piernas para arriba, y de nuevo se reincorporaba, se sacudía las nalgas y se aprestaba a reanudar la contienda. Lo suyo ya no era coraje sino capricho. O, como dice Pambelé, "puras ganas de joder".
En el minuto de descanso anterior al sexto round, el campeón lucía desesperado por el dolor en las manos. Entonces fue cuando le disparó a su entrenador una de las ocurrencias más sublimes de la historia del boxeo.
-Oye, Tabaquito, yo creo que estos japoneses me están cambiando al tipo. Fíjate a ver si es el mismo.
Contagiado por la carcajada que genera su historia, Pambelé sonríe. En seguida dice que en Palenque también le sucedió algo gracioso. Fue el día de la inauguración del servicio de energía. Los paisanos que habían concurrido a la plaza principal no parecían tan interesados en la ceremonia oficial como en desfilar delante de la imagen de San Basilio, el patrono del pueblo. La gente llegaba donde el santo, le decía unas palabras y se iba. Muertos de curiosidad, el presidente Misael Pastrana y el alcalde de Cartagena, Juancho Arango, decidieron acercarse para ver qué estaba pasando. Entonces oyeron la insólita plegaria.
-San Basilio bendito, San Basilio bendito, como Pambelé pierda el título, ¡te jodes con nosotros!
Cuando le pregunto de dónde sacó ese chiste, responde que "esas son vainas del doctor Fidel Mendoza Carrasquilla".

Más adelante, cuando por fin encuentre a Pambelé, compararé su memoria con una videocinta que solo contiene imágenes de su pasado como campeón. Descubriré que a veces, cuando habla, no parece estar recordando sino encendiendo la casetera. Play, y empieza el combate. Forward, y la acción se adelanta hasta el siguiente nocaut. Review, y proyecta la caída del rival desde otro ángulo. Pause, y congela el cuadro para ufanarse de la precisión del jab. Repetir las escenas es repetirse a sí mismo en la gracia, volver a tener en los músculos la consistencia del acero. Es recuperar los laureles estropeados por la calamidad, sentarse de nuevo en el trono de la Diosa Fortuna. Es verse inundado de luz por los siglos de los siglos, indestructible y hermoso, besado por las azafatas en los aeropuertos, venerado por presidentes y ministros.
Todo eso, claro, lo pensaré cuando esté por fin frente a Pambelé. Por lo pronto, como todavía no lo he encontrado, sigo armando un bosquejo previo con las voces que voy oyendo en el camino. Ahora, el turno es para Billy Chams, el empresario boxístico barranquillero. Alguna vez que Pambelé trató de rehabilitarse, Billy le brindó la oportunidad de trabajar en su cuerda como entrenador. Quienes lo veían en aquella época -verbigracia, el periodista José Marenco- se asombraban con su progreso: estaba juicioso, totalmente entregado a sus deberes. La sobriedad se le acabó la noche en que peleó Miguel Happy Lora contra Lucio Metralleta López. Antes del combate, los organizadores de la velada les rindieron honores a los campeones mundiales de boxeo -retirados o activos- que había producido Colombia. Uno a uno, los homenajeados fueron subiendo al ring para recibir el respaldo del público. Cuando le tocó el turno a Pambelé, tambalearon las graderías. La gente, tal vez conmovida por la recuperación de su ídolo, se puso de pie y le tributó el más grande aplauso que se haya oído jamás en la Plaza de Toros de Cartagena. Esa noche, Pambelé se perdió, en sentido metafórico y en sentido literal. Pero antes de evaporarse en las tinieblas lo vieron tirar puños en el aire, destapar una botella de ron y gritar que él es el único, el campeóoooon mundialllllllllll. Nunca más volvió a asomar sus narices por la oficina de Billy Chams.
El médico Christian Ayola declara que las drogas y el alcohol no ocasionaron el problema de Pambelé, como todo el mundo cree, sino que lo agravaron. Ayola descarta, además, posibles secuelas del boxeo, ya que Pambelé no fue un hombre golpeado. "Yo estudié su cerebro y no tiene ni una sola lesión neurológica", agrega. "Mi diagnóstico es el siguiente: trastorno bipolar afectivo, lo que anteriormente se conocía como enfermedad maniaco-depresiva". Según Ayola, se trata de un mal genético que Pambelé heredó de su madre, doña Ceferina Reyes. "Obviamente, en el caso de él, la crisis se recrudece por el uso de sustancias alucinógenas y por su sentido totalmente errado del éxito y del fracaso".
Humberto Martínez, quien estuvo a cargo de Pambelé en el Hospital Siquiátrico de La Habana, explica que justamente ese mal manejo del éxito y del fracaso es lo que genera su conducta agresiva. "Él fue un ganador nato y quiere aferrarse a eso hasta que se muera. Sin darse cuenta, plantea su vida en el pasado y trata de resolverlo todo con los golpes, porque necesita sentir que todavía puede ganar".
Tal vez fue por eso que hace dos años el periodista Raúl Porto Cabrales lo vio peleando a puñetazo limpio, en pleno centro de Cartagena, contra el también ex boxeador Milton Méndez. Ambos estaban descamisados bajo la canícula atroz de la una de la tarde, en medio de un círculo de bárbaros que los azuzaban a gritos. Los dos lucían rotos, hinchados y el público les reclamaba más sangre. De pronto, en forma inesperada, dejaron de pegarse y se dieron un abrazo inmenso. Intercambiaron elogios. Los espectadores no entendían nada. Y quedaron más confundidos aún cuando Pambelé sacó del bolsillo del pantalón un billete de 20 mil pesos y se lo entregó a Milton Méndez. Alguien preguntó qué carajos era lo que pasaba. La respuesta fue de Milton Méndez.
-Hombe, mi hermano, lo que pasa es que Pambelé llegó buscando problema. Ustedes saben cómo es él. Yo le dije: mierda, Pambe, yo peleo contigo ¡pero si me das 20 mil barras!
El cronista Jaime de la Hoz Simanca considera que Pambelé comete sus famosos atropellos de manera inconsciente. Lo que él busca, en su delirio, no es abusar de las demás personas sino ratificarse como el campeón. No es que él quiera robarle al taxista el dinero del servicio, ni pasarse de listo con la señora que le vendió el almuerzo. Al negarse a pagar, cree simplemente que está ejerciendo un derecho. ¿Acaso olvidas que él es Pambelé? ¡Pero cómo así, mi brother! ¿Estás loco? ¡Tuviste a Pambelé en tu restaurante, brother, en tu restaurante! ¿Y pretendes cobrarle? ¡No, brother, déjate de venir a inventar películas de terror! ¿Tú piensas que Pambelé es uno de los clientes pringacaras esos que comen en tu negocio todos los días? ¡Qué falta de respeto es esa, brother!
Cuando Pambelé está en crisis no distingue el pasado del presente. Recuerda el nocaut antiguo, lanza de nuevo el uppercut. Y va por ahí disparando puñetazos alucinados que también a él le duelen. Pega y vuelve a pegar pero recibe muchos golpes, a menudo más brutales que los suyos. Vive convencido de que las calles son un ring del que puede salir airoso sólo con la potencia de sus nudillos. Pero allí la violencia es a otro precio, viejo Pambe. Allí no te muelen la osamenta con una trompada sino con un garrote, ni te parten la ceja con un jab sino con un pico de botella.
Y ese peligro es el que a Rubén Cervantes, su hijo, le inspira más temor. Mientras entramos en la sala, me comenta que su padre festeja cada 28 de octubre -día en que ganó el título mundial- con una borrachera tremenda. Desde temprano empieza a llamar por teléfono a sus amigos, para que lo feliciten. "¿Tú sabes qué día es hoy?", les pregunta. Cuando ellos reafirman la fecha, entonces Pambelé les contesta. "Bueno, saca la cuenta. ¿Cuánto hace que soy campeón?".
Noto que la pared principal de la sala está llena de fotografías del Pambelé victorioso: con el brazo derecho en alto, con presidentes y cantantes, levantado en hombros, asediado por los micrófonos, inmenso como una catedral sobre un rival que agoniza en la lona. Rubén me informa que el propio Pambelé fue quien armó esta galería y que se sabe de memoria la posición de cada retrato. Si alguien le cambia el orden a una foto, él lo descubre en la primera ojeada. Y agarra una rabieta monumental.
Carlina Orozco, que se ha venido detrás de nosotros y está parada al frente de la galería, se persigna. Sólo dice dos palabras, antes de esconder la mirada y taparse la boca otra vez con el dedo índice.
-Pobre Antonio.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.